Introducción
El año de 2020 abrió con una ola de noticias y rumores acerca de una extraña enfermedad
respiratoria surgida en China. En un clima de creciente incertidumbre comenzaron a
circular dos narrativas, igualmente xenofóbicas, para dar cuenta del origen del nuevo
virus. La primera, de carácter exotizante, designó a los mercados húmedos -representaciones
del desorden y la inmundicia- como posible punto de origen, incriminando a los chinos
por sus hábitos alimenticios, específicamente el consumo de murciélago.1 La segunda, emanada de las teorías de las conspiraciones, afirmaba que era una arma
biológica fugada de un laboratorio. Ambas versiones permitían construir al virus como
un problema asiático, cuya responsabilidad recaía en las prácticas impuras y/o criminales
de los chinos y el secretismo con el cual inicialmente habían abordado los contagios.
Los comentarios y acciones racistas a escala internacional no se hicieron esperar
(Lim, Lee y Kim 2023).
Este intento por “contener” la expansión de la enfermedad a través de establecer fronteras
imaginarias, fracasó rápidamente. Para mediados de enero, con su llegada a Europa,
la llamada “neumonía de Wuhan” se convirtió en el virus SARS-CoV-22 y comenzó a enunciarse como un problema de salud pública de escala mundial. El 8
de febrero, el gobierno italiano decretó la primera cuarentena a nivel nacional; en
los meses siguientes, con mayor o menor apertura, esta medida se replicó en muchos
otros países.
Dada su alta capacidad de contagio, letalidad y el desconocimiento de sus formas de
propagación y de tratamientos farmacológicos efectivos, el 11 de marzo de 2020, el
Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, secretario general de la Organización Mundial de la
Salud, emitió el siguiente comunicado:
Buenas tardes.
A lo largo de las dos últimas semanas, el número de casos de COVID-19 fuera de China
se ha multiplicado por 13, y el número de países afectados se ha triplicado.
En estos momentos hay más de 118,000 casos en 114 países, y 4,291 personas han perdido
la vida.
Miles de personas más están luchando por sus vidas en los hospitales.
En los días y semanas por venir esperamos que el número de casos, el número de víctimas
mortales y el número de países afectados aumenten aún más.
Desde la OMS, hemos llevado a cabo una evaluación permanente de este brote y estamos
profundamente preocupados tanto por los alarmantes niveles de propagación y gravedad,
como por los alarmantes niveles de inacción.
Por estas razones, hemos llegado a la conclusión de que la COVID-19 puede considerarse
una pandemia. (OMS 2020)
Tal como compete a una institución de salud, los criterios utilizados por la OMS para
caracterizar la expansión de la COVID-19 como una pandemia provienen de la epidemiología:
extensión territorial amplia, desplazamiento territorial, altos índices de ataque
y explosividad en un corto periodo de tiempo, novedad de la enfermedad, alto contagio
y corto tiempo de incubación, severidad y mínima inmunidad (Morens, Folkers y Fauci 2009).
Siguendo estos lineamientos objetivos “cuantificables” parecería relativamente sencillo
decretar la existencia de una pandemia. Sin embargo, más allá de los aspectos generales,
su caracterización dista mucho de ser unívoca (Henao-Kaffure 2010). Existen debates acerca de las fronteras precisas entre esta y una epidemia en relación
con: el número de personas infectadas, la severidad que la enfermedad debe presentar,
su nivel de contagio, su naturaleza infecciosa y la extensión geográfica del brote,
entre otros. En el caso que aquí nos ocupa, la imposibilidad de establecer el momento
exacto en el cual emerge una pandemia, las distintas visiones sobre las estrategias
de afrontamiento apropiadas y el momento de aplicarlas explican en parte el desfase
entre el llamado urgente a actuar enunciado por la OMS y la lentitud de respuesta
de muchos de los gobiernos. Dicho retraso tuvo serias consecuencias a niveles nacional
e internacional (Afsahi et al. 2020; Konishi 2024)
Adicionalmente, la alocución contiene mensajes fuertemente tensionados, los cuales
facilitaron la toma de diferentes acciones. En primer lugar, la difícil negociación
entre la necesidad de transmitir el peligro supuesto por el coronavirus y, por tanto,
de implementar medidas integrales “urgentes y agresivas” y la afirmación de que por
primera vez era posible controlar una pandemia, postura esperanzadora buscando mitigar
el “miedo irracional” y la “sensación de derrota” (OMS 2020). Ello coadyuvó a la aparición de narrativas que restaron importancia a la COVID-19
(Carvalho et al. 2021).3
Una segunda discordancia se manifestó ante la falta de respuestas de los gobiernos:
por un lado, se expresó comprensión en torno a la inacción de los países con carencias
de capacidades y recursos para afrontar la crisis; por otro, se reprochó la actitud
de aquellos gobiernos en donde la dilación devenía de “un problema de falta de determinación”
(OMS 2020). La expresión de diferentes posturas restó fuerza a la amonestación frente a la
lentitud de aplicación de acciones contundentes.
Un tercer nudo problemático se registró en el reconocimiento de un equilibrio complicado
entre las estrategias de mitigación del contagio, la estabilidad del orden social
y la economía. Con el enunciado: “todos los países deben encontrar un delicado equilibrio
entre la protección de la salud, la minimización de los trastornos sociales y económicos,
y el respeto de los derechos humanos” (OMS 2020) se aceptaba la soberanía4 de cada país de decidir cuándo y cuáles estrategias implementar, así como los intereses
que cada uno de ellos deseaba privilegiar (Howard 2021).
Consideramos que lo anterior muestra con toda claridad que la caracterización de una
crisis de salud como pandemia no puede ser explicada y enfrentada utilizando únicamente
el paradigma biomédico y la epidemiología. Se trata de un fenómeno en donde se imbrica
lo biológico, lo social y lo político (Ferreira et al. 2020), así como la valoración de las vidas humanas que están en peligro (Catlin 2021).5 Para una comprensión cabal del evento es necesario recurrir a las aportaciones de
las ciencias sociales para dar cuenta de la superposición de todas sus dimensiones.
Tras la revisión de múltiples artículos y libros sobre la pandemia escritos desde
este campo disciplinar, en este texto recuperamos tres conceptos utilizados: evento
masivo de muerte (Han, Millar y Bayly 2021), seguridad e inseguridad/incertidumbre ontológica (Kelly 2021; Kuri 2023), y, orientaciones emocionales (Bar-Tal, Halperin y De Rivera 2007; Patiño y Barrera 2021); los cuales, consideramos, abonan de manera productiva a la reflexión, retomando
dimensiones yendo del orden social al subjetivo.
Nuestra elección responde a varios intereses: en primer lugar, la necesidad de trascender
una definición epidemiológica de la pandemia retomada en gran parte de la literatura
académica sobre el coronavirus, incluyendo la mayoría de las aportaciones realizadas
desde las ciencias sociales (Lohse y Canali 2021).
En segundo, abordar este fenómeno desde una perspectiva que enfatice su dimensión
material y no solo su carácter discursivo,6 dada la producción de afectaciones concretas de diverso tipo: nos centramos en la
muerte como riesgo o realidad impactando sobre los cuerpos de los individuos (Missel et al. 2022; Perrino 2021), en las instituciones donde se reproduce la vida colectiva (Tuitjer, Müller y Tuitjer 2023) y en los ordenamientos sociales los cuales soportan las condiciones de reproducción
social (McDermott 2024).
En tercero, nuestro interés particular es establecer relaciones entre el evento global
de la pandemia y las experiencias subjetivas y emociones de las personas, entendiendo
que la dimensión afectiva es constitutiva de las relaciones sociales y el orden que
de ellas emana, de modo que analizar su papel abre un horizonte de entendimiento sobre
el actuar de los individuos en momentos de contingencia (Bar-Tal, Halperin y De Rivera 2007; Poma y Gravante 2015; Patiño y Barrera 2021).
Elegimos definir la pandemia retomando la noción “evento masivo de muerte” propuesto
por Yuna Han, Katharine Millar y Martin de Baily (2021), por la centralidad que otorgan a la muerte y al análisis de su impacto político,
normativo y experiencial. Desde este horizonte, es posible visibilizar las formas
en las cuales esta obligó a un reordenamiento del mundo, de la vida cotidiana y de
las experiencias colectivas e individuales de pérdida y duelo. Consideramos que esta
propuesta es original, en tanto recupera la materialidad de la muerte y sus consecuencias
y evita narrativas de distanciamiento frente al sufrimiento que la pandemia implicó
tanto a nivel individual como social. Fue en sus dimensiones masivas donde la mortandad
cobró un sentido político capaz de obligar a los Estados a la reconfiguración del
orden social y de la vida.
Para abordar el impacto a nivel subjetivo producido por los cambios organizacionales
vertiginosos y las posibilidades reales de contagio y muerte, así como por los esfuerzos
de producir certezas y seguridades a través de la construcción de la “nueva normalidad”
recuperamos los conceptos de seguridad e inseguridad/incertidumbre ontológica desarrollados
en las ciencias sociales siguiendo la propuesta de Anthony Giddens. Estos resultan
particularmente útiles en el análisis de la pandemia por su capacidad de trascender
la dicotomía individuo/sociedad y entender la naturaleza social de las emociones y
experiencias que emergieron en el contexto de esta crisis de salud (Purnell 2021).
Por último, retomamos el concepto de orientación emocional (Patiño y Barrera 2021) para abordar la eclosión de emociones compartidas, tales como la angustia, el miedo,
la rabia, por mencionar algunas, por su capacidad de dar cuenta de la emergencia de
patrones emotivos y de los comportamientos que derivaron de ellos. Sin negar su dimensión
psicológica, visibiliza el carácter social de la producción, expresión y circulación
de narrativas y discursos en los cuales se manifestaron las emociones producidas por
los eventos vividos.
Un evento masivo de muerte
En cuanto a las caracterizaciones de la pandemia desde las ciencias sociales, existen
actualmente algunas propuestas interesantes entre las cuales destacan: “crisis de
salud pública” (Paim y Almeida 1999; Gaus 2021), “acontecimiento” (Valencia y Contreras 2020; Federico 2021), y “evento masivo de muerte” (Han et al. 2021; Millar et al. 2020). Retomamos esta última porque coincidimos con la afirmación de que “el hecho central
del virus mismo es la muerte y el sufrimiento en una escala transnacional masiva…
y las evaluaciones del impacto político y normativo de la pandemia deben centrarse
en las experiencias individuales y colectivas de muerte, pérdida y duelo” (Han et al. 2021, 5).
Las autoras critican el lugar secundario otorgado a la muerte en gran parte de la
literatura, privilegiando el análisis de sus causas y/o consecuencias, así como el
uso de estrategias discursivas de alejamiento de la misma permitiendo evadir el dolor
y sufrimiento implicados por esta. La utilización de estilos narrativos de distanciamiento
de la muerte en ciencias sociales precede con mucho a la aparición del coronavirus.
Tal como sostiene Himadeep Muppidi, refiriéndose específicamente al campo de las relaciones
internacionales, pero generalizable a estas disciplinas, el lenguaje académico utiliza
“una estética del rigor, la precisión y la objetividad” despojando a la muerte de
su naturaleza trágica y desagradable” (Muppidi 2012, 6).
En cuanto a las aportaciones desde las ciencias sociales sobre la COVID-19, Han, Millar y Bayly (2021) han ubicado dos grandes líneas de discusión donde, independientemente de sus diferencias,
se implementan estas estrategias de evasión. La primera se compone de trabajos de
carácter Estado-centrista en donde la alta mortandad se considera un problema en cuanto
a los desafíos impuestos por la legitimidad y mantenimiento del poder y el ordenamiento
político tanto a nivel nacional (Estados/gobiernos) como internacional (Millar et al. 2020, Crabtree et al. 2020). En estos abordajes, la muerte importa únicamente en tanto acumulado susceptible
de afectar la estabilidad de la sociedad y la permanencia de las élites políticas.
La segunda línea de indagación estudia los efectos de la pandemia sobre problemáticas
político-económicas prexistentes y su impacto en otros objetivos y valores políticos,
tales como el desarrollo económico, las libertades civiles y los derechos humanos.
Ejemplo de ello es la amplia discusión en la literatura alrededor de si las estrategias
de afrontamiento implementadas por los gobiernos para reducir los índices de contagio
y defunción constituyeron una violación de las libertades fundamentales, así como
su papel en la discriminación de los grupos minoritarios y la militarización de las
fronteras (Forester y O’Brien 2020; Regilme 2023). Destacan también reflexiones explicando la emergencia y propagación del virus en
seres humanos como resultado de la sobrexplotación de la naturaleza propia del neoliberalismo
(Barnett 2020; Osorio et al. 2020; Razo 2021). En ambos casos, el carácter trágico de la muerte se desplaza, colocando en el centro
otras preocupaciones, también muy legítimas; asimismo, se implementa un lenguaje académico
neutro que protege de la naturaleza desagradable y dolorosa de la misma.
A estos abordajes añadimos una tercera estrategia de distanciamiento: la representación
numérica de la muerte a través de la estadística como una forma, la cual, a un mismo
tiempo, permite hablar de ella e invisibilizar las dimensiones trágicas que supone
para las personas y las comunidades. Si bien el uso de la estadística en salud es
de larga data, su centralidad como herramienta de análisis epidemiológico a nivel
mundial inicia a mediados del siglo pasado, impulsada en gran medida por la OMS (Sagaró del Campo y Zamora 2019; Boerma y Mathers 2015). Para los años 90, había adquirido un papel inédito como insumo privilegiado para
el diseño de las políticas públicas, incluyendo las políticas en salud y la construcción
de una medicina basada en la evidencia (Lohse y Canali 2021).
Su éxito descansa en buena medida en la premisa de acceder a través de las cifras
a una descripción científica y confiable del mundo, un reflejo verdadero de los fenómenos,
el cual permite establecer causalidades, monitorear eventos de salud, comprender su
funcionamiento, planear acciones, entre otros. Por ello, no sorprende haber utilizado
desde el inicio de la pandemia datos estadísticos para dar cuenta de los estragos
y magnitud del contagio y defunciones por y en relación con la COVID-19, a nivel nacional
e internacional, y ser estos utilizados como información fundamental en la toma de
decisiones ligadas a los tiempos y tipos de estrategias de contención implementados
(Zurriaga-Carda, Aginagalde y Álvarez-Vaca 2022).
Sin desconocer su utilidad, el abordaje estadístico de la enfermedad también ha sido
fuente de múltiples críticas; a continuación mencionamos algunas consideradas por
nosotras como fundamentales para el análisis de la pandemia por Sars-Cov-2. El reconocimiento
de que tras la apariencia de objetividad y neutralidad de las cifras se invisibilizan
todo tipo de sesgos producto de: 1) lo considerado importante o no para medir y las
formas de recabar la información (Butler 2022); 2) una “mirada numérica” colonial y racializada (Muppidi 2012). El carácter abstracto de las cifras permite la despersonalización de la muerte,
la hace menos escandalosa, particularmente si esta ocurre en el Sur Global (Muppidi 2012; Maldonado-Torres 2007). 3) El ocultamiento de las importantes desigualdades sociales y económicas exacerbadas
durante este evento masivo de muerte (Gandarilla y García 2021; Corredor y Morris 2020). En el contexto de la pandemia de coronavirus se agravaron las desigualdades prexistentes
y se crearon nuevas vulnerabilidades, “irónicamente, esta circunstancia se debe tanto
a la actuación de las autoridades gubernamentales y de salud pública como a la propia
enfermedad” (Kelly 2021, 613-614).7
Estas “retóricas de la cuantificación” realizan una operación paradójica dado que
al mismo tiempo que se habla de la muerte, generan una distancia y un entumecimiento
frente a la misma; porcentajes, cifras absolutas o relativas, índices, entre otras
cuestiones, son expresiones de un lenguaje matemático pretendiendo proteger de la
devastación que esta implica a través de la invisibilización del sufrimiento y del
duelo que significa para las personas, y sus comunidades, la pérdida de sus seres
queridos.8
Frente a estas estrategias narrativas, recuperar la definición de evento masivo de
muerte permite enfatizar tanto la pérdida individual, propia del ámbito de lo privado,
como la colectiva. Como experiencia cuya afectación se dio a nivel societal, las muertes
produjeron “vacíos” y rupturas en el tejido social cuyas consecuencias son difíciles
de vislumbrar dado haberse manifestado como un “no existir más”, lo cual, en muchos
casos, sobre todo en ámbitos urbanos con altas concentraciones de población, solo
deja rastros (Contreras 2023). Ello nos obliga a reflexionar profundamente sobre las implicaciones de este evento
masivo de muerte en todos los niveles (Millar et al. 2020)
La muerte como categoría analítica
Para contrarrestar el distanciamiento frente a la muerte es necesario recuperarla
como categoría analítica, manteniendo su centralidad en relación con todas las problemáticas
a investigar; es decir, partir de la letalidad del coronavirus como el elemento explicativo
de las dimensiones políticas de las acciones y las experiencias individuales y colectivas
derivadas de ello. La muerte masiva fue la expresión concreta y específica de este
evento, el cual, a diferencia de otras crisis de salud, obligó a los Estados a implementar
cambios vertiginosos en el orden social afectando profundamente la vida cotidiana
(Han et al. 2021).
El siguiente paso es comprender las características específicas revestidas por la
muerte por coronavirus en virtud de su acontecer y significación. “La configuración
que la muerte adquiere se diversifica, ampliamente, a partir de categorías que ponderan
aspectos diversos. Ya sea por su origen y causas, por su desenlace, por el impacto
o las expectativas que genera, por lo que se quiere mostrar u ocultar, por las condiciones
de espacio y tiempo, por las circunstancias, por quién la ejecuta, por cómo sucede,
entre otros criterios” (Latini 2021, 381).
Los eventos masivos de muerte acontecidos a lo largo de la historia se distinguen
por las formas de morir que los constituyen. Existen aquellos, los cuales, aunque
trágicos, pueden ser conmemorados y consagrarse en la memoria colectiva. Por ejemplo,
las muertes producto de conflictos bélicos suelen ser significadas como heroicas,
mientras que las resultantes de desastres naturales, fuera del control humano, son
asumidas como inevitables y por tanto son susceptibles de ser honradas.
Sin embargo, las defunciones producidas por y en la pandemia de la COVID-19 presentan
características que dificultaron su afrontamiento tanto material como simbólico por
parte de las comunidades y las personas (Albuquerque, Teixeira y Rocha 2021). La falta de preparación y lentitud de la respuesta por parte de los gobiernos,
las deficiencias de los sistemas de salud, las formas dolorosas de morir, el alejamiento
de la familia, el tratamiento de los cadáveres y la distribución desigual de los contagios
y defunciones entre los sectores sociales no permitieron que las muertes por SARS-CoV-2
fueran significadas como buenas muertes (Mercadal-Sánchez et al. 2023).
Concordamos con Han, Millar y Bayly (2021), en que los conceptos “mala muerte”, “muerte de mala calidad”, y, “pérdida y muerte
ambigua”, propuestos por los abordajes críticos en relaciones internacionales, antropología
y sociología, resultan particularmente útiles para explicar las formas en las cuales
se transgredió el canon tradicional de la muerte en esta pandemia.
Los términos “mala muerte” o “muertes de mala calidad” se utilizan para hablar de
muertes violentas, sospechosas, disruptivas, marcadas por el malestar físico y la
angustia psicológica, y la incapacidad de decidir y/o aquellas en las cuales el tratamiento
del cuerpo se considera inadecuado e indigno y en consecuencia, por lo mismo, no pueden
enfrentarse a través de las prácticas prescritas. “Una mala muerte puede entonces
hacer referencia tanto al deceso, como al tratamiento del cadáver (o a la ausencia
de este) y a la práctica ritual en general. Evoca también la idea de una o un muerto
que partió en dolorosas condiciones y continúa sufriendo” (Panizo y Azevedo 2021, 55). Por lo general, las muertes “malas ” son difíciles de lamentar; desafían las nociones
de una muerte idealizada, indolora y digna, impiden a los familiares poder despedirse
y crean la sensación de haber sido muertes injustas y evitables (Albuquerque et al. 2021).
Por su parte, los términos “pérdida y muerte ambigua” suelen aplicarse a situaciones
en donde las defunciones no son fáciles de registrar, las razones de la muerte no
son claras, existen problemas con el manejo de los cuerpos o simplemente estos no
aparecen. Las muertes ambiguas dificultan la comprensión y la realización de un duelo,
el cual permita a las personas y a las colectividades tramitar el evento traumático.
Esta ambigüedad es una forma de daño continuo yendo más allá de la experiencia individual
del trauma (Serrano 2020; Panizo y Robin 2021).
Los términos “mala muerte” y “muerte ambigua” se han utilizado para nombrar las defunciones
por coronavirus dada la falta de claridad, el aislamiento de los enfermos, el desconocimiento
de su situación en el espacio hospitalario e incluso la duda de si los restos son
los de los familiares y amigos (Hernández-Fernández y Meneses-Falcón 2021). Asimismo,
la incapacidad de tratar los cuerpos y llevar a cabo los ritos funerarios tradicionales
para despedir a los difuntos resultaron en experiencias generalizadas de “pérdida
ambigua” (Boss 2021; Horton 2024).
Si bien todas las muertes pueden alterar el orden social al poner de manifiesto las
limitaciones de las instituciones estatales y las élites políticas para proporcionar
seguridad a los miembros de la sociedad, esto es especialmente cierto en el caso de
las muertes cuando estas no se ajustan a las prácticas y estrategias sociales ampliamente
aceptadas. A diferencia de otras muertes, las cuales pueden calificarse de consecuencias
aceptables o inevitables, la pandemia de la COVID-19 fue un acontecimiento de muerte
masiva desafiante de las narrativas existentes, pues evidenció con toda crudeza la
falta de recursos sociales invertidos a nivel mundial por parte de los Estados y las
desigualdades radicales en torno a la valoración de la vida humana (Hardoš y Mad’arová 2021).
Seguridad/inseguridad ontológica
Las nociones de seguridad ontológica y su opuesto, inseguridad/incertidumbre ontológica,
son conceptos bisagra, los cuales permiten analizar el engarce entre los acontecimientos
ocurridos a nivel societal y las sensaciones subjetivas producidas por estos en las
personas. En el caso de la pandemia, han sido utilizados para tejer puentes entre
la disrupción ocasionada por el evento masivo de muerte y las subjetividades, experiencias
y afectos a nivel individual y comunitario (Herrera y Rico 2021; Purnell 2021). Consideramos ambos términos necesarios, dado que durante esta crisis de salud se
registraron procesos simultáneos de desarticulación del orden social establecido y
rearticulación de un orden emergente denominado “nueva normalidad”,9 los cuales produjeron serias afectaciones subjetivas.
Por seguridad ontológica entendemos la forma en la cual tanto la organización de la
sociedad como la sensación de seguridad que sienten las personas depende en gran medida
de “la certeza subjetiva de que los mundos físico y social son lo que parecen ser
y que seguirán así; lo que vive un agente hoy podrá ser vivido de forma similar mañana,
por lo que puede ligar la experiencia del pasado con las expectativas del futuro”
(Gaitán 2015, 6). De esta se desprende la confianza que las personas tienen en la continuidad de
su autoidentidad, su “ser en el mundo”, más como proceso emocional que cognitivo,
así como la certidumbre en la estabilidad de los entornos sociales y materiales. La
sensación de tener el mundo una regularidad y estabilidad y por lo mismo ser seguro,
permite dotar de sentido la existencia y desenvolverse cotidianamente con cierta tranquilidad
(Kelly 2021).
Es fundamental entender que si bien la seguridad ontológica hace referencia a una
percepción, esta deviene de las condiciones materiales de la existencia y de las posibilidades
reales de las colectividades e individuos de sortear con éxito las vicisitudes de
la vida diaria. Por tanto, la sensación de certidumbre y maestría sobre el mundo depende
en gran medida de la estabilidad del orden social en el cual las personas se desenvuelven.
Desde esta perspectiva, la sociedad se muestra como producto de prácticas recursivas
estructuradas en un espacio y tiempo determinado, mediante interacciones diversas
y rutinas de encuentros sociales, producida y reproducida mediante la acción humana;
la seguridad ontológica incide en los sujetos y, a través de sus prácticas recurrentes,
en el orden social. Tanto para Shutz como para Giddens:
[…] los actores emplean esquemas generalizados (fórmulas) en el curso de sus actividades
diarias para resolver según rutinas las situaciones de la vida social […] ese entender
no especifica (ni podría hacerlo) todas las situaciones con las que un actor se puede
encontrar; más bien proporciona la aptitud generalizada de responder a un espectro
indeterminado de circunstancias sociales y de influir sobre este. (Giddens 2003, 58)
Lo que permite a las personas responder de manera adecuada o razonable es su inclusión
en un horizonte compartido de la realidad, misma que tiene la cualidad de ser anticipada,
fiable, sólida y producida y reproducida mediante la interacción social (Giddens 1999, 44). En síntesis, la confianza radica en gran medida en la recurrencia de prácticas
sociales fuertemente enraizadas, lo cual, a su vez, permite la actualización permanente
de los distintos sistemas que conforman la sociedad.
Sin embargo, la seguridad ontológica puede verse profundamente afectada por la emergencia
de una crisis en la cual el orden social se ve radicalmente transformado, se desarticulan
prácticas fuertemente arraigadas y dejan de funcionar las normas y rutinas, las cuales
comúnmente se utilizan para desenvolverse en el mundo y resolver problemas. Para dar
cuenta de estos momentos resultan particularmente útiles los conceptos de inseguridad/incertidumbre
ontológica para referirse a situaciones en las cuales, de manera profunda, “se desestabilizan
y cuestionan las visiones del mundo, las rutinas y las concepciones básicas de la
personalidad y, no menos importante, las nociones de confianza de la sociedad” (Browning 2018, 337). El caos producido por cambios en la estructura social implica no solo la desorganización
del sistema, sino la pérdida de sentido de la realidad de las cosas y las personas
(Giddens 1999) como resultado de los cambios registrados en la reproducción de las reglas y las
prácticas institucionalizadas, que son aquellas “prácticas sedimentadas a la mayor
profundidad en un espacio- tiempo” (Giddens 2003, 58).
Aplicados a la pandemia, estos posibilitan el análisis de los efectos de la pérdida
de la predictibilidad de la realidad cotidiana, de prácticas y de sentido, el desconcierto
producido por la emergencia del virus y los cambios introducidos por las estrategias
de contención (Kelly 2021).10 La inseguridad/incertidumbre ontológica permite analizar cómo es que los procesos
de desestructuración en la pandemia se tradujeron en sentimientos de miedo, angustia
y rabia generalizados como resultado de la imbricación entre la dimensión subjetiva
y las estructuras: la articulación entre la ruptura de la normalidad a nivel global
producto del evento masivo de muerte, los cambios específicos a nivel local introducidos
por las estrategias de afrontamiento (Wright, Haastrup y Guerrina 2021).
En este tenor, argumentamos que la pandemia se puede analizar como un fenómeno configurándose
a través de un doble movimiento simultáneo: por un lado, se desarticularon prácticas
históricamente afianzadas que dotaban de sentido tanto al orden social como a las
personas (Purnell 2021). Por otro, rápidamente se reconfiguraron nuevas significaciones, formas de actuar
y de reorganización de los espacios público y privado. A este orden emergente se le
denominó “nueva normalidad”.
El primer movimiento supuso alteraciones, las cuales fueron más drásticas de lo que
en el momento pudo concebirse en las crónicas de los acontecimientos inundando la
opinión pública en varios rincones del planeta, y trayendo consigo una serie de modificaciones
en el ritmo de vida y de las prácticas sociales e individuales. La velocidad de propagación
y la alta letalidad del coronavirus fue tal que Alexander y Smith caracterizan la
pandemia como un “shock exógeno no anticipado” (2020, 263), el cual reverberó desde los sistemas amplios,
a nivel global, regional y local, hasta las subjetividades individuales. Las estrategias
comúnmente utilizadas para mantener el equilibro social dejaron de funcionar y generaron
la ruptura de ensamblajes históricamente establecidos, los cuales evidenciaron claramente
todas las fisuras y desigualdades existentes:
La COVID-19 resultó ser lo que coloquialmente llamamos la gota que derramó el vaso
o, dicho en términos de dinámica de sistemas, lo que empujó a nuestros sistemas sociales
por encima de un punto de inflexión. Cuando un sistema se vuelca repentinamente, los
vínculos entre la mayoría de sus agentes se rompen y se produce una situación caótica.
Los estados caóticos conllevan un alto grado de incertidumbre, se trata de un estado
en el que las intervenciones previamente probadas ya no logran mantener el statu quo. (Sturmberg y Martin 2020, 1361)
En la mayoría de los países, las actividades realizadas en el espacio público se redujeron
drásticamente. Las personas fueron conminadas u obligadas (según las estrategias implementadas
por los distintos gobiernos) a replegarse al espacio privado, particularmente en la
medida que los estragos de la enfermedad se iban haciendo evidentes. Actividades sociales
fundamentales se trasladaron al espacio privado y como resultado para una parte importante
de la población, este ámbito se volvió el locus de sus ocupaciones -laborales, educativas, domésticas, de socialización, etc.- convirtiéndose
en un espacio sobresaturado donde se traslaparon tiempos y tareas (Gaytán 2020; Villa et al. 2020). Sumado a todo lo anterior, muchos se vieron en la necesidad de gestionar
el contagio de sus familiares y amigos e incluso el propio, así como sobrellevar la
muerte de personas cercanas a quienes no les fue posible despedir de la forma acostumbrada
(Hamid y Jahangir 2020). Por su parte, aquellos obligados a seguir transitando por
el espacio público fuera porque realizaban labores esenciales, no podían permanecer
en el hogar por razones económicas o se encontraban en situación de migración o calle,
se vieron más expuestos al contagio (Corredor y Morris 2020; Pérez 2021).
El desconocimiento de las formas de propagación del virus, acompañado de la emergencia
de distintas voces con mensajes contradictorios afirmando experticia en la materia,
obligaron a mantener una actitud de constante sospecha, introducir adecuaciones sobre
la marcha y realizar una vigilancia sobre sí y otros, al tiempo de irse procesando
las múltiples pérdidas (Aleixandre, Castellón y Valderrama 2020). Los comportamientos, subjetividades y afectos de las personas tuvieron que irse
adaptando conforme avanzó el conocimiento sobre las características, transmisión y
tratamientos de la enfermedad. Todo ello contribuyó a la emergencia de una profunda
inseguridad e incertidumbre ontológica experimentada colectivamente.
El segundo movimiento fue más difícil de observar durante la crisis, se trató del
esfuerzo de reconstrucción de la seguridad ontológica a través de la producción de
la llamada “nueva normalidad”. Esta supuso la introducción de normas, prácticas y
sentidos emergentes y propicios para establecer un orden social con el cual se generó
cierta estabilidad. La distancia con la cual ahora podemos observar el fenómeno muestra
la velocidad de la reorganización de la vida social e individual.
La COVID-19 generó muy rápidamente un conjunto de:
[…] representaciones colectivas estables y se convirtió así en “pensable”, las primeras
semanas y meses fueron una notable demostración de la capacidad de la sociedad para
el bricolaje a alta velocidad, a medida que las estructuras familiares de significado
(narrativas, iconografía, género, códigos binarios) y las prácticas significativas
(rituales colectivos, rituales de interacción y actuaciones) se atornillaban y pegaban
de nuevas maneras. (Alexander y Smith 2020, 256)
El concepto de seguridad ontológica permite analizar esta emergencia de nuevos ordenamientos
sociales, estrategias de sobrevivencia, reglas y rutinas con las cuales los gobiernos,
las colectividades y las personas dotaron a la sociedad de un cierto nivel de estabilidad
permitiéndoles enfrentar el temor producido por estas transformaciones. En tiempos
de crisis, las rutinas, por pequeñas y triviales que parezcan, devienen profundamente
significativas en la reafirmación de identidades y valores que constituyen a las personas
y sociedades (Browning 2018).
Las nuevas reglas dirigidas a la contención de la enfermedad durante la cuarentena,
primero por medios electrónicos y posteriormente respetando el uso de cubrebocas y
la “sana distancia”, definieron las cualidades articuladoras de encuentros sociales,
procedimientos, tácticas y técnicas de la vida cotidiana. Su importancia radicó no
solo en su valor para mitigar el contagio sino también en su contribución para reconstruir
la seguridad ontológica.
Consideramos que los conceptos de seguridad e inseguridad/incertidumbre ontológica
contribuyen al análisis de las formas en las cuales se fueron entretejiendo los movimientos
simultáneos de disolución y de rearticulación del orden social en los contextos específicos,
así como las fluctuaciones en las percepciones y las subjetividades de las personas
y colectivos. Sin embargo, para lograr una buena comprensión de la pandemia es necesario
reconocer que sus consecuencias nocivas se distribuyeron de manera inequitativa entre
los diferentes grupos sociales a nivel mundial, nacional y local.
A continuación, reflexionamos sobre cómo la inseguridad/incertidumbre ontológica impactó
en la subjetividad, en particular en las emociones de las personas y comunidades.
Retomando a Giddens (1999), sostenemos que transformaciones radicales en los ámbitos público y privado explican
la emergencia de fuertes sentimientos compartidos de angustia, miedo, rabia o ansiedad
existencial. Consideramos que el concepto de orientaciones emocionales proporciona
claves importantes para explicar la naturaleza social de las emociones experimentadas.
Emociones y transformaciones radicales
El reconocimiento de la dimensión afectiva de la pandemia y la preocupación de que
esta se tradujera en pánico o expresiones de desaliento estuvo presente desde el momento
en el cual se calificó al fenómeno como tal. En la alocución del Director General
de la OMS, explícitamente se reconoció que “Pandemia no es una palabra que deba utilizarse
a la ligera o de forma imprudente. Es una palabra que, usada de forma inadecuada,
puede provocar un miedo irracional o dar pie a la idea injustificada de que la lucha
ha terminado, y causar como resultado sufrimientos y muertes innecesarias” (OMS 2020). Las transformaciones radicales en la organización social, las cuales se dieron
durante 2020 y 2021, se vieron acompañadas de experiencias cargadas de una fuerte
emocionalidad. De ello dan cuenta múltiples investigaciones, en su mayoría realizadas
desde la psicología, las cuales recuperan las emociones experimentadas por las personas,
predominando entre ellas el miedo, la tristeza, el enojo y la incertidumbre (Brooks et al. 2020; Wang et al. 2020; Inchausti et al. 2020; Duan y Zhu 2020).
La existencia de emociones ampliamente compartidas por la población, y su articulación
en torno a ellas, es indicativo de su carácter de fenómenos sociales. Consideramos
que ello nos permite explicar la relación dialéctica, la cual se establece entre las
subjetividades, los acontecimientos y los significados y las estructuras sociales.
En este sentido, ubicamos haberse experimentado en los grupos sociales, además de
emociones individuales producto de un evento específico como el temor al contagio
y la muerte, un tipo de sensibilidad colectiva la cual se manifestó en espacios sociales
en los cuales se nombraron las inseguridades, sufrimientos, dolores y desconciertos
(Lwin et al. 2020). Estos, como afectaciones manifiestas en el cuerpo, dieron cuenta, al mismo tiempo,
de estados emocionales adversos, como el miedo, la inquietud, la incertidumbre, la
angustia o el enojo; pero también de la solidaridad y la esperanza para hacer frente
a las dificultades (Fernández- Salvador y Hill 2024).
La idea de emoción compartida hace referencia a una emoción experimentada por un número
amplio de personas; es decir, no se trata de la suma de las emociones individuales
sino que representa las cualidades holísticas de los diferentes colectivos (Bar-Tal, Halperin y De Rivera 2007). Una sociedad puede caracterizarse por la sensibilización, identificación y expresión
de emociones particulares por lo cual hacemos uso del concepto de orientación emocional
colectiva para entender que el contexto emocional es orientador y parte de la evaluación
hecha por las personas en colectivo sobre un evento importante, en este caso un evento
masivo de muerte.
Esta orientación emocional colectiva se integra tanto por los componentes socializadores
de la emoción, como por elementos de las creencias populares, la psicología, etc.
El concepto nos permite analizar cómo la orientación emocional se articuló con las
creencias y las narrativas producidas, con el repertorio de acciones y soluciones
y con las normas implementadas. Esta orientación ejerció su influencia sobre la población
llevándola a responder de cierta manera ante la pandemia, produciendo cambios en su
organización y formas de pensar, actuar y sentir (Patiño y Barrera 2021).
En medio de la inseguridad/incertidumbre ontológica provocada por el virus, retomar
el concepto de orientación emocional compartida nos permite entender el trabajo emocional
colectivo realizado cotidianamente para manejar las propias emociones, conservar el
grupo y realizar las tareas cotidianas (Poma y Gavante 2015). A ello se sumaron las tareas de asimilación y contención emocional ante las grandes
transformaciones acontecidas.
En ese sentido, la producción de la “nueva normalidad” se definió a partir de la idea
de deber establecerse una nueva forma de organización, la cual contemplara las medidas
de seguridad. En esta, el cuerpo y las emociones aparecieron situados y conectados
en la trama de la vida cotidiana, en donde la defensa de las prácticas llevadas a
cabo (como trabajar, estudiar, hacer una vida “normal”) se relacionaron con las prácticas
para cuidar y cuidarse, sanar, recuperar y reapropiarse del cuerpo, al mismo tiempo
que se tejían nuevas estrategias, tanto cognitivas como emocionales, para lidiar con
el contagio, la muerte, la pérdida y la incertidumbre (Garduño, Gómez y Ramírez 2020).
Analizar esta experiencia colectiva desde una perspectiva encarnada permite explicar
cómo es que las personas establecieron reglas, colectividades, lazos y nuevas prácticas,
permitiéndoles, entre otras cosas, la supervivencia, el desarrollo de habilidades
emocionales y de capacidades orientadas en una acción colectiva, necesaria en el contexto
de la pandemia (Purnell 2021). A partir de la instauración de rituales emergentes, de encuentros virtuales y de
nuevas formas de organizar las emociones identificándolas como comunes, las personas
y los grupos se articularon en comunidades emocionales, las cuales permitieron y reprodujeron
la solidaridad y reciprocidad a corto y mediano plazo, las estrategias de prevención
y cuidado, el manejo de la angustia y el restablecimiento de la seguridad a través
de nuevas prácticas de corte comunitario (Ospina 2023; Del Bono, Otero y Rojas 2021).
Esta orientación emocional colectiva en contextos de angustia o estrés, como lo fue
el experimentado, permite la puesta a disposición de una serie de señales, las cuales
evocan una emoción particular, mismas que circulan por canales de comunicación y en
procesos sociales de manera que pueden generalizarse. Por ejemplo, en los planes implementados
para establecer la “nueva normalidad”, en las noticias y conferencias de prensa encargadas
de dar datos y cifras sobre el avance de la pandemia11 o en el ritual diario del aplauso al personal de salud como reconocimiento a su entrega
y valentía, surgido de manera espontánea en muchos países, incluido México. Este coexistió
con ataques dirigidos a las mismas personas en las vías públicas o en las viviendas
como resultado del miedo al contagio. Ambas prácticas emergieron y dieron cuenta de
emociones compartidas durante la crisis de salud.
Un elemento fundamental distintivo de este evento de salud frente a pandemias anteriores
fue el papel de los medios de comunicación y de las redes sociales a nivel mundial,
los cuales, por su velocidad y extensión coadyuvaron a la expresión de emociones y
afectos facilitando la creación y diseminación inédita de orientaciones emocionales
colectivas. Estas influenciaron prácticas y generaron significaciones nuevas, permitieron
expresar y procesar temores producto de la ruptura de la seguridad ontológica y el
miedo al contagio y a la muerte masiva.
Reflexiones finales
Si bien la pandemia por la COVID-19 no es el primer evento masivo de muerte ligado
a un virus, ni tampoco el que más decesos ha producido, la emergencia del virus en
un mundo altamente globalizado, signado por vías de comunicación tanto físicas como
virtuales produjo una pandemia de alcances mundiales. El SARS-Cov-2 cruzó fronteras
y fue cobrando víctimas a gran velocidad, implicó a instituciones nacionales e internacionales,
obligó a la toma de acciones que afectaron de manera drástica el orden social y la
vida cotidiana a lo largo y ancho del planeta y produjo fuertes experiencias y orientaciones
emocionales globalmente compartidas en tiempo real a través de todo tipo de medios
de comunicación (Botero-Rodríguez et al. 2023)
En este texto, reflexionamos en torno a tres conceptos de las ciencias sociales, los
cuales, en su articulación, permiten un análisis integral de las dimensiones del orden
social con la subjetividad de las personas en el contexto de esta crisis de salud
pública. Pertenecen a un amplio repertorio teórico y metodológico con el cual se ha
reflexionado sobre el fenómeno. Sin duda, este ámbito del conocimiento cuenta con
un gran poder explicativo, el cual puede y debe ser utilizado para pensar situaciones
inéditas como las producidas por la aparición del coronavirus. Consideramos fundamental
profundizar el análisis desde estas perspectivas tanto para dar cuenta de lo acontecido
como para producir insumos para el diseño de agendas y políticas públicas en salud
con las cuales enfrentar posibles pandemias a futuro.
Partimos del argumento de la necesidad de contar con un concepto de pandemia construido
desde esta perspectiva, el cual visibilice las dimensiones sociales y políticas del
mismo; entre las opciones elegimos el de “evento masivo de muerte” porque encara directamente
el fenómeno de la muerte y pone el acento en la pérdida y el duelo sufrido por millones
de seres humanos. La muerte como categoría central articula todos los otros conceptos
al ser la causa de las transformaciones efectuadas a nivel societal, mismas que afectaron
la sensación de predictibilidad del mundo. Consideramos dar cuenta los conceptos de
seguridad e inseguridad/incertidumbre ontológica de la articulación entre las transformaciones
del orden social y la subjetividad de los individuos. Trabajar este engarce ilumina
sobre dichas percepciones como consecuencia de pérdidas materiales y simbólicas reales,
las cuales generan emociones en las personas.
Por último, la noción de orientación emocional da cuenta de cómo estos eventos produjeron
estilos emocionales socialmente compartidos. Ello permite abordar la experiencia emocional
como un fenómeno de la sociabilidad, orientador y evaluador de la conducta, tanto
en el nivel de la experiencia subjetiva como en el nivel de la acción grupal y social.
Sin embargo, estos conceptos solo devienen útiles si hay una recuperación de las especificidades
que arroje una lectura pormenorizada, historizada y concreta de las configuraciones
locales del evento de cada contexto. Consideramos fundamental incorporar las diferencias
situadas entre norte y sur global, así como tomar en cuenta las inequidades sociales
en la distribución desigual de todo tipo de pérdidas, mismas que dan cuenta del valor
diferencial de la vida humana. Es necesario reconstruir los rasgos distintivos del
evento de mortandad en cada lugar específico, cómo estos se comparan con las tendencias
generales y cómo se distribuyen entre los distintos grupos sociales, reconocer cuáles
inseguridades/incertidumbres ontológicas se generaron y cuáles prácticas concretas
se utilizaron para producir certidumbre; por último, pensar las particularidades de
las orientaciones emocionales resultantes de ellas.
Hechas estas consideraciones, solo queda recalcar que las ciencias sociales tienen
mucho por aportar a la comprensión de la pandemia, estos conocimientos deben ser incorporados
a las agendas y políticas públicas en salud con miras a encarar eventos futuros de
manera solvente y con un verdadero respeto a todas las vidas humanas. ID