Journal of Behavior, Health & Social Issues Vol. 17, Núm. 2 (2025) pp. 24-37
DOI: https://doi.org/10.22201/fesi.20070780e.2024.16.2.85663
Journal of Behavior, Health & Social Issues
Universidad de Guadalajara. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-8899-4103
Correo electrónico: cinthia.martinez8362@alumnos.udg.mx Grado académico: Licenciada en Psicología
Universidad de Guadalajara. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6761-4192.
Correo electrónico: carlos.mmunguia@academicos.udg.mx Grado académico: Doctor en Psicología
Universidad de Guadalajara. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3236-870X
Correo electrónico: fatima.merida@academicos.udg.mx Grado académico: Doctora en Ciencia del Comportamiento
Recibido 03 de noviembre de 2025. Aceptado: 12 de noviembre, 2025
Resumen
El presente estudio analiza cómo las nociones de género influyen en el ajuste psicológico del comportamiento erótico en mujeres jóvenes mexicanas. Bajo un diseño secuencial en dos etapas y un enfoque multidisciplinar, participaron 22 jóvenes universitarios (11 mujeres y 11 hombres) de entre 18 y 29 años, quienes completaron una entrevista semiestructurada ad hoc, una Escala de Satisfacción Sexual Subjetiva (ESSS) y una Tarea de Aproximación-Evitación (AAT). Los resultados cualitativos evidencian que persisten representaciones tradicionales de género; no obstante, emergen discursos que promueven la igualdad y la autonomía sexual. Las mujeres reportaron mayores experiencias de restricción y represión social, así como dificultades para alcanzar el orgasmo y expresar el placer. Los datos cuantitativos mostraron que los hombres presentan mayor tendencia a la aproximación conductual ante estímulos eróticos, mientras que las mujeres manifiestan más interferencia en la expresión erótica. Se discuten las implicaciones de estos hallazgos en torno al poder, el erotismo y el bienestar psicológico en la sexualidad femenina contemporánea.
Palabras clave: Nociones de Género, Erotismo, Ajuste Psicológico, Mujeres Jóvenes, Sexualidad Femenina, Aproximación-Evitación.
Abstract
The present study examines how gender notions influence the psychological adjustment of erotic behavior in young Mexican women. Using a two-stage sequential design and a multidisciplinary approach, 22 university students (11 women and 11 men) aged 18 to 29 participated in the study. Participants completed an ad hoc semi-structured interview, the Subjective Sexual Satisfaction Scale (SSSS), and an Approach–Avoidance Task (AAT). Qualitative results revealed that traditional gender representations persist; however, emerging discourses promote equality and sexual autonomy. Women reported greater experiences of social restriction and repression, as well as difficulties achieving orgasm and expressing pleasure. Quantitative data indicated that men showed a higher behavioral tendency toward approach in response to erotic stimuli, whereas women exhibited greater interference in erotic expression. The implications of these findings regarding power, eroticism, and psychological well-being in contemporary female sexuality are discussed.
Keywords: Gender Notions, Eroticism, Psychological Adjustment, Young Women, Female Sexuality, Approach-Avoidance.
Introducción
El género, entendido como un sistema de organización social que asigna significados, roles y jerarquías a partir de la diferencia sexual, estructura las relaciones entre mujeres y hombres y define los márgenes de lo permitido en la vida social (Connell, 1995/2015; Lagarde, 2005). El poder hacer y tener
— como lo posible, deseable, permitido y justificado— entre individuos se distribuye dentro de un sistema social patriarcal y, por ende, desigual; el género constituye una de las formas mediante las cuales se organiza y legitima esa distribución, al regular las conductas, emociones y significaciones vinculadas al deseo y la sexualidad (Pierik, 2022; Means y Morgenroth, 2024). En este marco, el erotismo se convierte en uno de los espacios donde se materializan y reproducen estas relaciones de poder y de sanción entre individuos, ya que a través de las normas y valores culturales se definen los modos legítimos de experimentar, expresar o inhibir el placer sexual (Serrano-Barquín y Zarza-Delgado, 2013; Martínez et al., 2025). Así, el control del erotismo funciona como un dispositivo mediante el cual se consolidan las nociones de feminidad y masculinidad en contextos determinados.
Históricamente, la sexualidad humana ha sido moldeada por contingencias sociales que han mantenido o castigado determinadas expresiones de deseo. En las civilizaciones clásicas, como Grecia y Roma, el placer masculino se asociaba con estatus y poder, mientras que la sexualidad femenina quedaba restringida al matrimonio y la reproducción (Foucault, 1976/2005). Estas formas de concebir de manera diferenciada la sexualidad entre hombres y mujeres fueron justificadas mediante discursos religiosos de la Edad Media, que asociaron la castidad con virtud y el placer femenino con pecado (Brown, 1988). Con la modernidad, el discurso médico reemplazó a la moral religiosa como nueva forma de control: la medicina y la psiquiatría comenzaron a definir qué prácticas sexuales eran saludables, consideraron el deseo no reproductivo como una patología y establecieron normas sobre el cuerpo femenino bajo criterios de salud y moralidad (Krafft-Ebing, 1965). Estas formas de control se reconfiguraron en América Latina bajo estructuras religiosas y patriarcales que conservaron la centralidad del cuerpo femenino como objeto de regulación.
En México, el catolicismo, como eje moral, estableció un sistema de sanciones donde la castidad femenina equivalía a honra, y cualquier desviación era castigada con desaprobación social o violencia (Bazant, 1995; Espinosa-Hernández et al., 2015). Estas prácticas históricas generaron repertorios de conducta que siguen operando: la obediencia, el recato y la pasividad se mantienen como respuestas socialmente reforzadas, mientras que la autonomía sexual femenina se asocia con riesgo o transgresión (Climent, 2009). Aunque los movimientos feministas y las transformaciones socioculturales del siglo XX promovieron la autonomía corporal y los derechos sexuales, gran parte de las condiciones aversivas persisten en el entorno contemporáneo, sobre todo en contextos familiares y religiosos.
Las prácticas eróticas de las mujeres jóvenes mexicanas se desarrollan así en un contexto caracterizado por sanciones sociales y relaciones de poder que limitan la autonomía y la expresión sexual (Espinosa-Hernández et al., 2016; Pérez Domínguez, 2020; Velazquez et al., 2024). La sanción y el poder se encuentran articulados por el género, operando como mecanismos de regulación simbólica y conductual. A pesar de los avances en materia de igualdad de género y derechos sexuales, persisten juicios morales hacia la sexualidad femenina, donde las mujeres son socializadas en expectativas de recato y contención, mientras que los hombres son reforzados en la búsqueda activa del placer y el dominio sexual (Hernández Montaño y González Tovar, 2016; Ochoa, 2017). Esta doble moral genera una distribución desigual del poder erótico, en la que las mujeres son sancionadas por ejercer su deseo, mientras los hombres son socialmente recompensados por hacerlo (Endendijk et al., 2020); Huiracocha -Tutiven et al., 2022).
En México, el 87% de la población practica alguna religión, principalmente la católica (78%) (INEGI, 2020), lo que mantiene un peso moral considerable sobre la sexualidad femenina. Instituciones como la familia, la educación y los medios de comunicación reproducen jerarquías que restringen la autonomía y perpetúan el vínculo entre feminidad y represión sexual (Climent, 2009). Si bien la represión erótica puede generar consecuencias emocionales adversas, como culpa, ansiedad o vergüenza (Endendijk et al., 2020; Jamal et al., 2015), su relevancia radica en cómo estas consecuencias funcionan como estímulos aversivos que limitan la respuesta erótica y condicionan la experiencia del placer. Cuando estas contingencias se mantienen de forma prolongada, pueden afectar la regulación sexual y dar lugar a dificultades como el deseo hipoactivo, la anorgasmia o la dispareunia (López-Maguey et al., 2018).
En este sentido, el erotismo puede entenderse como una respuesta aprendida ante estímulos sexuales que involucra componentes fisiológicos, psicológicos y sociales. De acuerdo con Masters y Johnson (1966) y Kaplan (1979), la experiencia erótica implica fases de deseo, excitación y resolución, pero su aparición está mediada por el contexto de aprendizaje y el devenir del individuo. Así, las diferencias en la expresión del deseo entre hombres y mujeres no pueden explicarse sólo por factores biológicos, sino por las contingencias culturales que moldean sus respuestas (Ribes y Fuentes, 2020). En las mujeres, la exposición reiterada a estímulos aversivos asociados al erotismo (como sanciones negativas o vergüenza) puede generar una historia de evitación; mientras que, en los hombres, el reforzamiento de la iniciativa sexual podría consolidar respuestas de acercamiento.
Desde una perspectiva conductual, el erotismo puede analizarse como un conjunto de respuestas aprendidas ante estímulos sexuales, moduladas por criterios sociohistóricos que permiten justificar ciertas formas de expresar el erotismo. Este enfoque permite observar la sexualidad no como un rasgo estático, sino como un sistema de interacción entre el ambiente
social y la conducta individual, lo que posibilita su estudio empírico a partir de los principios del aprendizaje (Turner et al., 2019; Hinzmann et al., 2020; Gil-Llario et al., 2021).
En muchas ocasiones, las mujeres deben negociar sanciones sociales que restringen su expresión sexual, lo que implica un proceso de ajuste funcional donde equilibran sus deseos individuales con las posibles consecuencias sociales (Casique-Rodríguez, 2014; Pérez Domínguez, 2020; Sánchez-Fuentes et al., 2025). Este ajuste supone reorganizar sus respuestas conductuales para minimizar los efectos aversivos de la desaprobación externa, manteniendo cierto equilibrio entre placer y aceptación social. Desde esta perspectiva, el comportamiento erótico se configura como una interacción continua entre estímulos apetitivos (recompensas, intimidad, disfrute) y aversivos (culpa, crítica, desaprobación), cuya historia de contingencias moldea el repertorio individual. Dentro de este marco, las disposiciones de erotofilia y erotofobia pueden entenderse como patrones diferenciados en la relación del individuo con los estímulos sexuales. La erotofilia se asocia con respuestas afectivas positivas y de acercamiento hacia los estímulos eróticos, mientras que la erotofobia se relaciona con respuestas negativas o de evitación ante ellos (Fisher et al., 1988; Velo y Ruiz, 2023; Pérez-Vega et al., 2024). Estas diferencias reflejan historias conductuales distintas, donde las contingencias socioculturales han reforzado positivamente, o castigado, la expresión del deseo. Así, la erotofilia y la erotofobia pueden considerarse dimensiones del ajuste psicológico en el ámbito erótico, vinculadas con la manera en que las personas integran el placer dentro de los límites sociales impuestos por el género (Fisher et al., 1988a; Arcos-Romero et al, 2020;
Hidalgo y Dewitte, 2021).
De acuerdo con Lagarde (2005), la sexualidad femenina ha sido históricamente construida como un “cuerpo para otros”, lo que mantiene el erotismo bajo un régimen de control simbólico. Analizar cómo las nociones de género influyen en el ajuste del comportamiento erótico permite comprender las formas en que las mujeres jóvenes negocian el deseo, la culpa y la satisfacción dentro de un entorno normativo que regula el placer.
En este sentido, se planteó como objetivo analizar el efecto de las nociones de género en el ajuste psicológico del comportamiento erótico en mujeres jóvenes mexicanas. Mediante una metodología de recogida de datos en dos etapas y multidisciplinar, se busca comprender cómo las normas socioculturales influyen en la vivencia del erotismo, la autopercepción sexual y la expresión del placer en mujeres jóvenes mexicanas, con el fin de aportar una mirada integral sobre la relación entre género y ajuste psicológico en la sexualidad contemporánea.
Método
Se utilizó un diseño secuencial en dos etapas que incorporó instrumentos cualitativos como una entrevista semiestructurada ad hoc, la Escala de Satisfacción Sexual (ESSS), validada en
población hispanohablante por González-Rivera et al. (2017) y una tarea conductual de Aproximación-Evitación (AAT, por sus siglas en inglés). Este enfoque facilitó una comprensión más completa de la relación de las variables analizadas.
La combinación de instrumentos cualitativos y cuantitativos permitió analizar el fenómeno desde dos niveles complementarios: el molar, el cual, mediante el diseño cualitativo, exploró cómo las normas de género y las sanciones sociales estructuran las relaciones y funciones del comportamiento; mientras que el molecular, con el diseño cuantitativo, midió procesos específicos como la satisfacción sexual y el ajuste individual (Ribes y López, 1985). Este enfoque integrador facilitará una comprensión más completa de la relación de las variables estudiadas.
Participantes
La muestra estuvo conformada por 22 jóvenes universitarios (11 mujeres y 11 hombres), con edades entre 18 y 29 años (M = 20.23, DE = 1.48). Las y los participantes fueron estudiantes universitarios reclutados mediante un muestreo por conveniencia, buscando equilibrio de género. La invitación a participar fue difundida por el asesor de tesis, quien imparte clases en la institución. Como parte de la estrategia de reclutamiento, se ofreció una compensación académica (puntos adicionales en la materia) a quienes decidieran participar de forma voluntaria en el estudio, previa firma del consentimiento informado.
Los criterios de inclusión fueron: estar en el rango de edad entre 18 y 29 años y tener orientación heterosexual o bisexual. Los criterios de exclusión incluyeron: embarazo, uso actual de antidepresivos, ansiolíticos o betabloqueantes, diagnóstico de problemas cardiovasculares o epilepsia, consumo de drogas o alcohol el día del estudio y participación previa en investigaciones similares. Todos los participantes firmaron un consentimiento informado antes de iniciar su participación en el estudio.
Aparatos y materiales
Formulario de evaluación inicial ad hoc: Previo a la participación, se envió de manera digital un formulario de evaluación inicial que incluía preguntas de identificación básica (edad, sexo, orientación sexual) y reactivos diseñados para verificar el cumplimiento de los criterios de inclusión y exclusión. Una vez confirmados los requisitos, la investigadora se comunicaba con cada persona para agendar la sesión presencial en el laboratorio.
Entrevista semiestructurada ad hoc (Jóvenes y Erotismo 2025). Integrada por 50 preguntas abiertas, orientadas a explorar información sobre las características culturales y personales de las y los participantes. Abordó temas relacionados con nociones de género, prácticas eróticas, percepción de las sanciones sociales y dinámicas de poder. Además de factores socioculturales específicos (como la influencia de la familia, la religión, la educación
y las relaciones de pareja) en la configuración de las prácticas eróticas y en el ajuste individual de las y los participantes. Su aplicación tuvo una duración aproximada de 40 minutos.
Escala de Satisfacción Sexual Subjetiva (ESSS). Cuestionario tipo Likert de 20 ítems (González-Rivera et al., 2017). Evalúa la satisfacción sexual en cuatro dimensiones: valoración subjetiva, aspecto emocional, ejecución sexual y autoimagen. Su objetivo fue evaluar la interpretación individual de la satisfacción sexual. Presenta una consistencia interna de α = .91 y tuvo una duración aproximada de cinco minutos.
Tarea de Aproximación-Evitación (AAT): Réplica sistemática del estudio de Stark et al. (2017). Se presentaron 180 imágenes (90 eróticas y 90 no eróticas), cada una rodeada de un marco azul o amarillo. Según el color, las y los participantes debían acercar o alejar las imágenes mediante un joystick, lo que permitió medir tendencias conductuales implícitas de aproximación o evitación hacia estímulos eróticos.
Las imágenes utilizadas fueron previamente estandarizadas y validadas para inducir reactividad afectiva y provienen de tres bases de datos reconocidas en la investigación psicológica:
1) Nencki Affective Picture System (NAPS) del Instituto de Biología Experimental Nencki. 2) Open Affective Standardized Image Set (OASIS) del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard. 3) Explicit Pornographic Picture Set (EPPS), del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén y del Instituto de Biomagnetismo y Análisis de Bioseñales, Universidad de Münster.
El estudio se llevó a cabo en el Laboratorio de Género, Sexualidad y Conductas de Riesgo para la Salud del Centro de Estudios e Investigaciones en Comportamiento (CEIC) de la Universidad de Guadalajara. El espacio experimental consistió en un cubículo aislado de ruidos, con temperatura controlada (22–24 °C) e iluminación controlada y cámara de Gesell. El laboratorio se equipó con un sillón reclinable, una pantalla Samsung de 40 pulgadas, un teclado, y un joystick Thrustmaster T.16000M conectado a una computadora.
Procedimiento
Esta investigación formó parte de un proyecto más amplio en el que se aplicaron otros instrumentos, como el Generímetro y un pre-test con biofeedback, que se empleó para medir las respuestas psicofisiológicas de las y los participantes mientras se exponían a estímulos neutros y de contenido erótico. Sin embargo, en el presente artículo solo se reportan los resultados derivados de la entrevista semiestructurada, la Escala de Satisfacción Sexual Subjetiva (ESSS) y la Tarea de Aproximación-Evitación (AAT).
Cada participante asistió a una sesión individual de aproximadamente 90 minutos, en el siguiente orden:
Recepción y consentimiento. Tras verificar los criterios de inclusión mediante un formulario inicial, se entregó el
consentimiento informado y se explicaron los objetivos del estudio, el carácter voluntario de la participación y la posibilidad de retirarse en cualquier momento sin consecuencias.
Aplicación de la ESSS. El cuestionario se presentó en formato digital proyectado en la pantalla. Se proporcionaron instrucciones estandarizadas: “A continuación, encontrarás una serie de afirmaciones relacionadas con tu satisfacción sexual. Por favor, marca la opción que mejor represente tu grado de acuerdo o desacuerdo con cada una. Recuerda que no hay respuestas correctas o incorrectas”.
Entrevista semiestructurada. Posteriormente, la investigadora ingresaba a la cámara de Gesell para realizar la entrevista, grabada en audio con autorización. Antes de iniciar, se solicitaba al participante elegir un seudónimo para mantener la confidencialidad. Se aclaraba que podía omitir cualquier pregunta sin consecuencias.
Tarea de aproximación-evitación (AAT). Finalmente, se le indicó que observaría imágenes eróticas y no eróticas enmarcadas en colores distintos. Se daban instrucciones precisas: “Si el marco es AMARILLO, deberás ACERCAR la imagen moviendo el joystick hacia ti. Si el marco es AZUL, deberás ALEJAR la imagen moviendo el joystick hacia adelante. Una vez que la imagen cambie de tamaño y el marco desaparezca, presiona el botón naranja para continuar”. Tras un bloque de práctica de 30 ensayos, se iniciaba la tarea experimental con 180 ensayos. Se enfatizó que podía detener la tarea en cualquier momento levantando la mano.
Cierre. Al finalizar, se realizó una breve retroalimentación en la que se preguntaba por el estado emocional y la comodidad con las actividades. Luego, se agradeció la participación y se retiró del laboratorio.
Los datos cualitativos se codificaron de manera abierta y axial, mediante un análisis temático de contenido para identificar patrones sobre género, erotismo y dinámicas de poder, complementados con conteo de frecuencias.
Los datos cuantitativos se depuraron y analizaron con Excel y el software R (v.4.4.2) mediante estadísticos descriptivos (M ± DE) y dada la verificación de la falta de normalidad mediante la prueba de Shapiro-Wilk, se emplearon pruebas no paramétricas U de Mann–Whitney para la comparación de grupos, considerando un nivel de significación de p < .05. Para asegurar validez y confiabilidad se aplicó revisión por pares y verificación de supuestos estadísticos, integrando los resultados en gráficas y tablas conforme a un diseño de recolección de datos en dos etapas.
En cuanto a los criterios éticos, el estudio se desarrolló conforme a los lineamientos del Código Ético del Psicólogo (Sociedad Mexicana de Psicología, 2010) y la Declaración de Helsinki. El protocolo fue revisado y aprobado por el Comité de Ética del Centro de Estudios e Investigaciones en Comportamiento (CEIC) de la Universidad de Guadalajara, garantizando el cumplimiento de los principios de confidencialidad, voluntariedad y protección de datos personales. Se aseguró el anonimato de las y los participantes, el resguardo de los audios y la posibilidad de retirar su
consentimiento en cualquier momento. Estas consideraciones fueron esenciales para abordar temas íntimos sin generar incomodidad o exposición emocional indebida.
Resultados
Entrevista Jóvenes y Erotismo
Se identificaron dos tendencias principales en los roles de género. Por un lado, tanto mujeres como hombres reproducen posturas tradicionales, en las que se asigna al varón la iniciativa erótica, la autoridad familiar y una mayor permisividad social, mientras que la mujer aparece vinculada a la pasividad, recato y la subordinación: “es la mujer quien siempre tiene que esperar a que el hombre haga el primer paso”. Por otro lado, emergen discursos alternativos que cuestionan esas jerarquías
y enfatizan la igualdad en la distribución de responsabilidades, la libertad sexual y la posibilidad de que ambos géneros ejerzan agencia sobre su vida erótica: “no tendría que haber diferencia entre hombres y mujeres en la forma de vivir la sexualidad”. Esta coexistencia de perspectivas muestra la tensión entre la normatividad cultural heredada y procesos de cambio en las generaciones jóvenes.
En cuanto a los roles de género identificados en la entrevista, en su mayoría, se trata de roles tradicionales que escucharon o aprendieron durante su crianza, tanto en el entorno familiar como a través de la escuela o mediante sus amistades (Tabla 1). Aunque la mayoría de las personas entrevistadas expresaron no estar de acuerdo con estos roles, reconocen que influyeron en su percepción sobre el erotismo, las relaciones erótico-
Tabla 1. Roles de Género en la Crianza Expresados en las Entrevistas
JE25_M07: “me ha tocado como escuchar esta par-te de que el hombre es el que tiene que dominar y todo eso…”
“El hombre es como el que doma… a las mujeres se les ve como si fuera un objeto nada más…”
JE25_H02: “el hombre, se ve como el galán, el que tiene que llegar a conquistar y entre más mujeres con-quistes eres más cabrón, eres el ganador, eres la bestia y mientras, por ejemplo comparando con una mujer, si una mujer hace lo mismo es tachada, socialmente hablando de… de puta o de zorra…”
JE25_M09: “como que todavía no vi como alguien que tenga suficiente confianza de que haya como una relación [sexual]. Porque pues sí, yo considero que las ideas de mis papás y de la sociedad sí in-fluyen a veces en mí.”
JE25_H03: “También en mis experiencias han sido muy regulares el que no pueda negarme [de tener relaciones] de manera explícita por ser hombre”
JE25_M13:“también que no nos podíamos vestir de cierta manera porque parecíamos pirujas”
JE25_H10: “Yo anteriormente trabajaba en un auto lava-do, cuando tenía 16 años, y se burlaban de mí porque era virgen (…) y yo al final lo terminé haciendo pues por lo mismo, porque se burlaban de mí. Por la presión social.”
Nota. Elaboración propia.
afectivas y las expectativas asociadas a ser hombre o mujer. Esta información permite observar cómo los discursos normativos sobre género siguen presentes, incluso cuando se cuestionan o rechazan activamente.
En relación a las cuatro prácticas eróticas indagadas (coito, masturbación, consumo de material sexualmente explícito y sexting) los hombres reportaron porcentajes más altos que las mujeres (Figura 1). La diferencia fue mínima en el coito (82% hombres y 73% mujeres), pero se amplió de manera considerable en la masturbación (100% vs. 55%) y en el sexting (73% y 55%). En el consumo de material sexualmente explícito también se observó una discrepancia notable (82% hombres y 9% mujeres). El promedio reportado de inicio en las prácticas sexuales con pareja fue de 16–17 años en ambos sexos. La narrativa de los hombres se orientó a
Figura 1. Prácticas Eróticas Reportadas en la Entrevista
describir el coito como un evento esperado y valorado como transición a la adultez: “Fue en un baño de una fiesta de 15 años, realmente no quería, pero por presión social terminé teniendo mi primera vez; fue una experiencia desagradable por todo el contexto.”, “en mi círculo social era importante que el hombre fuera activo sexualmente (...) y mi primera vez pasó porque me estaban provocando, me decían que era bien culo, y al final por eso accedí”; mientras que en las mujeres aparecieron verbalizaciones relacionadas con incomodidad y falta de preparación: “la primera vez [de tener relaciones] no lo disfrutamos tanto (...) sí es un recuerdo bonito pero ya pensándolo así en el placer, pues no”, “fue raro, era algo que no había hablado con nadie, entonces no sabía ni cómo se hacía, ni cómo se sentía (...) hubo dolor (...) duró como un año ese dolor”.
Nota. MSE = Material Sexualmente Explícito.
Se identificaron marcadas diferencias de género respecto a las experiencias orgásmicas. Todos los hombres que refieren tener coito (n = 9) y masturbación (n = 11) señalaron alcanzar el orgasmo en ambas prácticas (100%). En contraste, las mujeres que refieren tener coito (n=8) solo tres (37%) informaron orgasmos durante dicha práctica, mientras que el 100% de las mujeres que practican la masturbación llegan al orgasmo (n=6).
Los relatos cualitativos permiten comprender mejor estas diferencias. Varias mujeres expresaron dificultades para reconocer o alcanzar el orgasmo durante el coito, mencionando factores contextuales “yo creo que debe ser por cómo se dan las cosas, el lugar y todo, porque no es como que lo planeé”, falta de autoconocimiento “no sé muy bien qué es un orgasmo y no creo haberlo experimentado nunca”
o pensamientos que interfirieron con el placer “debería estar haciendo eso sabiendo que nunca… o que en ese momento no se iba a dar como algo serio”. En otros casos, se señaló la falta de comunicación con la pareja: “me falta hablarlo, pero me da pena”.
En relación con la masturbación femenina, aunque algunas mujeres reportaron alcanzar el orgasmo mediante esta práctica, varias declararon que no la realizan o que han dejado de hacerlo. Las razones incluyen falta de curiosidad o interés “siento que yo sola no me puedo satisfacer, como que necesito a otra persona”, preferencia por prácticas con pareja “cuando tengo ganas mejor lo busco con mi compañero”, experiencias negativas previas “lo intenté por curiosidad, no me gustó y ya no lo volví a hacer”, o la persistencia de mitos culturales que generan desinterés o incomodidad “me llegué
a enterar de mitos de que estaba mal y por eso nunca me llamó la atención”.
Las sanciones sociales se expresaron en formas variadas, como la crítica directa, la represión, la exclusión social y la ansiedad asociada al erotismo. En la cuantificación de las
respuestas (figura 2), las mujeres reportaron con mayor frecuencia experiencias de críticas y/o sanción (63%), represión (90%) y acoso (100%), mientras que los hombres señalaron en mayor medida exclusión social (27%).
Figura 2. Consecuencias Reportadas de la Expresión Erótica
Mujeres
Hombres
100
75
50
25
0
Crítica y/o Sanción Exclusión social y/o Violencia
Represión
Acoso
Tipo de Sanciones
Figura 2. Consecuencias Reportadas de la Expresión Erótica
Porcentajes
Las narrativas cualitativas refuerzan estas cifras, mostrando que las mujeres perciben un mayor control externo sobre su sexualidad (tabla 2): “me he sentido reprimida en mi casa porque me dicen que debo hacerme respetar”; “si mis papás se enteran que tuve relaciones, me juzgan diferente”.
En contraste, los hombres refieren presión social más relacionada con la expectativa de rendimiento sexual que con prohibiciones explícitas “(…) se burlaban de mí porque era virgen a los 16 (…) y yo al final lo terminé haciéndolo pues por lo mismo, porque se burlaban de mí. Por la presión social.”
Tabla 2. Sanciones Reportadas por las y los Participantes Durante las Entrevistas
JE25_M07: “en mi casa, mi hermano mayor, es muy sobreprotector, pero al punto de que
nos trata mal […], por ejemplo, si uso crop [...] una vez, me insultó
de qué, ‘ah, eso es de una piruja’”
JE25_M09: “sí de hecho, mi mamá me regañó, me gritó por eso, o sea, porque ella era como, ‘¿Cómo vas a expresarte así? ¿Cómo vas a mensajearte
de esa manera?’”
JE25_M05: “quizás a lo mejor por eso siento
un tipo de rechazo hacia querer hacer ese tipo
de cosas [refiriéndose a prácticas eróticas] porque siento que me pueden descubrir, que me pueden regañar
y prefiero estar tranquila y así sin tener la preocupación”
JE25_M02: “Sí, básica-mente cada vez
que salgo, en todos la-dos, esos que gritan,
o esas miradas, o incluso como que quieren acercarse a ver qué contacto tienen contigo”
JE25_H03: “en mis ex-periencias [eróticas] han sido muy regulares el que no pueda negarme de manera explícita por ser hombre […] ha habido insultos
y manipulación”
JE25_H13: “tenía un grupo de compañeros con los que quería juntarme, pero ellos andaban con muchas personas y yo no. En-tonces no me juntaban [incluían] y mejor me busqué a otros amigos”
JE25_H09: “Sí, la ver-dad es que sí, bueno, sobre todo ante ellos [sus papás] porque son las personas a las que se supone debería tenerles más confianza y plati-carlo directament
y sí, sí me he sentido así reprimido”
JE25_H10: “en el trans-porte público [...] de los mismos señores que... pues que a todos, que van arrimándote
y cosas así”
Nota. Elaboración propia.
Escala de Satisfacción Sexual (ESSS)
Los puntajes promedio (Figura 3) muestran que hombres y mujeres reportaron valores muy similares en la valoración subjetiva de la satisfacción sexual (Mujeres: M = 13.82, DE
= 2.52; Hombres: M = 13.91, DE = 3.83) y en autoimagen sexual (Mujeres: M = 14.00, DE =2 .45; Hombres: M = 14.27, DE = 2.72). Sin embargo, se identificaron diferencias más claras en el aspecto emocional, donde los hombres obtuvieron un puntaje mayor (M = 14.55, DE = 2.84) en comparación con las mujeres (M = 13.27, DE = 2.43),
*
Figura 3. Promedio por Categoría de la ESSS
y en la ejecución sexual, donde los hombres también reportaron una media más elevada (M = 16.64, DE = 1.80) que las mujeres (M = 14.55, DE = 2.33), siendo la única categoría con diferencia estadísticamente significativa (U= 28.5, p = 0.036), el tamaño del efecto (correlación biserial por rangos) indicó una relación sustancial (r = 0.529). En conjunto, estos resultados sugieren que las discrepancias entre sexos se concentran en las dimensiones relacionadas con el desempeño y la vivencia emocional de la satisfacción sexual.
Nota. *P < 0.05.
ESSS = Escala de Satisfacción Sexual Subjetiva.
Tarea de Aproximación-Evitación (AAT)
Se observaron diferencias en la frecuencia de errores cometidos según el tipo de estímulo y el sexo de los participantes. En el caso de las imágenes eróticas, los hombres cometieron más errores (34) que las mujeres (21). En contraste, en las imágenes no eróticas la tendencia se invirtió: las mujeres registraron un mayor número de errores
(31) en comparación con los hombres (26).
Al analizar los errores de acuerdo con las instrucciones de acercar o alejar la imagen (Figura 4), se encontró que las mujeres presentaron una distribución equilibrada en los estímulos eróticos (9 errores al acercar y 12 al alejar). En cambio, los hombres concentraron sus errores principalmente en la condición de alejar estímulos eróticos (25). El análisis de muestras pareadas (Prueba de Wilcoxon) no indicó una
diferencia estadísticamente significativa (p = 0.058), aunque muestra una diferencia que se aproxima a la significación, lo que sugiere una posible dificultad para inhibir la respuesta de acercamiento ante este tipo de estímulos.
En los estímulos no eróticos, las mujeres cometieron más errores en la condición de acercar (21 errores). Esta diferencia fue estadísticamente significativa (Prueba de Wilcoxon, p = 0.033), indicando una interferencia conductual a aproximarse a contenido no erótico.
Además, al comparar directamente esta condición entre sexos (Prueba de Mann-Whitney), mujeres (21 errores), hombres (13 errores) dando una diferencia estadísticamente significativa (p = 0.042). En los hombres los errores no eróticos se distribuyeron de manera similar entre acercar (13) y alejar (13), lo cual se confirmó como una diferencia no significativa.
Figura 4. Errores por Aproximación o Evitación
*
*
Nota. *P < 0.05.
En cuanto al tiempo de visualización, se observó un patrón diferenciado por sexo. En los estímulos eróticos, los hombres permanecieron ligeramente más tiempo en promedio (M = 3.44 min, DE = 1.41) que las mujeres (M = 3.36 min, DE = 0.49). En contraste, ante los estímulos no eróticos, las mujeres destinaron mayor tiempo de observación (M = 3.46 min, DE = 0.65) en comparación con los hombres (M = 3.21 min, DE = 1.26). Sin embargo, el análisis estadístico de Mann-Whitney no arrojó diferencias significativas en ninguna de las dos condiciones (p > .05). Esta falta de significancia podría estar influenciada por la alta variabilidad (DE) observada en las respuestas del grupo de hombres, entre otros factores.
En conjunto, los resultados sugieren que los hombres presentan una mayor tendencia conductual hacia el acercamiento a estímulos eróticos (reflejada en su dificultad para inhibir esta respuesta y su mayor tiempo de observación), mientras que las mujeres muestran mayor interferencia al aproximarse a estímulos no eróticos. Estos patrones apuntan a diferencias sutiles en la regulación de la aproximación y evitación entre sexos, aunque deberán interpretarse con cautela debido al tamaño de la muestra limitado.
Discusión y Conclusiones
Los resultados evidencian que los patrones tradicionales de género continúan influyendo en la vivencia del erotismo
entre las y los jóvenes universitarios, lo que coincide con lo planteado por Pierik (2022) y Means y Morgenroth (2024), quienes destacan que las jerarquías de género continúan organizando las oportunidades, normas y significados asociados al deseo y a la sexualidad. A pesar de los avances sociales y educativos en torno a la igualdad erótica, la sexualidad femenina sigue sujeta a normas restrictivas y juicios morales que condicionan su expresión.
Esta persistencia de estigmas y mandatos de género mantiene vigente la doble moral sexual descrita por Endendijk et al. (2020), la cual genera tensiones entre deseo, culpa y aceptación social. Este fenómeno es un reflejo de cómo las relaciones de género operan como un sistema estructural que asigna privilegios diferenciales a unos y otras (Connell, 1995/2015), lo que se refleja en la forma en que mujeres y hombres experimentan y significan el erotismo. Si bien, en la investigación se observaron actitudes más igualitarias en algunos discursos, estas parecen coexistir con la persistencia de valores tradicionales que siguen regulando el comportamiento erótico y emocional de mujeres y hombres.
En las prácticas eróticas se observó una clara diferencia entre sexos: los hombres reportaron mayor frecuencia de masturbación, sexting y consumo de material sexualmente explícito, mientras que las mujeres mostraron menor participación y más sentimientos de culpa o incomodidad. Estos resultados pueden interpretarse en línea con lo señalado por Castro y Correa (2023) y Espinosa-Hernández et al. (2016), quienes han documentado que los estereotipos de género continúan asignando a los varones un rol más activo y a las mujeres uno más pasivo, lo cual puede repercutir en la vivencia y satisfacción sexual. En México, esta división ha sido históricamente reforzada por instituciones como la familia y la religión (Climent, 2009; Ochoa, 2017), que legitiman el control del cuerpo femenino mediante valores de recato, pureza y subordinación.
Las mujeres también reportaron mayores experiencias de sanción (crítica, represión y acoso), lo que confirma un contexto más restrictivo para su expresión sexual. Este resultado es coherente con lo señalado por Martínez et al. (2025), quienes destacan que el control del erotismo opera como un dispositivo de poder mediante el cual se reproducen las nociones de feminidad y masculinidad. En esta línea, Delgado-Herrera et al. (2024) advierten que la interiorización de los mandatos de recato genera malestar psicológico y limita el bienestar sexual. Bajo esta perspectiva, la represión erótica puede entenderse como una forma de violencia simbólica que restringe la posibilidad de experimentar el placer con libertad y autonomía (Serrano-Barquín y Zarza-Delgado, 2013).
Las diferencias en la experiencia orgásmica fueron notables: todos los hombres reportaron alcanzar el orgasmo durante el coito, frente a sólo el 37 % de las mujeres. Este patrón coincide con lo reportado por Gesselman et al. (2024), quienes identificaron que los hombres alcanzan el orgasmo en el 70–85 % de los encuentros sexuales, mientras que las
mujeres lo hacen entre el 46–58 %, fenómeno conocido como brecha del orgasmo. De manera complementaria, Andrejek, et al. (2022) sostienen que esta desigualdad no responde únicamente a factores biológicos, sino también a normas heteronormativas y desigualdades de género que configuran la sexualidad femenina como subordinada y orientada al placer masculino. En la misma línea, Vasconcelos et al. (2024) señalan que las diferencias de género en la satisfacción y el bienestar sexual se relacionan con inequidades estructurales y con la ausencia de una comunicación sexual abierta y positiva. En las entrevistas, varias mujeres expresaron dificultad para hablar con sus parejas sobre el placer, lo que apunta a un déficit en la autoeficacia erótica y en la comunicación sexual. De forma paralela, este hallazgo también ilustra la vigencia del control simbólico del cuerpo femenino descrito por Lagarde (2005) y Climent (2009), donde el placer de las mujeres se regula mediante normas morales que continúan operando, aunque de manera más sutil, en la vida sexual contemporánea.
En la Escala de Satisfacción Sexual Subjetiva (ESSS), ambos sexos mostraron niveles similares de satisfacción global. No obstante, los hombres obtuvieron puntajes ligeramente más altos en las cuatro categorías, y solo en la de ejecución sexual la diferencia resultó estadísticamente significativa. Carcedo et al. (2020) reportan resultados equivalentes, señalando que las diferencias de género en la satisfacción sexual suelen depender del tipo de medida utilizada: los hombres tienden a vincular su satisfacción con el desempeño físico, mientras que las mujeres la asocian con la intimidad y la conexión afectiva. Esto sugiere que el ajuste erótico puede estar mediado por los significados de placer y sexualidad aprendidos según el género.
Finalmente, los resultados de la Tarea de Aproximación-Evitación (AAT) mostraron que los hombres presentaron una mayor tendencia a acercarse a estímulos eróticos, mientras que las mujeres evidenciaron mayor interferencia al aproximarse a estímulos no eróticos. Este patrón es coherente con estudios previos que muestran diferencias de género en los procesos implícitos vinculados con la sexualidad. Por ejemplo, Dewitte (2016) encontró que los hombres están más motivados a aproximarse a estímulos sexuales que las mujeres, y que estas últimas presentan mayor dificultad para inhibir información sexual en tareas automáticas. De manera similar, investigaciones con medidas implícitas de evaluación han mostrado que las mujeres tienden a registrar asociaciones más negativas hacia la sexualidad que los hombres (Geer y Robertson, 2005), aun cuando a nivel explícito, es decir, en sus reportes declarados, expresen actitudes comparables. Estos patrones de aproximación y evitación pueden entenderse también a partir de las disposiciones de erotofilia y erotofobia, donde las respuestas de acercamiento en los hombres y de alejamiento en las mujeres pudieran reflejar diferencias aprendidas en la relación con los estímulos sexuales (Velo y Ruiz, 2023; Pérez-Vega et al., 2024). Estos
resultados apoyan la idea de que las normas de género continúan modulando las respuestas implícitas hacia los estímulos sexuales, reforzando una mayor permisividad masculina frente al deseo sexual y una contención femenina, particularmente en contextos donde los estímulos no se ajustan a las expectativas normativas.
En conjunto, los hallazgos indican que el ajuste erótico en jóvenes está mediado por factores culturales, afectivos y de género, y que no se reduce a una respuesta fisiológica, sino a una conducta regulada por contingencias sociales (Ribes y Fuentes, 2020) que refuerzan la desigualdad entre los géneros. El ajuste erótico puede entenderse, entonces, como una adaptación entre las experiencias de placer y las consecuencias sociales que acompañan su expresión, lo cual responde directamente al objetivo de este estudio: analizar cómo las nociones de género influyen en la regulación psicológica del comportamiento erótico.
De esta manera, los resultados permiten comprender el erotismo no solo como una manifestación del deseo individual, sino como un fenómeno situado, resultado de procesos históricos y contingencias socioculturales que determinan qué conductas son reforzadas o castigadas (Foucault, 1976/2005; Lagarde, 2005). Reconocer que el ajuste erótico se configura en interacción con normas y expectativas de género implica replantear los modelos de salud sexual hacia perspectivas que integren el contexto y la agencia personal. Desde esta visión, las prácticas eróticas se convierten en un campo de resistencia y resignificación simbólica, donde las mujeres pueden reconstruir su relación con el placer fuera de los marcos de culpa y subordinación.
Asimismo, la evidencia empírica obtenida contribuye a la discusión sobre la brecha orgásmica y las desigualdades en la satisfacción sexual, temas que han sido abordados principalmente desde perspectivas biomédicas o sociológicas, pero poco desde un enfoque conductual y psicológico. Al integrar mediciones implícitas de aproximación y evitación con reportes subjetivos y narrativas cualitativas, este trabajo aporta un modelo comprensivo que visibiliza la forma en que las contingencias sociales se traducen en patrones conductuales.
En el plano social, los resultados subrayan la necesidad de generar programas educativos y de salud pública que incorporen la dimensión del placer como un derecho y no como un riesgo. Promover una educación sexual integral basada en la igualdad y la autonomía emocional puede reducir las conductas evitativas, la ansiedad sexual y la interiorización de la culpa, fortaleciendo el bienestar psicológico de las mujeres jóvenes. En el ámbito clínico, los hallazgos sugieren la importancia de diseñar intervenciones terapéuticas que incluyan la reeducación del placer y el desarrollo de la autoeficacia erótica como componentes del ajuste sexual saludable.
Este estudio presenta algunas limitaciones que deben considerarse al interpretar los resultados. En primer lugar,
el tamaño de la muestra fue reducido y se concentró en población universitaria, lo que limita la posibilidad de generalizar los hallazgos a otros grupos etarios o contextos socioculturales. En segundo lugar, el diseño fue de tipo transversal, por lo que los resultados reflejan asociaciones en un momento específico y no permiten observar cambios a lo largo del tiempo. Futuras investigaciones podrían incorporar diseños longitudinales para analizar cómo se modifican las actitudes eróticas a lo largo del tiempo y en distintos tipos de vínculos afectivos. Asimismo, sería relevante incluir muestras más diversas en cuanto a orientación sexual, nivel educativo y procedencia geográfica, para explorar la intersección entre género, cultura y ajuste erótico.
A pesar de estas limitaciones, el estudio presenta varios aciertos que fortalecen su aporte al campo del análisis psicológico del erotismo. En primer lugar, la integración de medidas implícitas (como el AAT) con reportes subjetivos y entrevistas cualitativas permitió obtener una comprensión más amplia del fenómeno, combinando distintos niveles de análisis conductual y social. En segundo lugar, la aplicación de un enfoque conductual al estudio del erotismo constituye una renovación metodológica poco explorada en investigaciones sobre sexualidad, tradicionalmente dominadas por perspectivas biomédicas o sociológicas. Finalmente, el enfoque comparativo entre mujeres y hombres universitarios posibilitó identificar de manera empírica la persistencia de desigualdades de género en la expresión del deseo y la satisfacción sexual, aportando evidencia útil para el diseño de intervenciones educativas y clínicas más sensibles al contexto sociocultural.
En síntesis, los resultados de este estudio muestran que las nociones de género siguen operando como marcos reguladores de la conducta erótica, afectando tanto las prácticas sexuales como los significados subjetivos del placer. Más allá de las diferencias entre mujeres y hombres, el erotismo aparece como un espacio donde se negocian poder, deseo y autonomía, y donde los aprendizajes sociales delimitan lo que puede o no expresarse. Este hallazgo refuerza la importancia de considerar el erotismo como una forma de interacción social mediada por valores culturales. En este sentido, comprender las relaciones entre género y erotismo contribuye a ampliar el estudio de la conducta humana desde una perspectiva contextual y multidimensional, que reconoce la influencia de las contingencias sociales sobre el bienestar psicológico.
Finalmente, la evidencia presentada abre la posibilidad de repensar el lugar del placer dentro de los modelos de salud y educación sexual. Incluirlo explícitamente como un componente del bienestar permitiría avanzar hacia prácticas clínicas y formativas más inclusivas, donde la sexualidad femenina se entienda no como un ámbito de riesgo, sino como una fuente legítima de satisfacción, agencia y equilibrio psicológico. En suma, los resultados sugieren que las nociones de género ejercen un efecto regulador en el ajuste
psicológico del comportamiento erótico, evidenciando la necesidad de incorporar el placer como dimensión legítima en la salud sexual.
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