Es un privilegio, en nombre de mis colegas, presentar sus contribuciones para la revista
INTER DISCIPLINA del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de esta
Universidad, cuyo objetivo es el estudio de la educación intercultural, un tema muy relevante en nuestros días para debatir la forma en la cual se debe
educar en sociedades diversas y complejas, sobre cuál es el modelo educativo más conveniente,
las competencias del personal docente, así como el tipo de contenidos a deberse impartir
a los niños, niñas, las y los jóvenes.
Como editor invitado, me propuse integrar un conjunto de colaboraciones de personas
dedicadas a la investigación, quienes abordan el tema sobre educación intercultural
de manera interdisciplinaria, contextual, local o situada, y como un fenómeno de complejidad
creciente, involucrando una gran cantidad de acepciones y significados.
Por una parte, podemos relacionar la interculturalidad con los fenómenos migratorios,
la internacionalización de los procesos económicos y sociales, así como la convergencia
cultural y organización para el trabajo, en comunidades donde se implantan modelos
educativos arquetípicos, generalmente de países que se han erigido como hegemónicos
a través de la historia.
Otras acepciones identifican la interculturalidad con la historia de los pueblos,
sus contextos y la cultura de cada uno de ellos, con el ejercicio del poder, la manipulación,
el control y el despojo, así como con el racismo y la discriminación. Este es el tipo
de interculturalidad con el cual están más familiarizados los grupos sociales de América
Latina y en particular los de México. Pilar Máynez y Javier García, en su colaboración,
refrendan este enfoque cuando describen, evalúan y critican cómo las políticas educativas
y lingüísticas, impuestas desde el poder hacia los pueblos indígenas, han fomentado
las asimetrías y situaciones de segregación. Como ejemplo representativo, reseñan
el caso de Santa Ana Tlacotenco, Milpa Alta, en la Ciudad de México.
Mario Castillo y Hugo Pacheco centran su colaboración en la importancia de los docentes
en la práctica educativa para la “resistencia lingüística”, la cual permitirá la sobrevivencia
de las lenguas subordinadas. Consideran que la educación intercultural es parte de
la lucha política, al promover, en los contextos escolares, actitudes y valores a
partir de la oralidad y la escritura. Este tipo de interculturalidad constituye la
negación de pertenecer a cierto grupo, sociedad, cultura, como una actitud de defensa
frente a una sociedad la cual, desde hace más de 500 años, los discrimina y los excluye.
Destacan el trabajo de la Escuela Normal Bilingüe e Intercultural de Oaxaca (ENBIO)
con un enfoque centrado en la vida, las lenguas y culturas originarias de esa entidad
federativa.
En ese sentido, Benjamín Maldonado afirma a la interculturalidad como una característica
a deber tener la sociedad, y para esto es necesario crear un modelo el cual reconozca
las diferencias y construya diálogos entre diferentes, no desiguales. Considera necesario
retomar cincuenta años de lucha sindical y pedagógica para promover la educación intercultural
como un proceso de movilización social basado en una pedagogía de las diferencias.
En forma coincidente, Gervasio Montero propone hacer un proyecto lingüístico desde
el aula como práctica pedagógica partiendo de la diversidad, pero identificando los
puntos de convergencia entre lo igual y lo diferente para valorar y entender la riqueza
de la composición lingüística y cultural.
Estefanía Cruz, en su colaboración, destaca los saberes comunitarios como un cúmulo
de conocimientos etnofarmacológicos de respeto a la vida y a la naturaleza, los cuales
son compartidos como acervo para las nuevas generaciones. Con base en sus estudios
llevados a cabo en la comunidad de Pepexta, en la Sierra Norte de Puebla, en México,
las personas se consideran como un producto de la tierra, a la cual aprecian como
una madre y no como sus propietarias.
Comprensiblemente acorde con los autores antes citados, la colaboración de Carlos
Maldonado es muy valiosa y pertinente, al identificar los saberes originarios en Abya-Yala como una clave de la nueva civilización en emergencia y un elemento cultural diferenciador
que propugna por el bien común. Sostiene, dada la riqueza de etnias, lenguas, saberes
y tradiciones producto del aprendizaje y no de la educación, el estar en la posibilidad
de alcanzar una síntesis de conocimientos, es decir, de poder llegar a la articulación
armoniosa de los saberes, los cuales nos distinguen como producto de la Madre Tierra.
Durante muchos años, la cultura occidental ha promovido narrativas como civilización, modernidad, democracia, desarrollo y globalización, entre otras, como procesos totalizadores, naturales, irreversibles y monolíticos;
sin embargo, existe una gran diversidad de visiones del mundo luchando por subsistir,
las cuales están vivas y proliferan en todo el mundo; en América Latina y en México,
comunidades en resistencia en los estados de Guerrero, Puebla, Oaxaca, Michoacán,
Chiapas, Chihuahua, Sonora, entre muchos otros, en donde el magisterio, como parte
de las comunidades originarias, se ha constituido en la vanguardia de esta lucha,
tienen como instrumento ideológico la educación intercultural.
Descartes tenía razón al aseverar la existencia de un demonio, o muchos, los cuales
de manera omnipotente y omnipresente construyen una realidad para manipular el pensamiento
social, haciendo uso de las redes complejas en donde se despliegan por los intersticios
del poder y los micropoderes: a través de la educación, de la ciencia, de los medios
de comunicación, nos engañan para mantenernos enajenados, sujetados, viviendo una
existencia inauténtica, siendo devorados por el mundo, como seres sin conciencia de
sus posibilidades y de construir un mundo para sí.
En América Latina tenemos la libertad ineludible de elegir un futuro, de pensar y
proponer un modelo de existencia humanista, de relaciones de producción justas, en
forma congruente con la cultura y aspiraciones de las comunidades. Como seres para
sí, responsables de nuestro futuro, debemos situarnos libremente. Debemos elegir nuestras
alternativas y elegirnos, de acuerdo con nuestra cultura, intereses y aspiraciones.
Es por eso que el pensamiento latinoamericanista mediante una educación intercultural
más pertinente y un pensamiento contextual, local, situado o complejo, debe buscar
la transformación de un sistema sociopolítico que privilegia los intereses de grupos
económicos, los cuales, a costa del bienestar comunitario y social, promueven y se
benefician de la corrupción e ineficiencia de autoridades de todos los colores y partidos,
defendiendo intereses particulares ajenos al bien común. ID