Introducción
EL PRESENTE TEXTO aborda el contenido de una de las conversaciones sostenidas con
el complejólogo Carlos Eduardo Maldonado. Por casualidades que la vida nos regala, varios han sido
nuestros diálogos y en cada uno he gozado el privilegio de indagar sobre diversas
aristas de su profundo y consecuente bregar dentro de las ciencias de la complejidad.
Refiriéndonos al currículo formal de nuestro entrevistado, Carlos Eduardo Maldonado
es doctor en Filosofía por la KU Lovaina de Bélgica. Posee un postdoctorado como académico
visitante por la Universidad de Pittsburgh (EUA). Otro postdoctorado como profesor
investigador visitante por la Catholic University of America (Washington, D. C.).
Así como, visitante académico en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cambridge
(Inglaterra). Funge como profesor titular en la Facultad de Medicina de la Universidad
El Bosque. Es doctor honoris causa por las siguientes universidades: por Universidad de Timisoara (Rumania), en el 2015;
por la Universidad Nacional del Altiplano (Puno, Perú) en 2019, y, por El Colegio
de Morelos (México), en el 2022. Actualmente tiene un índice h de 40.
Pero sin lugar a dudas lo que más caracteriza a Carlos Eduardo Maldonado es la prolija
producción científica publicada, así como su vocación natural para conectar con los
demás. Las charlas realizadas en incontables instituciones educativas, científicas
y universitarias de América Latina (y otras partes del mundo) destacan por la magnitud,
diversidad y alcance de sus postulados. No se guarda nada para sí. Comparte, motiva
y entusiasma, siempre con el deseo y la confianza de que otros(as) se enrolen en los
estudios sobre las ciencias de la complejidad.
En esta ocasión, nos concentramos en buscar sus reflexiones en torno a la presencia
de las indeterminaciones y los eventos raros dentro de las ciencias de la complejidad,
el lugar de la bioeconomía en los actuales debates que acontecen, el papel de la inter-
trans y multidisciplinariedad en el avance científico (entre otros temas). El núcleo
central de sus reflexiones, en esta ocasión, ha estado relacionado con develarnos
las razones por las cuales concibe el conocimiento como síntesis.
En una entrevista anterior, la cual ha sido publicada recientemente,1conversábamos acerca de su famosa frase: meterle al mundo lo que el mundo no tiene.
En esa oportunidad usted desarrolló -de manera más amplia- cómo las ciencias de la
complejidad son ciencias de posibilidades. Y enunciaba que también son ciencias de
imposibilidades.2Esa idea es difícil de comprender para quienes tenemos una visión clásica de la ciencia.
Quisiera entonces preguntarle: ¿cómo se puede hacer ciencia de la imposibilidad y
de la indeterminación?
Buena pregunta para comenzar. Una manera de comprender las ciencias de la complejidad
consiste en reconocer que estas se ocupan de los problemas filosóficos que las ciencias
clásicas no han sabido abordar y resolver. Dicho en el lenguaje de la filosofía, las
ciencias clásicas se centran en el estudio del ser, esto es: lo que hay, lo que sucede
y se encuentra delante de nosotros, lo que está a la mano. Es importante, sin duda,
entender lo que acaece. Pero centrarse únicamente en ello equivale a descuidar por
completo una dimensión inmensamente más amplia: el mundo de las posibilidades. Una
vía de acceso al mundo de las posibilidades se abre a través de los ejercicios de
contrafácticos. El mérito de los contrafácticos radica en permitirnos tomar distancia
frente al determinismo, el cual afirma que el mundo sucedió de la única forma como
podía haber sucedido. De los cuatro ejes de la ciencia moderna, el dualismo, el determinismo,
el reduccionismo y el mecanicismo, el más difícil de combatir es el determinismo,
pues está fuertemente acendrado.
Las ciencias de la complejidad comprenden que las cosas no suceden o tuvieron lugar
de la única forma en la cual habrían debido acontecer. En cada instante, las cosas
se entreveran en un abanico de posibilidades, dentro del cual una posibilidad termina
ocasionalmente realizándose sobre las demás. Pues bien, es preciso entender esta idea
si queremos una comprensión buena del universo y el mundo, y si queremos llevar una
vida buena. Aun así, lo anterior no es suficiente. Es preciso pensar incluso lo imposible,
como señalas, la indeterminación. Entre paréntesis, hace unos días acabo de someter
a una revista un artículo en el cual preciso cómo la complejidad no es otra cosa que
indeterminación. Ya veremos cómo me va con ese artículo (risas).
Otra manera de comprender todo lo anterior es mediante las lógicas no clásicas en
general, y la lógica modal y multimodal en particular. Lo posible y lo imposible constituyen
modos de lo real mismo, si se quiere. La realidad es importante, sin la menor duda;
lo que quiera que sea eso. Pero preciso pensar incluso lo imposible mismo, pues este
efectivamente existe, por decir lo menos, vinculado con lo real.
Hoy, o sea, desde hace unas pocas décadas, estamos haciendo ciencia de lo posible
e incluso de lo imposible. Hacer ciencia quiere decir sencillamente, que ambos, posible
e imposible, son objetos de trabajo, reflexión e investigación. En un artículo he
mostrado los matices, las aristas, las fuentes, los autores, las áreas en las cuales
efectivamente estamos pensando lo imposible; desde la economía hasta las matemáticas,
desde la cosmología a la computación, por ejemplo. Hay en Colombia una universidad,
la cual, sorprendentemente, ha hecho de este eje uno de sus motivos de existencia,
a saber: lo posible e incluso lo imposible. Yo no los conocía y ellos ya me han invitado
varias veces, para charlar en torno a las ciencias de la complejidad. Al respecto
hay un par de largas conferencias mías y entrevistas en YouTube.
Es probable trazar una pequeña historia de la indeterminación, partiendo desde Anaximandro.
Una historia semejante se despacha en pocas líneas de un artículo. Por tanto, debemos
poder conocer dichos antecedentes a fin de adentrarnos en territorios perfectamente
ignotos, cuando se les mira con los ojos del pasado e incluso del presente.
La naturaleza misma es indeterminada. Una manera de acercarnos a tal idea es diciendo
que la naturaleza no tiene ninguna forma particular, en desmedro de otras. Las formas
existen, no cabe duda; mejor aún, las formas cambian. Observar una forma cualquiera,
incluso al estilo de Platón, es un acto de reificación. Lograr percibir y entender
las transformaciones de unas formas en otras, puede ser un maravilloso clip. Pero
aún no se convierte, por así decirlo, en la película misma. Esto último es, notablemente,
el estudio de la morfogénesis, la topología; en fin, los estudios de diferenciación.
La vida tiene numerosas formas y no termina de tener una en particular; no una a pesar
de las demás. En el límite, la vida es informada y no termina de adoptar una forma
mejor que otra. Si ello es así, nos encontramos, como ves, con la indeterminación.
Haciendo un pequeño esfuerzo de pedagogía, y en el marco de la teología en general,
permíteme decir que si asumimos que el universo tiene una forma excelsa ello sería
idolatría puesto que esa forma sucede, a diferencia y en oposición de las demás. Percibir
las formas constituye una de las grandezas de las artes. Y, sin embargo, debemos poder
ver más allá. Ver más allá no es otra cosa que entender que la naturaleza, la realidad
misma carecen de formas aun cuan do tengan algunas (o numerosas). Esto último se configura
como algo clave. La indeterminación no puede ser vista con los ojos, física o anatómicamente.
Pero sí podemos hacerlo mediante la imaginación, lo intuitivo, lo sensible e incluso:
afectivamente.
Espero, sinceramente, haberme explicado.
Claro que sí, doctor, su capacidad locutiva es impresionante. Relacionado con lo anterior,
quisiera que nos hablara del papel y lugar de los eventos raros dentro de las ciencias
de la complejidad. Este es un tema poco conocido. El paradigma científico clásico
nos ha hecho creer que lo científico es solo aquello que se puede demostrar mediante
grandes análisis estadísticos, lo cual cabe dentro de las tendencias, las leyes y
las regularidades y demás…. ¿Dónde quedarían los eventos raros?
La filosofía y la ciencia clásica, desde Platón y Aristóteles, nos hicieron creer
que solo era posible hacer ciencia de lo general, nunca ciencia de lo particular.
Lo particular, se dijo, era cuestión de opinión, por ejemplo: de la retórica, la poesía,
o de cosas semejantes. De pasada, se estableció desde siempre una jerarquía de conocimientos,
había ciencias mejores que otras. Una creencia muy peligrosa que persiste hasta el
día de hoy.
Los fenómenos, sistemas y comportamientos complejos constituyen una de las maneras
de echar abajo toda esa tradición o bien, por decirlo de otra manera, de señalar que
son posibles otros tipos de ciencias (y conocimientos) perfectamente distintos. Se
trata de mostrar las limitaciones del modelo físico del mundo y la realidad. La creencia
predominante afirma que un experimento o un enunciado, o teoría, solo son razonables
y pueden ser acogidos si son reproducibles. Sin embargo, lo cierto es que la biología,
las ciencias sociales y humanas y la existencia cotidiana ponen de manifiesto que
los sistemas de los cuales se ocupan las ciencias de la complejidad son únicos y jamás
reproducibles. Te pudiera mencionar algunos ejemplos: una sola vez ha existido el
universo de la manera como lo conocemos (hace aproximadamente 4,500 millones de años),
solamente una vez hubo alguien como Siddhartha Gautama o como Jesús de Nazareth, con
todos los relatos que los acompañan. También, solamente una vez se descubrió y conquistó
un continente (como tuvo lugar en 1492), y jamás volvió a suceder. En fin, solamente
una vez sucedieron las revoluciones de 1789 o la de 1917, del modo como tuvieron lugar.
Los ejemplos se podrían multiplicar de modo infinito. Ojalá todos los acontecimientos
excepcionales mencionados hayan desentrañado lo que te enunciaba.
De la misma manera, en tu vida o en la mía, solamente una vez tuvo lugar el viaje
tal o el amor x, o el aprendizaje de y; digamos, sin que jamás otras experiencias
semejantes hayan podido repetirse. El mundo es un incesante abanico de descubrimientos
y experiencias novedosas y singulares. El modelo físico o fisicalista resulta altamente
limitado.
Todo lo anterior permite entender los eventos raros, eventos altísimamente improbables
e irrepetibles. He sugerido que ese es el tema de base de las ciencias de la complejidad.
En las artes abundan estos eventos excepcionales. No hay dos conciertos iguales, dos
pinturas semejantes; incluso, te diría que las pirámides en diversas partes del mundo:
Egipto, México o Indonesia, cada una es perfectamente singular. Pues bien, son las
excepciones, las singularidades, los eventos raros, los que nos permiten pensar aquello
repitiéndose.
El modelo físico o fisicalista del mundo y la realidad afirman la necesidad de la
estadística y muy específicamente de esa estadística de distribuciones normales, distribuciones
de Poisson o de Bernoulli, y, ya que lo mencionaste, ello incluye la imperiosa necesidad
de las demostraciones. Claro que es importante demostrar todo lo que se pueda; no
hay ningún problema con eso. Sin embargo, Gödel puso en evidencia desde su tesis doctoral
que hay proposiciones que no pueden ser demostradas porque son indecidibles (ese fue
el término exacto que él utilizó). Mejor aún, hay cosas que son verdaderas y no sabemos
exactamente por qué lo son. La historia de la lógica, dicho de manera puntual, pero
también la historia de la ciencia y de la filosofía aún no se recuperan del terremoto
propiciado por la obra de Gödel. Te podría hablar, dicho de pasada, de la existencia
de un mundo sin tiempo y por consiguiente del carácter ilusorio del tiempo (algo que
he mencionado en muchos de mis cursos, pero sobre lo cual estoy en mora de publicar
algo). Ya que lo menciono, Gödel constituye un capítulo con derecho propio en el panorama
de las lógicas no clásicas, lo cual hemos tratado en alguna entrevista anterior.
Asistimos a la emergencia de una nueva forma de racionalidad en toda la historia de
Occidente. Por tanto, otra manera de ver, comprender y explicar las cosas. Los casos
y temas anteriores forman parte de esa racionalidad, si cabe aún designarla de esta
manera. Vengo trabajando y publicando al respecto de manera gradual, a manera de pinceladas.
Debería escribir algo grande para unificarlo; pero es que a veces… no es que la vida
no dé, es que hay tanto por estudiar y por decir…
Permíteme extenderme en la respuesta a la pregunta. A propósito de lo que hemos mencionado.
Existen dos modos grandes de escribir, de hacer academia y publicar. Uno es el modelo
gringo que hemos “heredado”, o más preciso: ha sido impuesto o inducido. Dicho modelo
pivota en torno a la publicación de artículos. Según esta primera tradición, la ciencia,
el pensamiento (y demás) se hace en artículos (papers), no en libros. Y existe una amplia variedad de revistas y tipologías de artículos
científicos, muy amplia en verdad. Este primer modo está marcado adicionalmente por
la imposición o asunción, de una lingua franca que es hoy por hoy el inglés. El otro modo es al cual podemos denominar “el francés”.
Si observas, la mayoría de los grandes autores de lengua francesa, mejor aún, de Francia,
difícilmente tienen una producción importante de artículos, incluso, en algunos casos
no tienen ningún paper publicado. Hay que considerar al francés, desde luego, como una lengua muy menor
en el panorama científico o filosófico. El idioma español está infinitamente menor
representado, si hacemos comparaciones. Todo lo cual, por supuesto, es injusto.
Los franceses, estoy hablando de un modo genérico, se sientan un año, o a lo sumo
dos, y se dedican a escribir un gran libro. Si haces eso sistemática o periódicamente,
al cabo de diez, quince o veinte años tienes una señora obra. Los alemanes o los ingleses
se encuentran a medio camino entre una cosa y la otra, digamos.
Personalmente, trato de combinar ambos modos o tradiciones. Sin la menor duda, publico
un libro al año, pero, asimismo, distintos artículos de calibres diferentes. Sin presunciones,
el 95% de los artículos que publico son consecuencia de invitaciones que recibo (y
no obstante pasan por procesos de evaluación). Casi nunca puedo decir que no, a una
invitación para escribir algún artículo. Además de aquellos asaltándome de tanto en
tanto, casi siempre en las noches (risas).
Creo que es peligroso el reduccionismo de los artículos. Escribí para México, por
invitación, un artículo titulado: “Paper mata libro, ¿seguro?”3 Un pensador, un investigador, debe poder combinar auditorios, escenarios, lenguajes
y canales diferentes. A algo así: mutatis mutandi, apuntaba Gramsci, dicho cum grano salis (risas).
Ciertamente ha sido una explicación muy exhaustiva sobre la importancia de los eventos
raros y sobre el necesario compromiso de publicar para poder difundir, con elementos
muy sólidos, estas nuevas miradas y paradigmas revolucionando las ciencias contemporáneas.
Quisiera ahora pasar a otro álgido tema. Uno de los problemas más agobiantes que enfrenta
el mundo de hoy es la profunda crisis económica con la cual se vive tanto a nivel
global, por regiones, países, y, de manera individual, la precariedad en la cual viven
millones de personas. Diagnósticos sobre el tema hay muchos. Soluciones: pocas. ¿Qué
piensa usted de este tema, a la luz de las ciencias de la complejidad? ¿Acaso las
ciencias de la complejidad se están acercando a los estudios sobre economía?
¡Cómo te agradezco por esta pregunta! Me permite avanzar en una dirección muy específica:
la de las relaciones entre complejidad y economía, un tema sobre el cual he venido
trabajando. Te cuento:
Tengo dos libros expresamente dedicados a las relaciones sobre política y complejidad.
También algunos artículos al respecto. De otra parte, publiqué un libro sobre derechos
humanos con tres ediciones en editoriales diferentes. Pues bien, los procesos de trabajo
e investigación, de un lado, pero también solicitudes expresas de amigos y colegas,
me han conducido a trabajar sobre las relaciones entre economía y complejidad. He
venido publicando algunos capítulos de libro (aquí y allá) para acercarme al tema.
El año pasado escribí un (pequeño) libro sobre gestión y complejidad. En resumen,
estoy escribiendo un libro sobre complejidad y economía; de hecho, ya tengo el compromiso
con una editorial y deberé entregarlo en el curso de este año. ¡No sé cómo lo haré!
(risas). Incluso ya tengo pensado el título. Las ciencias de la complejidad, dicho
de manera genérica, han trabajado en el tema. Existen, muy notablemente, tres volúmenes
publicados por el Instituto Santa Fe llamados: La economía como un sistema evolutivo. Hay muy destacados economistas quienes conocen y manejan muy bien la complejidad.
La forma como prefiero abordar el tema es como bioeconomía, lo cual brinda ya una
luz acerca de la dirección en la cual podemos movernos. Se trata de una economía de
vida o una economía para la vida. Ya sabes, el único problema, el cual me interesa
entender y explicar es el de la vida o de los sistemas vivos en general. Sin embargo,
inmediatamente se impone una aclaración. He venido señalando esta advertencia en diversos
artículos y capítulos de libro. La bioeconomía como economía de vida no tiene absolutamente
nada que ver con las economías: azul, naranja, verde, la economía circular, los objetivos,
el desarrollo sostenible (ODS) y cosas semejantes. Ciertamente, allá afuera, existe
una amplia corriente de bioeconomía de corte europeo o cepalino. Para ello, como fuentes
primeras cabe reparar en la obra de N. Georgescu-Roegen, de una parte, tanto como,
en algunos trabajos de R. Passet.
Me concentraré aquí brevemente en Georgescu-Roegen. Dicho de manera sucinta, solo
ha habido hasta la fecha dos críticas a la economía política. Economías políticas
existen muchas con sus escuelas y representantes, pero críticas radicales, solo las
que mencionaremos a continuación. Una es la de Marx, a partir de su descubrimiento
de la plusvalía. Suficientemente conocida y divulgada por su importancia. La otra
es la de Georgescu-Roegen, perfectamente distinta al concentrarse en el vínculo de
la naturaleza con la economía y en el papel de la entropía. Mientras que Marx permanece
en su crítica a la economía política en el marco de las ciencias sociales humanas;
Georgescu-Roegen lo hace en diálogo con la mecánica cuántica, la termodinámica y el
principio de la entropía.
Lo que voy a decir es fuerte y directo: hablar hoy de economía sin tocar directamente
la función de la producción y la crítica a la misma es perfectamente inocuo. Los ODS,
muy notablemente, hablan de lo que tú quieras y proponen las metas y acciones que
quieras; pero dejan intacta la función de la producción. ¿El resultado? La reina roja
en Alicia en el País de las Maravillas: moverse mucho para que todo siga igual. De esta suerte, la bioeconomía, aquella
que se trabaja allá afuera, contempla muchos aspectos, pero deja intacta la función
de la producción. Entonces en buena lid es capitalismo con rostro humano. Georgescu-Roegen
pone el dedo en la llaga: la economía debe apuntar al posibilitamiento y a la exaltación
de la vida. No al posibilitamiento de un modo de producción, tampoco de un sistema
de mercado, menos de la responsabilidad empresarial y cosillas semejantes.
No te voy a anticipar más cosas. Es en esta dirección que se mueve mi trabajo investigativo
en el presente. Lo que sí podré subrayar es que los trabajos sobre política, sobre
gestión y economía; están acompañados por otros dedicados a entender qué son los sistemas
vivos y demás. Las ciencias de la complejidad, como lo he fundamentado, son ciencias
de la vida. Espero que el mosaico en construcción se vea medianamente claro.
Es apasionante: la vida, por así decirlo, es la que te va conduciendo a los ejes,
temas, planos o contextos de trabajo. En mi caso ha sucedido a partir de lecturas,
gracias a invitaciones, atendiendo a intuiciones y conexiones. Así, un cuadro entero
va emergiendo.
Esa pasión que usted tiene y siente por lo que hace, la logra contagiar a quienes
lo escuchan o leen sus trabajos, quería aprovechar para decirle eso. Así que, llegado
este punto: ¿cómo relacionar los estudios sobre bioeconomía, con la biopolítica? ¿Sería
acaso una manera totalmente diferente de interpretar el mundo, a cómo lo hemos hecho
hasta ahora?
Debemos poder poner el foco en la vida, en toda su complejidad, en toda su grandeza
e importancia. La biopolítica como la he desarrollado en mis escritos es política
de y para la vida. Lo mismo sucede con la bioeconomía. En otras palabras: política
y economía son sufijos que pivotan alrededor del bios.
Hay una manera acaso más fina de ponerlo de relieve. La política no es otra cosa que
la legitimación de la economía; esto es: de un régimen de propiedad. Pero la gramática
de la política es el derecho. Un buen amigo me ha insistido varias veces en que deberé
escribir un libro más que sobre derecho y complejidad, sobre derechos humanos y complejidad.
Por lo demás te cuento: en este instante, mientras conversamos tú y yo, está en proceso
un artículo escrito con un amigo ecuatoriano sobre derecho y complejidad. No voy a
anticipar más. Son pocos los trabajos en el mundo, en cualquier idioma, dedicados
a los vínculos derecho y complejidad, dicho de modo genérico.
Entiendo la referencia a la onceava tesis de Marx sobre Feuerbach. Se trata de llamar
la atención acerca de la importancia de cambiar el mundo para cuidar la vida. En verdad,
las mujeres y los hombres de ciencia somos hombres y mujeres de acción. La ciencia
es una forma de acción en el mundo. Actuamos, por ejemplo, formulando modelos, demostrando
cosas, haciendo experimentos, formulando y resolviendo ecuaciones, desarrollando teorías;
y de muchas otras maneras. La tragedia de toda la historia anterior, específicamente
a partir del tránsito del Paleolítico al Neolítico es que todo se concentró en afirmar
la existencia humana por encima de cualquier otra cosa. Magníficamente, hace muy poco
tiempo, en perspectiva histórica, hemos descubierto la vida. Esto, sugiero, constituye
el verdadero punto de inflexión del giro civilizatorio. Y entonces, hay una perfecta
conexión o correspondencia entre la biopolítica y la bioeconomía. En este cuadro,
sin embargo, se hacen necesarias otras formas de conocimiento y de acción: las artes,
la estética y otras ciencias y disciplinas.
Explicar la vida desde términos científicos es muy poco. Y ciertamente explicar el
mundo y el universo en términos de una ciencia particular en desmedro de otras constituye
una enorme equivocación. Ese sueño ya se soñó. Por primera vez en toda la historia
asistimos al reconocimiento explícito de que no existe ninguna ciencia o forma de
conocimiento que sea excelsa y superior a todas las demás. Requerimos el concurso
de otras semánticas y otras lógicas. Cada uno debe saber moverse entre ese archipiélago
del conocimiento (si cabe la metáfora) y no quedarse anclado en unos pocos. Creo que
este sería el verdadero sentido, desde una hermenéutica fuerte, de la onceava tesis
sobre Feuerbach, de Carlos Marx. En el pasado los conocimientos humanos fueron unívocos.
Las pedagogías y los modelos educativos no permitían moverse entre islas diferentes
o entre continentes. Ese “pasado” aún subsiste y cualquier conocimiento que ancle
es pernicioso y debe ser abandonado. El verdadero conocimiento es liberador, debe
permitir movimiento, vuelo, nado; como se quiera. Si te das cuenta, emerge una magnífica
posibilidad pedagógica pero también social, cultural y política.
Me quedo así, absorta, pensando en la potencia de sus aseveraciones. Pero bueno, doctor,
un asunto que me llama la atención, al menos en mi contexto, es que muchas investigaciones
son descriptivas (así las llaman en la ciencia biomédica). No dudo que el descubrimiento
de una nueva sustancia o fármaco (por citar algún ejemplo) conlleve a la necesidad
de describir, pero se ha hecho demasiado habitual que, investigaciones que puedan
rebasar ese marco, no lo hagan. Todavía en el siglo XXI, predomina un estilo de ciencia
contemplativa y descriptiva. Entonces, le pregunto: ¿qué papel juega la síntesis en
la complejidad?, ¿podemos equiparar síntesis con reduccionismo?
Jamás había habido en la historia de la humanidad tantos investigadores, tantos artistas,
tantos músicos y escritores, tanta gente con maestrías y con doctorados. Y, sin embargo,
sociológica o demográficamente, siguen siendo una amplia minoría. Existe, evidentemente,
un enorme avance en el conocimiento. Pero la inmensa mayoría de dichos avances son
minimalistas porque se mueven en el aspecto técnico. En numerosos campos del conocimiento
hace rato quedaron atrás las grandes síntesis teóricas. Predominan, ampliamente, los
estudios analíticos. Es, creo, lo que llamas trabajos descriptivos.
La complejidad del mundo no puede, en manera alguna, ser pensada o explicada de manera
analítica. Debemos poder pensar en términos de síntesis. Naturalmente, una síntesis
no es un agregado de partes o componentes. Es bastante más que los componentes que
la integran o que ingresan en ella. La dificultad, desde luego, consiste en que ni
la educación ni la cultura nos permitieron aprender a pensar en términos de síntesis.
La vida opera ampliamente con base en la síntesis. Por ejemplo, el sexo como síntesis,
síntesis de la percepción, síntesis de la imaginación, síntesis proteicas, síntesis
de aminoácidos, síntesis químicas, síntesis de péptidos; y muchas más… Como aprecias,
pensar en términos de síntesis es bastante más y muy diferente a la inter, trans y
multidisciplinariedad. Las síntesis son ya magníficas creaciones; no simplemente la
sumatoria de cosas o el mosaico o la amalgama de partes.
De manera genérica, podemos decir que existen tres formas de avance en el conocimiento,
tres formas de avance en la ciencia, si se quiere. Ya sabes: ciencia o filosofía,
da igual. (Ya hemos hablado al respecto). La primera y más moral o normalizada es
la del avance por medio de pequeños cambios acumulativos que implican secuencialidad.
Es la forma como en general están estructurados los sistemas de educación en el mundo.
Por ejemplo: usted ya puede cursar cálculo dos, porque ya cursó cálculo uno. O bien:
usted no puede cursar historia de América porque aún o cursado la historia universal.
Los ejemplos son caprichosos, pero se entiende. Es la idea de requisitos, prerrequisitos,
correquisitos y cosas semejantes.
La segunda forma de avance en el conocimiento es mediante rupturas o discontinuidades.
Revoluciones científicas, para emplear, de un lado, el lenguaje de Koyré, Bachelard
o Canguilhem, de otra parte, el lenguaje de Kuhn, como fuentes primarias recientes.
M. Serres hace una hermosa historia de la ciencia, hablando de bifurcaciones. En las
artes y en la literatura el término que se emplea es otro: vanguardias artísticas
o vanguardias literarias y demás. Otro término empleado especialmente en las artes
figurativas y representacionales (en el teatro, por ejemplo) es el de experimentación.
Todo apunta a lo mismo: mutatis mutandis.
Lo interesante es que ambas comprensiones de la forma como es posible el avance en
el conocimiento son ya relativamente normales. Mucho más significativa es una tercera,
el avance en el conocimiento mediante síntesis. No existe un trabajo formal al respecto.
Un artículo mío señala en esta dirección. Permíteme ilustrarlo con tres o cuatro ejemplos.
La Grecia Clásica emerge justamente como un pensamiento de síntesis. La dificultad
es que tan pronto como emerge, esa historia es malinterpretada y mal explicada por
Platón y por Aristóteles, porque ellos ponen el énfasis en formas eximias de conocimiento,
por encima de otras. Lo importante, sugiero, no está en ambos filósofos sino en el
cuadro grande de la Grecia Antigua. Un segundo ejemplo es el Quatrocento y el Cinquecento. Una radical y nueva manera de ver las cosas y de entenderlas se producía y es eso
lo que lanzó a Occidente hacia la modernidad. Dos ejemplos adicionales son casi contemporáneos
entre sí. Por un lado, se trata de la Viena finisecular y de comienzos del siglo XX,
todo a raíz de la crisis y finalmente el colapso de la casa de los Habsburgo. Lo cual
se produce cultural y epocalmente en Viena es único, totalmente singular. Existen
diversos estudios al respecto. En su sombra, para emplear el título de algún libro,
se encuentra la Praga de Kafka. Como sabes, hubo un par de momentos en los cuales
coincidieron figuras tan disímiles entre sí como Stalin y Trotsky con Hitler y Wittgenstein
o Freud, por solo mencionar algunos nombres. El otro ejemplo es ese momento fantástico,
el cual puede verse reunido alrededor de la República de Weimar y la emergencia de
la física cuántica y, ulteriormente, de la mecánica cuántica. Es más conocido ese
momento como la interpretación de Copenhague, y las muy famosas fotos de las conferencias
(o congresos). Son magníficos ejemplos de síntesis. Desde luego que en otros espectros
y lugares podrían mencionarse otros casos e ilustraciones.
Pues siguiendo la lógica de lo preguntado, ha hecho usted gala de su asombroso poder
de síntesis para mencionar procesos históricos variados pero significativos. Sin perder
el hilo conductor acerca de los vericuetos de las ciencias, quisiera interrogar sobre
lo siguiente: ¿en las ciencias actuales, resultan suficientes la inter, multi y transdisciplinas?
Es una bonita pregunta, que empata, por lo demás perfectamente con la anterior. Creería
que la búsqueda de síntesis constituye un sueño fundamental en la historia del espíritu
humano. Mucho más profundo y real que el análisis. Al fin y al cabo, contra toda la
historia oficial de Occidente, se trata del sueño de unificar las cosas; encontrar
un hilo de Ariadna común a planos, contextos, fenómenos y recovecos.
La búsqueda de la unidad, sin embargo, no debe ser asimilada como una simplificación.
¿Sabes dónde está la dificultad de ese sueño? (Recordemos que hay sueños que son más
reales que la realidad). La dificultad estriba en los poderes o los sistemas de gestión
del conocimiento, en cada caso, en cada lugar, en cada momento; los cuales son distintivamente
analíticos pues separan, dividen, clasifican, ordenan y demás. No tienes que estar
de acuerdo conmigo, pero ese sueño lo traemos desde el Paleolítico, solo que la historia
del Neolítico hasta hoy, la cual es exactamente la historia de la civilización occidental,
impuso otros sueños y otras realidades.
Los seres humanos hemos buscado nuestras raíces en las profundidades del cosmos, no
en la frontera nacional o en los sistemas de administración, pasados o vigentes. Las
raíces de la vida no están en la Tierra, están en los confines del cosmos. Pues bien,
la inter, trans y multidisciplinariedad constituyen aproximaciones a ese profundo
y significativo sueño humano. Saber si, y cómo, somos comunes con los ríos, con las
montañas, con los caracoles o los jaguares o las estrellas. La trampa es que la herramienta
se convierte en el fin, perdiendo de vista el horizonte. Soy bastante receloso de
esas tres cosas: la inter, la trans y la multidisciplinariedad. Están bien intencionadas,
pero se quedan muy lejos de lo verdaderamente importante.
He sugerido que pensar en términos de complejidad (ya sabes: ciencias de la complejidad,
pues no trazo fronteras o distancias, sino que señalo especificidades) es bastante
más y muy diferente a la inter, la trans y la multidisciplinariedad. Hay quienes se
ocupan de las separaciones, fortalezas o distinciones entre cada una de ellas. Con
el debido respeto, no me interesa nada de ello. Sé que ellas, o alguna de ellas, se
han convertido ya en parte del paradigma vigente, esto es, en ciencia normal. Han
sido institucionalmente cooptadas.
Si me permites, pensar en complejidad consiste en centrarnos en los problemas que
son comunes a territorios, lenguajes, aproximaciones o métodos disímiles. En materia
de conocimiento es mucho más importante lo diferente que tenemos tú y yo, que lo común
o idéntico. Lo común estandariza, lo diferente permite el aprendizaje.
Como quiera que sea, lo cierto es que lo que ampliamente prima es la disciplinarización
del conocimiento. Hay mucha habladuría sobre diálogo de ciencias, diálogos interculturales
y civilizatorios y otras cosas semejantes. Pero lo que predomina ampliamente es un
sistema de clasificaciones, jerarquías, divisiones de conocimientos y con ello de
formas y estilos de vida. Con las justificaciones que quieras.
Sería deseable que hubiera un efectivo proceso de inter, trans o multidisciplinariedad;
ya sería un avance. Pero hay que señalar que sería un avance en un sentido de control
del conocimiento y del pensamiento. Pues la gran falencia de cualquiera de ellas es
el voluntarismo. Dicho políticamente: el establishment ya sabe de inter, trans y multidisciplinariedad y las puede asimilar, cooptar o eliminar
de manera muy fácil. Cualquiera de ellas expresa tibieza frente a la radicalidad del
conocimiento y de la vida misma. No implican necesaria y radicalmente un cambio de
paradigma, para emplear la tan acostumbrada expresión. ¿Te he dicho que Kuhn mismo
no estaba, al cabo, satisfecho con la idea de “paradigma”?
En resumen, creo que no resultan suficientes la inter, trans o multidisciplinariedad.
Un buen pensador, un buen investigador no es, en absoluto, alguien sedentario. Cuando
W. Whewell acuñó el término de científico en la segunda mi tad del siglo XIX, lo hizo apuntando, desiderativamente (y lo sabía
muy bien) a la capacidad de moverse a través de islas, continentes, aguas y conocimientos
diferentes. Ni siquiera a la capacidad de integrar. Esto apunta, nuevamente, hacia
las síntesis. No muchos lo han captado verdaderamente. El concepto de científico de Whewell tenía un valor mucho más prescriptivo que descriptivo o clasificatorio.
Las instituciones gestoras del conocimiento, en cualquier acepción de la palabra,
jamás lo entendieron así. Al cabo, un “científico” se convirtió en un sedentario;
alguien experto en una ciencia o disciplina, o lo que sea.
Digamos, de pasada, que los sedentarios raras veces han hecho algo importante en el
mundo, aparte de conservar o mantener las cosas como están (status quo). Quienes han hecho al mundo, quienes lo han cambiado han sido siempre los nómadas.
Todo parece indicar que la vida está hecha de movimientos y dinámicas. Esto nos vuelve
a traer a la complejidad.
Entonces, viene de maravilla empatar con lo siguiente: visto desde las ciencias de
la complejidad: ¿qué papel deberían jugar las redes académicas en el desarrollo de
una forma diferente de acercarse al conocimiento del mundo y de la vida?
Son muy importantes. Permíteme decírtelo primero científica o académicamente, y luego
en un sentido más amplio.
Voy a referirme a un artículo clásico muy importante en la historia de la humanidad,
publicado por un sociólogo desconocido para la mayoría. M. Granovetter publica en
1973 un artículo altamente original: La fuerza de los nexos débiles (The strength of weak ties, en inglés). Una más afortunada traducción sería: La importancia de los nexos débiles;
así es menos literal, pero señala mejor en la dirección correcta. La idea de los nexos
débiles puede ser vista de la siguiente manera: de manera atávica, pues todas las
organizaciones les piden a sus miembros un fuerte sentido de pertenencia, o como se
llame. De tiempo en tiempo organizan actividades de actualización en las cuales lo
importante es reforzar el sentido de equipo, dicho de manera genérica. Todo eso es
importante. Sin embargo, hay algunos miembros de cualquier organización que no solo
y principalmente miran hacia adentro, sino que tienen la capacidad de relacionarse
con miembros de otras organizaciones, cualesquiera que estas sean. Estos exactamente
son los que Granovetter llama nexos débiles.
Son los nexos (o nodos) débiles los que logran tener acceso a otra información u otras
formas de hacer las cosas, otros problemas o tipos de conocimientos. Son los nodos
débiles los que son determinantes en la creación de las redes y en las dinámicas de
estas y no los nodos internos. Ello sucede en cualquier escala, organización o sistema.
Son los nodos débiles los que efectivamente permiten otras maneras de acercarse al
conocimiento del mundo y de la vida, como bien dices. Se trata de la forma en las
cuales se encarnan otras miradas, otra información, otras dimensiones.
Los nodos débiles pueden ser entendidos tanto como personas que como nodos de información;
por ejemplo, en actividades y demás. Solo los sistemas abiertos aprenden. Y como sabemos,
el aprendizaje es una condición de posibilidad para la adaptación. Exactamente en
este instante estoy escribiendo un capítulo de libro en esta dirección. Te anticiparé
una idea. Todo gran descubrimiento: a) nunca sucede en lo que se venía trabajando;
b) siempre sucede en las vecindades de lo que se venía trabajando; c) siempre tiene
lugar por casualidad. Los ejemplos se podrían ilustrar prácticamente en cualquier
ciencia o disciplina. Se trata de estar abiertos, mucho más que en lo que se trabaja,
lo cual es manifiestamente fundamental. Estar abiertos a las proximidades más cercanas
o algo alejadas de aquello en lo cual se trabaja. Es, por emplear una metáfora, en
los umbrales donde tienen lugar los grandes descubrimientos.
El descubrimiento y el estudio de las redes es una de las especificidades de la complejidad;
y es bastante más y muy diferente de las simples inter, trans o multidisciplinariedad.
Se trata de la capacidad de osadía o de apertura de un pensador o investigador, para
con otros dominios, campos y semánticas. Solo que, bien dicho, se trata de redes complejas.
La complejidad de las redes estriba, para decirlo en otros términos, en una doble
característica: de un lado: la espontaneidad. Ciertamente una idea contraintuitiva
en un mundo en el cual aparentemente todo está sujeto a planes, programas, cronogramas,
y otras cosas semejantes. Los nodos débiles se conectan espontáneamente; no porque
haya planes para ello. Una variedad de factores incide para que dos nodos débiles
de dos redes (o sistemas) diferentes hagan click. La otra característica es la sincronía o sincronización. Ambos factores constituyen
dos caras de una misma moneda.
La sincronía o sincronización es un fenómeno que se encuentra en la base de la naturaleza.
Originariamente fue observada por parte de Huygens, el inventor de los relojes. Huygens
observó que los relojes, los cuales son seres inanimados, tienden a sincronizarse
espontáneamente. Mucho más tarde, el fenómeno fue observado y generalizado para todos
los sistemas físicos abióticos. Técnicamente, se llamaba el efecto Kuramoto (por su
descubridor). Esto se observa muy bien en la sincronización espontánea de metrónomos.
No hay causalidad, no hay dirección, no hay plan. Los metrónomos tienden siempre a
sincronizarse por sí mismos.
De manera más amplia, la ciencia de redes complejas nace entre 2001 y 2003, y, justamente,
uno de los rasgos distintivos poniendo de manifiesto estriba en los fenómenos de sincronización.
La sincronía permea toda la naturaleza, en todas las escalas. Ya lo sabemos sin la
menor duda. ¿Por cuál razón suceden siempre fenómenos de sincronización? Por la autorganización,
la cual sucede de manera espontánea y gratuita. Así se logra percibir muy bien el
carácter contraintuitivo, el cual vengo de mencionarte. Estamos alcanzando una visión
perfectamente novedosa de la vida misma, y de la naturaleza.
Resulta un privilegio para mí escuchar estas reflexiones de primera mano y lo agradezco
demasiado. Esta entrevista deviene en un momento de síntesis de muchas ideas desplegadas
en su obra, que es bien enjundiosa. Ahora, me interesaría saber qué piensa Carlos
Maldonado sobre los aportes de la inteligencia artificial (IA) al desarrollo científico
de la humanidad. Y también sobre las consideraciones éticas de su impronta en la vida
humana y en general.
La inteligencia artificial llegó para quedarse, no hay la menor duda. Se trata de
la mejor expresión del más grande invento o descubrimiento de la humanidad, comparable
acaso con el control del fuego. Me refiero a la computación y el computador, en el
sentido más amplio pero fuerte de la palabra.
Como lo veo, la inteligencia artificial (IA) constituye el peldaño siguiente en la
evolución de la vida, y con ella, en la evolución del universo. He escrito dos artículos
sobre el tema y acaba de salir un libro al respecto. Antes de entrar en materia, hay
que decir que la inteligencia artificial es una sola y misma cosa que la vida artificial
(VA). Hay razones al mismo tiempo computacionales y lógicas, las cuales permiten entender
esto, pero dejaré este aspecto por fuera, en este momento.
La IA consistió durante un largo tiempo en el reconocimiento de la importancia de
los algoritmos. Sin embargo, con los avances de los sistemas informacionales y computacionales,
el aprendizaje de las máquinas y el aprendizaje profundo pusieron en evidencia que
las máquinas mismas pueden programar, sin necesidad de programadores humanos. Y, por
tanto, pueden aprender por sí mismas sin que se les enseñe o se las entrene. Son capaces,
por tanto, de resolver problemas, llevar a cabo innumerables tareas y acciones que
comportan algoritmos, es decir, guías, funciones, secuencias, pueden traspolar de
un contexto a otro. Pueden, asimismo, llevar a cabo inducciones y analogías. El avance
es magnífico, tanto por la velocidad como está teniendo lugar, como por los modos
del desarrollo. Estamos viendo ante nuestros ojos los modos mismos de la evolución.
Habíamos aprendido que la evolución tiene lugar de manera vertical, esta es la herencia
y la descendencia, y también de modo horizontal, este es el aprendizaje, las contribuciones
(de Lamarck, dicho puntualmente). Pues bien, la IA/VA es la combinación de ambas.
Solo que, en rigor, aún no existe reproducción física de la IA.
Permíteme precisar esto: cuando hablamos de máquinas nos referimos a dos instancias.
La más evidente y superficial, pero necesaria, que es la ferretería: el hardware. Sin embargo, como sabemos, está también la otra parte, que es eminentemente lógica
y matemática: los lenguajes de programación (software). En sentido fuerte, la máquina es el software. A este se refería Turing con su famoso artículo de 1950, en donde proponía el problema:
¿pueden pensar las máquinas? Es esto lo que ha sido denominado, con acierto, como
la prueba de Turing.
De suerte, vemos la evolución en el plano del software. Es aquí donde hay aprendizaje y adaptación, depuración y creatividad. Muy ampliamente,
el software pone en evidencia un problema eminentemente filosófico: las cosas, la vida, y según
parece, el mundo también es esencialmente mental. La física (hardware) es subsidiaria de la inteligencia (software). Como aprecias, es este punto el cual me interesa enormemente abordar desde las
ciencias de la complejidad.
Hay que decir, sin embargo, que la inmensa mayoría de investigadores, teóricos y científicos
trabajando en IA son reacios, recelosos y temerosos, respecto a la misma. Las razones
y las motivaciones son numerosas: van desde el desempleo y la introducción de serias
irrupciones en el sistema de trabajo -con las consiguientes consecuencias políticas-,
hasta el temor por el control de la intimidad, la violación de los derechos humanos,
pasando por el escepticismo y el más grande alarmismo. La IA ha sido señalada de manera
manifiesta como una de las cinco grandes amenazas para la supervivencia de la especie
humana.
Significativamente y en contraste, los anuncios de desarrollos e implementaciones
en prácticamente todas las áreas de la sociedad es creciente e indetenible. Basta
una mirada cuidadosa a la bibliografía y revistas especializadas en el tema, así como
a una parte del periodismo científico abordando con seriedad el tema.
Si se analiza en el sentido amplio, la IA ha llegado para hacer mejor la vida humana,
si de eso se trata. Desde el computador, pasando por los large language models (LLM, modelos de lenguaje ampliados), hasta el manejo de amplias bases de datos,
con la subsiguiente analítica de datos, son realidades ya inescapables. Como sabes,
la expresión más inmediata de los LLM son Siri o Alexa, dependiendo del sistema operativo
que cada uno use, en los celulares.
Otro aspecto por resaltar es el siguiente: en términos algorítmicos, la IA es infinitamente
mejor que los seres humanos. Esto es, si los seres humanos siguen pensando y viviendo
en términos algorítmicos, como lo han hecho hasta la fecha, la llevan perdida ante
la IA. En este asunto, ella será superior a nosotros, evolutivamente hablando. Por
consiguiente y en contraste, la IA representa una oportunidad creativa para la evolución.
Se trata de reconocer que la vida no es algorítmica. La naturaleza, de suyo, no funciona
con base en algoritmos; de ninguna manera. La cultura, dicho en sentido general, y
más específicamente, la civilización occidental, fue un sistema determinantemente
algorítmico. Por ello, el énfasis estuvo siempre en normas, mandamientos, leyes, preceptos,
funciones y demás. Todo ello acompañado de sus mecanismos concomitantes: poderes,
sistemas de castigo y toda la lógica punitiva. Occidente nunca supo de libertad, por
tanto, tampoco supo de vida.
En resumen, cualquier pelea con la IA en términos algorítmicos la llevan perdida los
seres humanos. Subrayo, en términos algorítmicos. En consecuencia, lo que emerge es
el llamado al reconocimiento de la importancia de un pensar y vivir no algorítmicamente.
Hay un par de trabajos en los cuales me he ocupado del tema.
Desde esta visión que nos explicaba sobre la vida y la inteligencia y pensando de
manera específica en la educación: ¿por qué usted afirma que las organizaciones inteligentes
son aquellas que saben de complejidad? ¿Cómo pasar de las jerarquías a las redes complejas?
Hay y ha habido un amplio furor acerca de la inteligencia, el cual ha conducido incluso
hasta las inteligencias múltiples. Existe toda una ingeniería al respecto, para conocerla,
medirla, fomentarla; como si fuera una clave para el mejoramiento y el desarrollo
de la sociedad. Ok…
Es en el marco de las ciencias de la complejidad donde surgió la idea de las “organizaciones
inteligentes”. Simple y llanamente, una organización inteligente es aquella que aprende.
El problema es que hay muchas organizaciones que no aprenden; como muchas personas
que tampoco lo hacen. Análogamente a lo que sucede en biología o en ecología, una
organización que no aprende se especializa. Y ya sabemos entonces lo que sigue.
Hay partidos, ejércitos, iglesias, equipos deportivos, gobiernos, estados e incluso
civilizaciones que no han aprendido o no aprendieron. Se especializaron primero, se
volvieron endémicas luego, y, finalmente, terminaron por desaparecer. No hay nada
más peligroso que especializarse, literal. Se deja de explorar, de soñar y de apostar,
se evita el cambio. La historia abunda en ejemplos semejantes.
Las ciencias de la complejidad, ya lo sabemos, son ciencias de la vida. Y la vida
es cambio incesante, aprendizaje continuo. Los sistemas vivos, verdaderamente vivos,
aprenden, como sea. Usualmente lo hacen en más de una forma. El aprendizaje es condición
de la adaptación. Solo quienes aprenden logran adaptarse. Personalmente, más que enfocar
el tema del aprendizaje en las organizaciones (lo cual puede ser de interés puntual
para administradores, pedagogos, políticos, ingenieros y otros), me interesa el tema
en la escala macro, a escala civilizatoria.
No obstante, volviendo a tu pregunta, siempre habremos de distinguir entre los términos,
organizaciones e instituciones, tanto desde lo nominal, lo científico como lo filosófico.
Las instituciones son cerradas y autorreferenciales, en una palabra: son máquinas.
Las organizaciones son sistemas vivos o abiertos. Serias consecuencias están involucradas
en un caso o en otro. Debemos siempre poner atención a las palabras, lenguajes y significados.
Pero también hay que prestar atención a los significantes, textos escritos o verbales
que se instauran o se vehiculan por el mundo. No hay que ser filósofos analíticos
ni positivistas para estar sensibles al lenguaje, es decir, a sus usos.
Toda la historia de Occidente ha sido una historia de jerarquías. Digámoslo desde
la visión de Foucault, la historia de los poderes y micropoderes. Ello está en el
ADN de los seres humanos occidentales: creer que los poderes y las autoridades son
necesarias. Debo confesarte que me ponen altamente nervioso, las ideas de numerosos
biólogos, quienes todavía leen la vida y los sistemas vivos como sistemas jerárquicos.
La naturaleza no tiene jerarquías o no sabe de jerarquías, y si las hay, son siempre
episódicas y transitorias.
Pues bien, una lectura cuidadosa a la historia y la antropología pone de manifiesto
que hay y hubo culturas, pueblos y sociedades que no supieron de jerarquías. Los españoles
que llegaron a América eran los más atrasados de toda Europa, perfectamente medievales,
mientras Europa se asomaba ya al Renacimiento. Fueron esos caballeros invasores quienes
erróneamente creyeron que nuestros pueblos y culturas estaban constituidos por reyes
y jerarcas. Nada más equivocado. El estudio propio de Abya-Yala evidencia que nuestras
sociedades funcionaban con base en las heterarquías. Puntualmente dicho, no había
estructuras o poderes; tan solo funciones y roles; todo dependiendo del momento o
las circunstancias. Pues bien, fue gracias y a partir de estudios sobre Mesoamérica
cuando se tuvo conciencia acerca de cómo las heterarquías habían existido y existen
en numerosos otros lugares. En África y en varios países de Oriente Medio, por ejemplo.
Es posible vivir el mundo y gestionar las cosas sin jerarquías ni poderes. Una idea
manifiestamente contraintuitiva cuando se la mira con los ojos de la cultura normal
o de la historia heredada acríticamente. Las heterarquías son, lo cual he sugerido
en algún trabajo, formas de redes complejas. Sorpresivamente, la bibliografía especializada
en redes complejas no ha visto esto todavía. Porque, claro, trabajan tácitamente,
sobre los supuestos del mundo actual: principalmente estadounidense y europeo.
Te confesaré algo: tengo numerosos archivos en mi computador y numerosos cuadernos
y fichas dando vueltas por todas partes de mi casa, con apuntes y notas de artículos,
libros, textos que debo escribir. Voy saliendo, gradualmente, de algunos de ellos;
saliendo, es decir, terminándolos y enviándolos a publicar. Pero quedan siempre muchos
más. Uno de ellos es justamente sobre heterarquías como redes complejas. Las investigaciones
publicadas en el mundo ponen el énfasis más sobre las técnicas (muy importantes como
son) que sobre los aspectos conceptuales (que resultan ineludibles). No obstante,
existe una notable excepción: los trabajos de L. Barabási, quizás el mejor de todos
los investigadores en redes complejas, hoy por hoy. Todo esto, dicho de pasada.
Como quiera que sea, debemos lograr desentrañar las relaciones entre organizaciones
inteligentes, aprendizaje, vida y heterarquías, como una raíz profundamente histórica
entre nosotros. Otro mundo es posible.
Carlos, en el despliegue de nuestra charla, me percato que en este diálogo hemos abordado
asuntos muy potentes y álgidos para las ciencias de la complejidad, pero creo, de
manera muy directa, para las problemáticas a transformar en la vida de nuestro continente
y de nuestra gente. Entonces, las ciencias de la complejidad en América Latina. ¿Cómo
las ve?, ¿pudiéramos afirmar que América Latina va a la vanguardia en el cambio de
los paradigmas científicos?
¡Quisiera estar de acuerdo contigo! Créeme que sí. Pero no. América Latina no se encuentra
en la vanguardia de los paradigmas científicos. No como están las cosas y no en este
momento. Hay una larga consideración por hacer aquí.
Sí creo, más que firme: profundamente, que las ciencias de la complejidad, bien entendidas,
pueden marcar un diferencial importante de y para América Latina, en el espectro mundial.
Y en una perspectiva histórica. Está pendiente un trabajo largo y al mismo tiempo
de depuración, pero también de empaste o ensamblaje, si cabe la palabra. Y mucha vida,
experiencia, viajes, lecturas y aprendizajes, sin duda. Vuelve a saltar aquí, como
observas, el tema de la elaboración desde la síntesis.
He sugerido, en el contexto de nuestra América, que las ciencias de la complejidad
se articulan muy bien con los saberes originarios, los estudios de la decolonialidad,
o postcolonialidad, y las epistemologías del sur. Una mirada cuidadosa de esta cuádruple
articulación arroja luces significativas sobre lo que son y pueden ser las ciencias
de la complejidad con el resorte cultural e histórico que tenemos.
Es importante siempre subrayar esto: la ciencia en general se hace sobre un resorte
cultural e histórico: o no tiene sentido y no es posible. Pero como en las buenas
artes escénicas, este resorte no siempre tiene que aparecer en primer plano. Como
el buen actor, o actriz, con un estupendo personaje en una magnífica actuación. El
actor, o actriz, se diluye, y es solo por efectos secundarios que logramos verlo.
Lo contrario sería un determinismo semejante, por ejemplo, a la teología en el medioevo,
o algún marxismo trasnochado.
Hay una masa crítica creciente en América Latina en torno a la complejidad; quiero
decir, a las ciencias de la complejidad. Tengo la sensación, sin adoptar una actitud
querellista, que el pensamiento complejo ya dio lo que podía dar. Es un fenómeno que
me llena de optimismo; no por el cuerpo teórico, sino por lo que permite y por sus
consecuencias. Nuestras sociedades y culturas pueden beneficiarse, como está siendo
efectivamente el caso, con una profundización y apropiación de la complejidad. Podría
hacer referencias puntuales, pero por limitación del tiempo y el espacio, y también
por elegancia, lo omitiré. He señalado muy expresamente lo que podríamos denominar
una sociología de la complejidad en América Latina. Es un trabajo pionero, a decir
verdad.
He puesto en evidencia en varios trabajos que el interés por la complejidad en nuestro
continente está ampliamente dominado por las relaciones entre educación y complejidad,
una circunstancia única en el panorama mundial. Con todo, y esta es una observación
fundamental, debemos estar alertas para no convertir a la complejidad en una doctrina.
De doctrina ya estamos hasta el cuello. Esa fue la historia de Occidente. Lo que cambiaron
fueron los colores o los nombres, pero siempre fue, grosso modo, la historia de un pensamiento doctrinal. Lo que nos interesa es la vida misma. Las
ciencias de la complejidad pueden ayudar, exaltar, posibilitar la misma vida. Este
es el punto. No debemos jamás confundir los medios con los fines. Los medios son siempre
solamente eso: herramientas, instrumentos de los cuales nos vamos desembarazando a
medida que avanzamos en el camino. Lo que sucede, claro, es que en cada caso necesitamos
los mejores instrumentos posibles para hacer posible el camino, digamos, el mejor
lecho o el menos incómodo, la mejor compañía, la mejor de las comidas, y demás. Lo
mejor muchas veces no es lo más costoso, barroco o rococó, por así decirlo.
América Latina tiene unas fortalezas que quizás sean únicas. Muchos saberes originarios.
Europa no tiene ninguno. En Estados Unidos están bastante silenciados los pocos que
quedan. Acá tenemos mucha y gran literatura. Jamás deberemos dejar esto en un lugar
secundario. Como si la literatura fuera una experiencia de segundo orden, en relación
con la ciencia y la tecnología. Y una cosa muy importante: tenemos mucha y fuerte
vitalidad. Somos demográficamente un continente joven. De consuno, tenemos una naturaleza
maravillosa, literalmente frugal en todos los aspectos.
Si se aúna todo esto, el resultado es un fresco altamente sugerente. ¿Sabes cuál es
el problema?: que en América Latina no nos la creemos, no creemos en nosotros mismos.
Y entonces existe también debido a la geografía, un profundo desconocimiento de nosotros
mismos. Resumiendo, es así como veo la complejidad en el continente.
Profundas y vitales consideraciones. Palpita la vida en cada una de sus palabras y
no se agotan mis inquietudes, sino al contrario, crecen, aunque creo ser esto un buen
síntoma (risas). Hay muchos asuntos por abordar con Carlos Maldonado. Sin embargo,
no quiero agotar las posibilidades de intercambio porque tenemos otros proyectos de
entrevistas, así que esta no será la última… Espero. Pero, casi al cierre de esta
charla, quisiera que me comentara acerca de la mal llamada salud mental y he leído
algún que otro comentario suyo sobre terapia y complejidad. ¿Qué nos puede comentar
sobre esas interrelaciones entre terapias psicológicas y complejidad?
Es un tema altamente sensible. Terriblemente importante. Filosóficamente impostergable.
Quiero subrayar que este es un tema de la más alta sensibilidad intelectual, el tema
trata sobre las creencias humanas. Eso, el componente primario de la salud mental.
El principal problema de salud pública en el mundo entero es la salud mental. Antes
de la pandemia, cada cuarenta segundos alguien se suicidaba en el mundo, por las razones
que fuera: hormonales, amorosas, económicas, y muchas otras. No han salido datos después
de la pandemia hasta la fecha; pero es presumible que la cifra haya aumentado, digamos
(conjeturalmente) una persona cada veinte segundos. Es terrible. Y, ¿sabes qué sucede?
La sociedad en general no habla al respecto, es vergonzoso sin dudas. Entre otras
cosas porque, efectivamente, el suicidio puede resultar contagioso. Hay un círculo
vicioso, como se aprecia.
La gente se está suicidando por las razones más increíbles. Al respecto, me parece
importante volver a Durkheim. Palabras más, palabras menos. Durkheim decía que la
sociedad permite muertes voluntarias, pero ve esos actos como comportamientos individuales
cuando la verdad es que los suicidios son el complemento y la prolongación, estas
sí son palabras exactas de Durkheim, lo recuerdo, de una condición social bien determinada.
Los suicidios expresan la vitalidad o no de una sociedad. Los suicidas mismos ven
su situación como un fenómeno distintivamente personal o individual. Me parece terrible.
Subrayando siempre, que la de Durkheim no es, en modo alguno, una sociología determinista.
Vivimos un mundo en el cual la gente está altamente insatisfecha: con su situación
económica, con los amores que tiene o ha tenido, con la comida, consigo misma, con
su familia, con el trabajo. Y la mayoría de los seres humanos terminan haciendo sus
actividades, no porque quieran sino porque “les toca”. De hecho, desde el colegio
se le enseña a niños y jóvenes a tener que hacer cosas, aunque no les gusten, y que
los padres mismos muchas veces hacen cosas porque les toca. ¡Óyeme, estamos formando
esclavos!
Nuestra época perdió el sentido de la alegría de vivir, no tiene ninguna vitalidad.
La inmensa mayoría de la gente vive para trabajar, y trabaja para pagar deudas. ¡Eso
no es vida! (¡El sistema de endeudamiento en Estados Unidos es absolutamente insostenible!
Pero ese es otro tema aparte).
Muy desafortunadamente la medicina y las ciencias de la salud separan la salud física
y la salud mental. Y usualmente: salud es solo salud física, como si fuéramos dos
cosas, distintas, por tanto: espíritu y cuerpo. El cartesianismo le ha hecho un daño
invaluable a la humanidad.
Tienes razón, me he ocupado algo de la salud mental. ¿Sabías que existen más de quinientas
terapias o tipos de terapias en el mundo? Algo debe querer significar eso. Importantes
como son, las terapias siempre hacen referencia a la enfermedad. Debemos poder saber
de salud, pero para ello debemos poder saber de vida.
Me encanta conversar con profesionales de la medicina y recordarles una historia que
la mayoría desconoce, o ha olvidado, o nunca lo supo. Hubo una época en la cual el
médico era un sabedor, un chamán, digamos. Y sabía de los vuelos de las lechuzas,
de las aguas y los cultivos, del cuerpo humano y del canto, de los espíritus y de
las funciones corporales. Posteriormente, el médico fue, solamente, un filósofo. Las
referencias tanto a Hipócrates como a Galeno son evidentes. Hoy, o bien el médico
es médico general o especialista. Algo sucedió en el camino.
En el año 2011, en Lyon, Francia, se reunieron médicos, psicólogos, psiquiatras y
todos aquellos interesados por la salud mental. El producto de varios días de trabajo
y discusión fue un muy hermoso documento que se encuentra en la web: la Declaración de Lyon. En resumen: la salud mental, dice la Declaración, consiste en un rasgo distintivo: la capacidad de decir: no. Decirles no a los poderes,
a las circunstancias que nos agobian, a las situaciones estresantes, y demás. Saber
decir no. Pero esto es lo más difícil para la mayoría de la gente, sometidos como
están, a poderes, fuerzas y cosas que les toca hacer, por las razones que sea. Se
trata de un auténtico acto emancipatorio, liberador, radical. Saber decir no, cuando
corresponde. No agachar la cabeza, siendo este el primero de los actos de dignidad
hacia sí mismo y hacia los otros. Eso es vida y dignidad.
Gracias doctor Maldonado. Bonito cierre imaginario, porque interpretando sus mensajes,
ya no creo que haya un final para nada. Sin embargo, ha sido un diálogo cargado de
mucha latencia en el contenido de sus aseveraciones. Y quisiera aconsejarle que resguarde
muy bien sus archivos de la computadora y sus tarjeticas que andan sueltas por su
casa (risas), para que no se vayan a perder tantas ideas excepcionales, pendientes
de ser publicadas y las cuales, sin lugar a dudas, encontrarán en algún momento la
oportunidad de salir a la luz. Porque usted es un hombre comprometido con la fractura
del raro y excepcional momento en que nos ha tocado vivir.
Gracias a ti, Rosa María. Ha sido un gusto. ID