Introducción
LA EXPRESIÓN educación intercultural tiene una diversidad de significados e interpretaciones, los cuales, en general,
se refieren a procesos de transmisión de conocimientos, valores o tradiciones de personas
en interacción con identidades culturales distintas, dentro de un espacio educativo,
con el objetivo de formar entes aptos para convivir dentro de un arquetipo específico
de sociedad.
Si llevamos a cabo una revisión de las publicaciones de los últimos años, podremos
encontrar aseveraciones de notoria certeza donde, por lo sabidas o evidentes son irrebatibles,
por ejemplo:
Este tipo de afirmaciones forma parte de la retórica oficialista, el discurso político
y el ejercicio académico, tienen cierto valor, pero no aportan al conocimiento de
la multidimensionalidad de educación intercultural.
Como evidencia empírica de esta incongruencia, Sylvia Irene Schmelkes del Valle, socióloga
e investigadora, profesora en la Universidad Iberoamericana, quien ha escrito libros
y artículos, sobre temas de educación, para adultos e intercultural, afirma:
La interculturalidad supone que entre los grupos culturales distintos existen relaciones
basadas en el respeto y desde planos de igualdad. La interculturalidad no admite asimetrías,
es decir, desigualdades entre culturas mediadas por el poder, que benefician a un
grupo cultural por encima de otro u otros. Como aspiración, la interculturalidad forma
parte de un proyecto de nación. (Schmelkes 2005, 5)
De manera contradictoria, Schmelkes fue coordinadora general de Educación Intercultural
y Bilingüe en la Secretaría de Educación Pública, durante la presidencia de Enrique
Peña Nieto, expresidente de México, conocido neoliberalista, y quien ha sido acusado
de encabezar una de las administraciones más corruptas. Además, ocupó el cargo de
presidenta del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación de 2013 a 2017,
periodo en el cual los maestros de los estados más pobres, como Oaxaca y Guerrero,
fueron denostados y perseguidos por oponerse a una reforma educativa que pretendía
privatizar la educación:
Schmelkes sirvió al gobierno de Enrique Peña Nieto y de Aurelio Nuño, siendo un ariete
contra la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), las escuelas
normales rurales y los docentes en general. ‘Nos sumamos a la reprobación de estos
actos vandálicos’, ‘A mí me preocupa muchísimo la postura irreductible (de la CNTE),
porque así el diálogo es imposible por definición. Si no estoy dispuesto a moverme,
pues entonces para qué me siento a una mesa de negociación’, […] quienes han favorecido
la privatización de la educación son los mismos maestros, quienes con sus paros orillan
a los padres a cambiar a sus hijos de escuela’, fueron algunas de les expresiones
que utilizó la primera consejera presidenta del nuevo INEE, contra los profesores
del país. (Barrera 2017)
Por tanto, la expresión educación intercultural no debe utilizarse a la ligera o de manera simple, pues es compleja en virtud de
la existencia de una gran cantidad de significados y significantes de corrientes del
pensamiento, así como de contextos sociopolíticos y culturales. Además, estos son
producto del devenir histórico de la sociedad de la cual se trate; el fenómeno intercultural
no es el mismo en Europa, que en África, o América Latina y el Caribe.
Hablar de complejidad implica la dificultad para explicar algo que no podemos abordar
de manera simple. En ese sentido, no existe un concepto o definición universalmente aceptado, o una fórmula para comprender y explicar lo que es la educación intercultural. Lo que sí es posible afirmar, en principio, es que la educación intercultural es
diferente dependiendo del tiempo y lugar en los cuales surge y coexiste.
En los países industrializados, donde se concentran personas, quienes han emigrado
de sus países de origen por distintos motivos como la pobreza o el desplazamiento
por la guerra, la educación intercultural tiene objetivos enfocados hacia la integración
de personas de diversas culturas: para la convivencia, la capacitación, el trabajo,
así como para la incorporación al sistema productivo y ciudadanización en el país
en el cual radican.
Por ejemplo, en Europa, se habla más de lo múltiple que de lo intercultural, resultante
de procesos de migración al interior de Europa y personas provenientes de África,
China, Medio Oriente, etcétera.
Por tanto, el objetivo del presente artículo es develar los diferentes usos, acepciones
y uso engañoso que se ha dado a la educación intercultural, como dispositivo utilizado
por grupos de poder para mantener regímenes de discriminación, sometimiento y explotación
dentro de un sistema que está diseñado para eso.
El problema de la desigualdad sistémica y la interculturalidad
Para las comunidades que fueron colonizadas por la expansión de países hegemónicos,
la educación intercultural se constituye en un instrumento de lucha para cuestionar la imposición de patrones
culturales y resistir ante la imposición de modelos de organización para la producción,
educativos y de pensamiento, los cuales, durante siglos, han justificado los esquemas
de dominación económica, política, ideológica, moral, educativa, por mencionar algunos
ejemplos.
Para las élites que han subalternizado a los pueblos, la educación intercultural ha sido una estrategia y una postura, la cual asumen para mostrar una aparente apertura
y respeto a la diversidad de los grupos sociales mayoritariamente originarios o de
las comunidades urbanas marginadas y discriminadas por el sistema capitalista. Ha
sido un dispositivo de sujeción adicional, focal y adaptativo. Agamben afirma lo siguiente:
[…] no sería errado definir la fase extrema del desarrollo capitalista que estamos
viviendo como una gigantesca acumulación y proliferación de dispositivos. Es cierto
que hubo dispositivos desde que apareció el homo sapiens, pero parecería que hoy no
hay un solo instante en la vida de los individuos que no esté modelado, contaminado
o controlado por algún dispositivo. (Agamben 2014, 19)
Por lo anterior, no es pertinente hablar de interculturalidad de manera general, sin referir el contexto. El tipo de interculturalidad que vivimos en América Latina y el Caribe no es equiparable a la visión de interculturalidad de otras partes del mundo, pues en esta región se asocia con las comunidades locales
y las etnias, las cuales viven en condiciones de inequidad acompañada de pobreza.
En México, a más de 500 años de invasión por parte de España, seguimos viviendo en
una sociedad elitista, discriminatoria y clasista; se continúa jerarquizando en función
de la condición económica, la pigmentación de piel, el sexo y origen étnico. El comportamiento
social es producto de la colonialidad que hemos heredado, donde la asimilación y de
homogenización surgen a partir de la independencia, reforzadas a través de la Revolución
mexicana y la conformación de un Estado-nación, el cual, a pesar de decirse indigenista,
ha mantenido por más de 100 años a las comunidades originarias sumidas en la pobreza.
En el año 2004, el gobierno de México, a cargo de Vicente Fox Quezada, descubrió que el modelo neoliberal había generado una gran cantidad de pobres, no todos iguales, por la diversidad de
personas en situación de pobreza. Al respecto, creó el Consejo Nacional de Evaluación
de la Política de Desarrollo Social (Coneval), un organismo especializado, encargado
de generar la medición multidimensional de pobreza en México, con un presupuesto promedio
anual de más de 508 millones de pesos, equivalentes a más de 26 millones de dólares
anuales (Figura 1).
Figura 1
Presupuesto del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.

Fuente: Elaboración propia con información de Molina (2019).
El Coneval no ha hecho más que subclasificar a los pobres para aparentar el no ser
estos tantos y ni carecer estos de todo; afirmando que algunos únicamente tienen carencias
de alimentación, servicios de salud, vivienda o servicios básicos, como agua, luz,
etc. Para tal efecto, ha desarrollado instrumentos, metodologías e indicadores de
carencias, hasta la exquisitez, para medir, catalogar y jerarquizar a las personas
en situación de pobreza (Figura 2).
Figura 2
Clasificación de los pobres en México en 2018.

Fuente: Elaboración propia con información del Coneval (2019).
No obstante su limitado enfoque analítico-descriptivo de la pobreza, el Coneval ha
publicado documentos dando cuenta de la miseria de las comunidades originarias de
México, las más pobres entre los pobres. La población indígena en situación de pobreza
es de 69.5%, en contraste con el 39% de la población no indígena encontrada en esta
situación (Figura 3).
Figura 3
Pobreza en deciles de población indígena en 2018.

Fuente: Elaboración propia con información de Molina (2019).
Al igual que en el resto del país, la carencia por acceso a la seguridad social es
lo que más aqueja a la población indígena con el 78.2% en 2018. En las localidades
rurales ascendió a 88.2% en el mismo año. Además, dentro de este grupo marginado y
pauperizado, se reconoce a los jóvenes como el grupo poblacional más victimizado por
el sistema, pues 8 de cada 10 indígenas menores de 18 años se encuentran en situación
de pobreza en el país.
El discurso del indigenismo, la multiculturalidad, interculturalidad, pluriculturalidad,
entre otras cuestiones, han estado presentes en la narrativa oficial en México desde
el siglo XX; de acuerdo con Málaga (2018, 22)la educación intercultural inició con el proyecto de la Educación Indígena Bilingüe Bicultural, mediante un programa del Instituto Indigenista
vigente en un primer periodo entre 1963 y 1989. Un segundo periodo tuvo lugar de 1989
a 2009, con la Educación Intercultural y Bilingüe promovida por la Dirección General de Educación Indígena, la cual convocó a crear
un Sistema Nacional de Promotores Culturales y Profesores Bilingües, quienes capacitarían
a profesores para la alfabetización de los pueblos, ofreciendo un servicio educativo
en lengua materna.
Sin embargo, la Alianza Nacional de Profesionistas Indígenas Bilingües (ANPIBAC) manifestó,
en 1972, su oposición, indicando que “en la política indigenista que se ha desarrollado,
no se ha considerado la participación de los indígenas a quienes directamente afecta
toda acción dirigida a su medio…”.
Antes de la llegada de los españoles, en el continente Americano había grandes grupos
de aborígenes con una avanzada organización política, social, económica y cultural
de acuerdo con la época en la cual vivían, que maravillaron al viejo mundo. Este florecimiento
cultural en México fue interrumpido al producirse la caída de Tenochtitlán en 1521.
A partir de esa fecha, los nativos fueron dominados mediante la fuerza, el crimen
y las vejaciones. El sistema colonialista destruyó los valores y materiales de los
grupos indígenas; se les despojó de su dignidad humana al ser sometidos a otra religión,
a otras costumbres, a otra lengua y a un régimen de producción de carácter esclavista
[…]. (ANPIBAC, citado en Málaga 2018, 110)
Por su parte, Martínez (2015, 108) comenta que en 1983, durante el sexenio de Miguel de la Madrid, se formularon planteamientos
teóricos sobre la educación indígena mediante un nuevo modelo de educación llamado
Educación Indígena; no obstante, por la oposición del sindicato, el proyecto no se puso en marcha. En
el año 1993, en la Ley General de Educación se reconoció la importancia de promover
la educación en lenguas indígenas, pero el programa carecía de un proyecto académico
que sistematizara los aspectos metodológicos y curriculares, es decir, era un compendio
de declaraciones, sin establecer el cómo se llevaría a cabo.
Posteriormente, el Programa Nacional de Educación 2001-2006 (Pronae) recoge estos
planteamientos y señala que en México, por ser un país regional y étnicamente diverso,
la educación debe contribuir a eliminar todo tipo de discriminación, prejuicio y racismo
contra los miembros de culturas diferentes y minoritarias. Así también, establece
que los mexicanos nos debemos reconocer como diversos y valorar que vivir en un país
multicultural nos enriquece como personas y como colectividad.
Fue hasta el año de 1992, cuando la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos
reconoce a este país como país pluricultural, en el artículo 2° se señala tener una
composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas quienes
conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas,
o parte de ellas.
Asimismo, dicho artículo en el apartado B, fracción II, señala que las autoridades
federales, estatales y municipales tienen la obligación de garantizar e incrementar
los niveles de escolaridad, favoreciendo la educación bilingüe e intercultural, la
alfabetización, la conclusión de la educación básica, la capacitación productiva y
la educación media superior y superior; desarrollar programas educativos de contenido
regional, los cuales reconozcan la herencia cultural de sus pueblos, y el conocimiento
de las diversas culturas existentes en la nación.
No obstante el reconocimiento oficial y la narrativa a favor de la interculturalidad,
es incongruente e inconcebible que este enfoque educativo sea posible en un sistema,
el cual, durante siglos, ha empobrecido a las mayorías y siendo de origen elitista,
racista y discriminatorio.
En condiciones de desigualdad e injusticia, como las prevalecientes en muchos países
subalternizados, la educación se debe constituir en un medio para visibilizar las
condiciones de indignidad en las cuales vive la población, pues, en la medida en la
cual tomen conciencia de la situación podrán asumir la responsabilidad de promover
cambios como integrantes de un grupo social. En palabras de Marx (2008): “Se debe hacer más oprimente la opresión real añadiéndole la conciencia de la opresión;
se trata de volver aún más sensible la afrenta, haciéndola pública... Es preciso enseñar
al pueblo a asustarse de sí mismo, para darle coraje.”.
Por tanto, ante las condiciones del contexto, las preguntas para edificar un sistema
de educación intercultural son: ¿cómo se ha educado?, ¿por qué ha sido de esa manera?,
¿en qué contexto y para beneficio de quién?, ¿quiénes somos y por qué vivimos en estas
condiciones?, ¿cómo se debería educar?, ¿para qué educar?
Para dar respuesta a esas preguntas, debemos remitirnos a los modos de producción,
los cuales han implementado modelos educativos a lo largo de la historia, para comprender
los principios sociales, económicos y culturales orientadores del desarrollo y dadores
de sentido a los sistemas de educación, así como de los resultados, tanto para los
grupos de poder que los promueven, como para la población a la cual se imponen con
intencionalidad subyacente.
La educación y los sistemas económicos, políticos y sociales
Para dilucidar la educación intercultural, en primera instancia se debe abordar el
tema de la educación. Partir de preguntas fundamentales como: ¿por qué educar?, ¿cómo
educar?, y, ¿para quién educar?
La educación tiene que ver con formar personas funcionales, es decir, que desempeñen
una función dentro de un sistema multidimensional, en los ámbitos económico, político
y social, como trabajadores, obreros, campesinos, empresarios, comerciantes; como
integrantes de una comunidad; familias constituidas por padres, madres, hijas e hijos,
etcétera. Un sistema multifuncional, multidimensional, pero, finalmente, bajo un régimen
determinado, existente, el cual en la mayoría de los casos actualmente es capitalista.
Es una constante creación y recreación de las personas que educan y los educandos,
dentro de un proceso de transferencia de conocimientos considerados útiles para las
personas y el medio en el cual van a vivir, esto es, dentro de un sistema. En ese
sentido, la educación es conservadora toda vez que trata de reproducir modelos congruentes
con las necesidades del sistema y preservar normas, valores y principios, los cuales
rigen la sociedad, las familias y las relaciones personales en las comunidades.
Considerando que los sistemas son teleológicos, diseñados por quienes tienen el poder
de hacerlo, por las personas quienes toman las decisiones de gobierno; así como por
los grupos de interés y fácticos tratando de conservar sus intereses y privilegios,
dentro de un régimen el cual les ha sido conveniente por generaciones; tratan de perpetuarlo,
evolucionarlo y adaptarlo, manteniendo las mismas relaciones de producción imperantes
en una sociedad definida, en un tiempo y lugar específicos.
En ese sentido, podemos afirmar que el tipo de educación está intrínsecamente relacionado
con el régimen gubernamental que lo implanta; no se puede concebir un modelo educativo
ajeno a las necesidades, demandas e intereses de los poderes prevalecientes en una
sociedad, y dando respuesta a las preguntas fundamentales de este artículo: ¿por qué
educar?, ¿cómo educar?, y, ¿para quién educar?
Asimismo, la educación tiene raíces y a lo largo de la historia ha evolucionado de
acuerdo con factores económicos, sociales o culturales de las diversas sociedades;
hechos que de manera condicionante, fortuita, incidental o intencional han influido
o determinado los modelos educativos de países, regiones y comunidades.
Para ejemplificar esta afirmación, a continuación referiré, de manera general, los
principales sistemas económicos, políticos y sociales, los cuales se han identificado
históricamente: feudalista, capitalista o socialista, así como los tipos de educación
impuestos para beneficio de las clases sociales o grupos dominantes.
La raíz totalitaria y dogmática de la educación en el feudalismo
El conocimiento de las culturas occidentales deviene de sistemas sociales absolutistas
de la Edad Media en donde la educación tenía como objetivo final justificar el origen
divino de los señores feudales y mantener sometidos a los vasallos o siervos. En los
monasterios, se transmitía a los monjes “la verdad revelada de Dios” materializada
en la Biblia, y tenían la encomienda de adoctrinar a la población con esos dogmas.
Bajo este orden, los miembros de la iglesia impusieron, a través de este tipo de educación,
los dogmas y el orden del mundo en donde justificaban las relaciones de producción,
y las personas eran consideradas por naturaleza pecadoras, al servicio de Dios y en consecuencia del rey.
Para San Agustín, Dios es la autoridad suprema del universo, toda su filosofía parte
de la verdad revelada, y para alcanzar dicha verdad se necesita la fe Tolle lege; según él, solo teniendo fe en las escrituras se puede llegar a tener un conocimiento
racional. La fe y la razón están íntimamente unidas bajo el eslogan: “comprender para
creer, creer para comprender”, esta frase en la Edad Media, San Anselmo la especificó
en fides quaerens intellectum, la fe busca comprenderse (Picado 2002, 24).
El capitalismo y la formación de individuos “libres” para competir en el mercado
Con el ascenso de la burguesía al poder, entre los siglos XVI y XVIII, ya como clase
dominante y sobre todo con el acaecimiento de la industrialización, devino la necesidad
de transformar el sistema económico, político, legal y educativo; con modelos educativos
los cuales otorgasen mayor relevancia a los negocios o al comercio, se forman individuos
que por naturaleza se consideran libres para vender su fuerza de trabajo, para competir en el mercado
y contribuir al desarrollo económico del sistema capitalista.
John Locke (1632-1704) sostenía que los seres humanos por naturaleza nacemos libres e iguales, afirma ser esta una ley natural que no se debe transgredir,
preservar la vida, la libertad y la propiedad privada; sus concepciones sobre la sociedad
civil y la forma de organizar las naciones a partir de la libertad y de la tolerancia
inspiraron la revolución francesa y la independencia de Estados Unidos. Sin embargo,
estimaba peligroso entregarle el monopolio de la educación a un ente omnipotente,
representado por un grupo de personas con intereses, los cuales podrían educar con
ciertas narrativas.
Por otra parte, John Dewey, pedagogo, psicólogo y filósofo estadounidense, considerado
uno de los fundadores de la pedagogía progresista en Estados Unidos, argumentaba a
favor de la práctica social y criticaba el pragmatismo del sistema capitalista, la
educación para la reproducción en serie, en las escuelas y en las fábricas.
Dewey vivió el acelerado proceso de industrialización y de crecimiento que experimentó
Estados Unidos hacia finales del siglo XIX y del primer tercio del XX. Desaprobó la
implementación del sistema educativo de ese tiempo debido a estimar que las escuelas
estadounidenses estaban fracasando en la tarea de educar para una sociedad más justa.
Criticó el hecho de utilizar métodos promotores del “individualismo”, que todos los
estudiantes de una clase leyesen los mismos libros al mismo tiempo y recitasen las
mismas lecciones; consideró que en esas condiciones los impulsos sociales del niño
se atrofian y el maestro no puede aprovechar el deseo innato del niño de “dar, hacer,
es decir, servir” (Dewey 1897, 15).
Aseveró que bajo ese modelo se instruye a los estudiantes para aprender lecciones
fijas para ser recitadas a un maestro; los alumnos toman apuntes para después presentar
exámenes, medir su memoria y compararse con otros; observar si han superado a los
demás, buscando ser el primero en su clase y presentar un diez a sus padres y maestros.
Además, afirmó que la educación entrena a los estudiantes para unirse a una sociedad
injusta y antidemocrática, además de sufrir control corporativo, donde el espíritu
comunitario es sustituido por “motivaciones y normas fuertemente individualistas”:
miedo, emulación, rivalidad, juicios de superioridad e inferioridad. Como resultado,
“los más débiles pierden el sentido de sus capacidades y aceptan una posición de inferioridad
persistente y duradera”.
De acuerdo con su propuesta educativa, Dewey quiere conectar la escuela con la vida
social externa, indicando no poderse separar la escuela y la sociedad; además, criticó
que la escuela no está diseñada pensando en la reproducción social. Acusó a las grandes
empresas de poder influir fácilmente en los programas gubernamentales y en la sociedad,
diciendo que “Mientras la política siga siendo la sombra que proyectan las grandes
empresas sobre la sociedad, atenuar esa sombra no cambiará la esencia” (Dewey 1985, 16).
Estaba convencido de que el auténtico bienestar social no tendrá éxito si las oligarquías
tratan de monopolizar los beneficios del sistema educativo a favor de unos pocos privilegiados
y que los trabajadores no tienen ni idea de los objetivos sociales de sus actividades,
que no trabajan libre o inteligentemente, sino por el salario.
Bajo este sistema, los grupos de poder empresariales, políticos y culturales imponen
un modelo que no solo busca conformar individuos socialmente aceptables y útiles,
sino también evitar brotes de desviaciones dañinas, reproducir individuos conforme
a la colectividad, mantener el orden social y las condiciones que prevalecen en la
sociedad. En la Figura 4, se puede apreciar una esquematización del sistema educativo como dispositivo de
reproducción ciudadana.
Figura 4
El sistema educativo como dispositivo de reproducción ciudadana.

Fuente: Elaboración propia.
Su modelo educativo discrimina y separa a educandos en clases distintas, los de la
educación privada y los de la educación pública. Muchos niños, niñas y jóvenes, independientemente
de sus necesidades y capacidades, no tienen acceso a la educación superior, quedando
limitados a la instrucción elemental y en el mejor de los casos a roles como capataces,
coordinadores o supervisores en los procesos productivos.
La imposición de la educación socialista
Vladimir Il’ich Lenin, con el respaldo de pedagogos socialistas, impulsó la creación
de la escuela del trabajo única, la cual combinaba enseñanza y trabajo productivo.
Su objetivo era garantizar la igualdad de todas las clases sociales en una escuela
mixta y laica, en donde la educación primaria y secundaria quedaban unificadas, utilizando
métodos activos de enseñanza para la producción industrial.
Con ese antecedente, en los países socialistas bajo el control de la Unión Soviética,
se promovieron modelos educativos con ideología política que da preeminencia a la
“dictadura del proletariado” y a establecer un “Estado obrero”. Consideraban que la naturaleza humana es de seres sociales, por tanto, instauran una educación única, obligatoria, gratuita, emancipadora, científica
y racionalista. Además, evitan la existencia de una educación privada, y si la hay
es bajo la supervisión del Estado o del partido en el poder, quienes definen los procesos
educativos. Privilegiar el sentido colectivo sobre los logros individuales, llevó
a grandes problemas, los cuales se hicieron patentes en los países socialistas, por
implantar rígidos modelos de sujeción social en los ámbitos económico, político, cultural,
educativo, entre otros.
La educación por encima del nivel primario está sometida a la planificación central,
lo cual es un resultado de: a) una economía planificada, que constituye un principio
obligatorio fundamental en un país socialista; b) una política social que se propone
ampliar el acceso a todos los niveles de la educación en la medida de lo posible y
que garantiza a todos los ciudadanos el derecho fundamental a ser empleado de acuerdo
con sus capacidades. (Kluczyñski 1980, 218)
Aunque la educación impartida en los estados socialistas se jacta de ser laica y estar
al margen de toda doctrina religiosa, combatiendo el fanatismo y los prejuicios, para
crear conciencia social y una concepción científica del universo, en la práctica se
caracterizó por su carácter dogmático, ideológico e impositivo.
Esto evidenció problemas y contradicciones en las escuelas socialistas, donde privaba
el rigor y el orden, se renunciaba a la individualidad en favor de la colectividad,
bajo un esquema creado por Antón Semiónovich Makárenko, conocido como modelo pedagógico
de la lucha, en el cual imperaban los procedimientos militaristas.
Bajo la consigna “estamos obligados a educar al ciudadano que nuestra sociedad necesita”,
Makárenko estaba convencido de que la educación de la clase trabajadora, basada en
forjar su carácter, conducta y personalidad, era fundamental para crear una nueva
sociedad (Hernández y Valdivia 1985). Fue un pedagogo en cierta medida incompatible con la teoría marxista, más cercano
al autoritarismo stalinista.
Los pilares de los modelos educativos autoritarios
Están sustentados en narrativas y pilares teóricos como el universalismo y el esencialismo,
la naturaleza humana y la normalización de las personas y su pensamiento, erigidos
en los fundamentos de la imposición de los modelos educativos convenientes para los
regímenes políticos o modos de producción económico-sociales; por cientos de años
estos han sido utilizados para enajenar y justificar la manipulación del pensamiento
a favor de los grupos de poder impuestos por la cultura, la educación, el sistema
político y económico; en nombre de Dios, de la modernidad, del desarrollo, del mercado,
de la globalización, por mencionar algunos.
El universalismo y el esencialismo, como fundamentalismos ideológicos
Como se aprecia en los apartados anteriores, bajo los modos de producción feudalista,
capitalista y socialista, los modelos educativos se han organizado conforme a las
necesidades de estos regímenes, aduciendo universalidades o esencialismos sobre la
naturaleza humana: “para servir a Dios”, como “hombres libres” o como “seres sociales”;
es decir, se parte de esta acepción en el proceso educativo, como premisa para evaluar
o discriminar la condición humana.
Las llamadas universalidades, en realidad, son constructos que responden a un tiempo y a un modo de organización
de la sociedad, en donde existen grupos hegemónicos construyendo realidades normalizadas;
como la feudalista, capitalista o socialista; para imponer esquemas de dominación
sustentados en esencialismos o generalidades descartando, de manera muy conveniente,
para sus intereses, la complejidad, diversidad y multidimensionalidad de los grupos
sociales y humanos.
Por otra parte, el esencialismo es la creencia de que los objetos en el mundo, tanto
naturales como sociales, tienen propiedades innatas, las cuales sirven para definir
lo que son. Este esencialismo es absolutista porque es reductivo y determinista, es
una ceguera parcial utilizada por los defensores a ultranza de determinados valores
y creencias esenciales, por ejemplo, la razón, la libertad, la democracia, la justicia,
el trabajo, lo bueno, lo malo, etcétera. Con base en estos preceptos distinguen, discriminan,
segregan e imponen medidas autoritarias.
Los esencialistas afirman conocer las características de las personas y no permiten
observar otras cualidades humanas más complejas adquiridas en su devenir histórico,
cultural o de su entorno. Este es el caso de las teorías del desarrollo y subdesarrollo,
las cuales sustentan sus conjeturas en esencialismos racistas, geográficos o historicistas,
haciendo generalizaciones como la creencia de que las personas del norte son activas
y las del sur pasivas, en oriente creativas, o que las de piel blanca son buenas y
las de piel oscura malas, entre muchas más sandeces sostenidas por arquetipos reduccionistas
y discriminatorios.
Por ejemplo, a lo largo de la historia, se ha difundido ampliamente la narrativa de
ser los mexicanos flojos, corruptos, ladrones y ladinos, en especial en los segmentos
sociales más pobres, a quienes, bajo esa concepción, se les trata, educa, emplea y
explota, como fuerza de trabajo en el sistema productivo.
Esta falacia es evidente con la contribución de los migrantes mexicanos al producto
interno bruto (PIB) de Estados Unidos, así como a la dinamización del mercado a las
aportaciones al fisco norteamericano; recientemente, la secretaria de Relaciones Exteriores,
Alicia Bárcena, dio a conocer la aportación de los migrantes:
Las aportaciones que más de 37 millones de migrantes mexicanos realizan a la economía
de Estados Unidos no son reconocidas, aun cuando contribuyen con 324 mil millones
de dólares anuales en impuestos a esa nación, afirmó la canciller Alicia Bárcena.
Agregó que esa cifra es superior al PIB de Colombia, que alcanza 314 mil millones
de dólares […].
Refirió que hay 37.3 millones de mexicanos viviendo allí, concentrados sobre todo
en dos estados: 36 por ciento en California y 22 por ciento en Texas; del total, 26.7
millones son de segunda y tercera generación y 10.6 millones nacidos en México; de
estos, la mitad, 5.3 millones, son indocumentados. (Olivares y Urrutia 2024, 9)
La narrativa de la naturaleza humana a educar
Se ha buscado definir la naturaleza humana, sin embargo, es un término controvertido porque esta concepción se ha utilizado
a lo largo de la historia para justificar formas de gobierno, prácticas de sometimiento
social, modelos educativos y condiciones de vida y convivencia.
Para Thomas Hobbes, los seres humanos son malos por naturaleza, de modo que, para
poder vivir en sociedad sin caer en la anarquía y la guerra, se necesita un poder
absoluto representado por un Estado fuerte y autoritario, el cual controle el impulso
agresivo que surge de la motivación egoísta de los seres humanos:
[…] del mismo modo que un niño tiene necesidad de un tutor o protector, que defienda
su persona y su autoridad, así también (en los grandes Estados) la asamblea soberana,
en todos los grandes peligros y perturbaciones, tiene necesidad de custodes libertatis; es decir, de dictadores o protectores de su autoridad, que vienen a ser como monarcas
temporales a quienes por un tiempo se les confiere el total ejercicio de su poder
[…]. (Hobbes 1651, 156)
De esta manera, se sostiene la postura en la cual se afirma que las personas deben
renunciar a su libertad política y subordinarse al poder del Estado de forma voluntaria
mediante un pacto social permitiendo la aparición de un ente, monstruo, Leviatán, el cual facultaría someter
a un poder común o autoridad, la naturaleza humana codiciosa y ambiciosa.
Por su parte, John Locke también observó la naturaleza humana como una tabula rasa, una pizarra en blanco esperando ser inscrita por la tinta de la experiencia y la observación.
Esta idea la concibe como fundamental para entender cómo nos aproximamos al mundo,
percibimos a los demás y construimos nuestra comprensión del mismo. Por ejemplo, prejuicios
y creencias pueden entenderse como un proceso empírico, en el cual nuestra mente es
receptiva a la información que nos rodea.
Jean-Jacques Rousseau, en su Segundo discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres, afirmó que el
hombre es bueno por naturaleza, pero se hace malo por culpa de las normas sociales.
[…] lo que hace al hombre esencialmente bueno es tener pocas necesidades y compararse
poco con los demás, y lo que le convierte en malo es tener muchas necesidades y someterse
mucho a la opinión […]. Que sepa que el hombre es naturalmente bueno, que lo sienta
y juzgue de su prójimo por sí mismo pero que vea cómo la sociedad deprava y pervierte
a los hombres, que encuentre en los prejuicios de ellos la causa de todos sus vicios
que tienda a estimar a cada individuo, pero que desprecie a la muchedumbre; que vea
que todos llevan casi la misma máscara, pero que sepa que hay rostros más bellos que
la máscara que los cubre. (Rousseau 1762, 149 y 168)
Afirma que los humanos son libres por naturaleza, desde su nacimiento y que ningún hombre puede tener más derechos que otros, tampoco
derecho sobre otro; por tanto, todas las personas son igualmente libres e iguales
en derechos. Concluye que la bondad es propia de la naturaleza del hombre y que su corrupción se debe atribuir a la sociedad y su remedio en el retorno a la
vida natural será desde entonces la motivación principal que inspirará todas sus obras.
Para Karl Marx, las personas por naturaleza son seres sociales, quienes en contacto
con la vida y en el proceso de producción de bienes materiales y las relaciones con
la sociedad adquieren la conciencia. Sostiene que “El modo de producción de la vida
material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general.
No es la conciencia del hombre la determinante de su ser sino, por el contrario, el
ser social es lo que determina su conciencia” (Marx 1859, 5).
Además, ante la necesidad de producir los medios para su subsistencia, entabla una
relación con la realidad a la cual transforma a través del trabajo, pero no como actividad
individual, aislada, sino como una actividad colectiva con otros seres humanos en
la cual se establecen relaciones sociales de producción. Por tanto, considera que
“el trabajo es la condición natural de la existencia humana, la condición, independiente de todas las formas sociales, del proceso metabólico
entre el hombre y la naturaleza…” (Marx 1859, 19).
La normalización del pensamiento a través de la educación
El concepto de normalización fue planteado por Michel Foucault, al referirse a la
forma en la cual el poder controla el pensamiento, la personalidad y el comportamiento
de las personas. “El poder se incardina en el interior de los hombres, realiza una
vigilancia y una transformación permanente, actúa aún antes de nacer y después de
la muerte, controla la voluntad y el pensamiento en un proceso intenso y extenso de
normalización en el cual los individuos son numerados y controlados” (Díaz 2006, 109).
En este proceso de adoctrinamiento también participan élites intelectuales, medios
de comunicación, cine, radio, televisión y, actualmente, las redes sociales, las cuales
participan en la implantación de los valores del sistema para reproducir la ideología
dominante. Si alguien se siente dueño de la verdad, intérprete y conocedor de lo que
le conviene a las sociedades, se adjudica la facultad de restringir derechos y libertades,
asumiendo una superioridad, la cual le autoriza juzgar, calificar, descalificar y
construir una realidad para reforzar esa narrativa.
Las sociedades centradas en imponer modelos educativos en nombre de la nación, de la democracia o del pueblo, independientemente de la bandera política, tienden a construir las narrativas que
les son convenientes. De igual manera, con los medios, las élites, de izquierda o
de derecha, promueven versiones maniqueas de la realidad y justifican el orden establecido.
El grupo en el poder determinando qué es lo bueno y qué es lo malo tiene un poder
enorme para implantar la narrativa, y un sistema educativo único y centralizado, consistente
con los objetivos de los grupos de poder y de las élites u oligopolios locales o trasnacionales.
Los sistemas capitalistas en su dimensión económica y productiva están diseñados para
la obtención de utilidades, para la explotación de la fuerza de trabajo y de los recursos
naturales. Para tal propósito, clasifican, discriminan, excluyen y someten a los subalternos.
En general, los sistemas sociales y económicos, en todas sus variedades, cada uno
con sus circunstancias, propiedades y singularidades, cuentan con sistemas educativos
consistentes con la ideología del poder y las necesidades del sistema económico y
político.
Dentro de este sistema, las instituciones educativas, como dispositivos, operan como factor de producción. La educación forma lo que el régimen denomina
capital humano, con el cual las empresas y organizaciones gubernamentales llevarán a cabo sus procesos
de producción de bienes y servicios.
Agamben afirma:
[…] llamará literalmente dispositivo a cualquier cosa que tenga de algún modo la capacidad de capturar, orientar, determinar,
interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones
y los discursos de los seres vivientes no solamente; por lo tanto, las prisiones,
los manicomios, el panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas,
las medidas jurídicas, etcétera. (Agamben 2014, 18)
Bajo esa perspectiva, dispositivo se considera como un componente o grupo de elementos organizados para realizar una
función determinada y, generalmente, forman parte de un conjunto más complejo. En
ese sentido, la educación es un dispositivo el cual, en forma sistémica, forma parte
de otros dispositivos que penetran y son constitutivos de la sociedad, de las familias,
la vida de las personas y contribuyen a la configuración de mentes y conductas de personas quienes, también con carácter
de dispositivos, actúan dentro de un régimen.
La educación del colonialismo y la colonialidad
Cristóbal Colón descubrió América y con ello impulsó el desarrollo del capitalismo, lo cual le permitió a distintos
países de Europa, principalmente a España, Francia, Reino Unido, Portugal y Holanda
expandirse y colonizar los territorios de los pueblos sometidos: utilizar mano de
obra esclava indígena para obtener utilidades; apropiarse de la tierra para distribuirla
entre sus terratenientes; localizar las minas de oro y de plata; imponer el fundamentalismo
religioso y destruir las cosmovisiones de los pueblos originarios. En resumen, construir
un nuevo orden para maximizar el beneficio económico, trasladar la riqueza y financiar
el desarrollo industrial de las potencias de Europa.
Con dicha expansión colonial, para justificar la superioridad de los invasores, crearon
todo un marco categorial para clasificar a las personas. En principio, cuestionaron
si las comunidades originarias “descubiertas” en el “nuevo mundo” eran seres humanos
o no; para, a partir de su condición de “salvajes”, reclamar una supuesta superioridad
de razas; por medio de la violencia, se atribuyeron el derecho de imponer a los pueblos
invadidos: formas de gobierno, educación, cultura y una supuesta religión a la cual
llamaron verdadera.
A las comunidades originarias de territorios invadidos les denominaron indios; a quienes
provenían de África, les llamaron negros; ellos mismos se autodenominaron “blancos”.
Se les caracterizó en principio por la religión, si tenían alma o no y si eran humanos
o animales; posteriormente, se estratificó mediante el color de la piel o por categorías
sociales. Estas jerarquizaciones fueron eminentemente coloniales, las cuales tuvieron
como objetivo primordial diferenciar, discriminar, segregar, justificar la esclavitud,
la explotación, el saqueo y la dominación.
Si bien, el colonialismo es un proceso relacionado con la ocupación militar, la violencia
y el control territorial, económico, jurídico y político de los pueblos colonizados
por parte de una fuerza expansionista extranjera; la colonialidad, en cambio, hace
referencia a la lógica cultural de dominación colonial y a los dispositivos de transmisión de patrones de sometimiento social, los cuales continúan operando
hasta nuestros días, pese a ya no reconocerse abiertamente el colonialismo.
Hasta la fecha, las narrativas de la religión, la civilización, el liberalismo, el
desarrollo, la modernidad y ahora el neoliberalismo han sido grandes pretextos para
el saqueo, el dominio, sometimiento y empobrecimiento de las culturas locales para
persuadirlas de la superioridad de las culturas occidentales. La colonialidad del
poder y los Estados, coludidos con las oligarquías locales, desarrollaron una estructura
política, social, cultural y educativa para reproducir y legitimar, bajo nuevos dispositivos,
las bases coloniales sustentadas por la formación del orden capitalista.
En la primera parte del siglo XX, en la mayoría de los países de América Latina prevalecía
la economía campesina y de las familias, así como descendientes de comunidades originarias,
las cuales, generalmente precarizadas, producían para su autoconsumo. Muchos de sus
integrantes tuvieron que emigrar a las grandes ciudades en busca de oportunidades
ante el desarrollo industrial y la conformación del mercado interno, propiciando el
crecimiento de los centros urbanos, pero sobre todo de las zonas periféricas y marginadas.
El sistema educativo se dispuso para atender las necesidades de esa etapa del desarrollo;
para formar mano de obra no calificada, se alfabetizó a la gran mayoría de la población
y se promovió la educación primaria y secundaria; para las actividades técnicas se
crearon escuelas e institutos politécnicos; se fundaron las grandes universidades
para formar abogados, ingenieros, administradores, químicos, entre otros, quienes
apoyarían al sistema productivo, para operar tecnología producida en el extranjero
y operar las empresas locales.
Mediante un modelo educativo de estandarización, repetición y disciplina, se entrenó
a las personas para ser aptas, disciplinadas e incorporarse a un sistema de producción
en serie, en el cual no había muchas opciones, generalmente siendo ocupados como peones,
ayudantes, obreros y, cuando mucho, para servir de subalternos como capataces, supervisores
o administradores; en un entorno de control político, el cual impedía distintas formas
de expresión social y del ejercicio de las libertades humanas, individuales y sociales.
Para formar entes funcionales se promovió la “normalidad como modelo”, el “modelo
de familia”, el “modelo de trabajador disciplinado”, la concepción del “padre o madre
ejemplar”, de “niño aplicado”, etcétera; bajo esquemas conductistas o cognitivos, a fuerza de disciplina, de hacer y repetir lo que pide la autoridad, de premio y
castigo, se encauzó inhibir las conductas indeseables como hablar, criticar, organizar,
moverse, discutir, por mencionar algunas.
En las últimas décadas del siglo XX, con el auge del proceso de industrialización,
la apertura de mercados, la globalización y la migración de personas; principalmente
en los países pobres, los modelos educativos, invariablemente y en forma congruente
con las necesidades productivas y de los mercados nacionales e internacionales neoliberales,
formaron personas bajo los estándares requeridos por los gobiernos, las empresas,
las industrias y países.
Independientemente del tipo de gobierno, de derecha, progresista o de izquierda, continúa
prevaleciendo la visión homogénea, nacionalista, normalizadora y asimilacionista que
durante más de 200 años se ha impuesto en América Latina y el Caribe, y mediante la
cual se ha sustentado la colonialidad del saber, del poder y del ser. El norteamericanismo
y el eurocentrismo; sustentados en el racismo, la misoginia, la discriminación y la
exclusión de personas o comunidades de distintos núcleos sociales.
Educación para un sistema socioeconómico alternativo, intercultural e incluyente
En la actualidad, cada vez más se hacen patentes dos narrativas distintas, radicales
y opuestas, las cuales, difícilmente pueden coexistir y, más aún, imponer se para
implantar un sistema educativo único y centralizado, de derecha o de izquierda, pues
en cualquiera de los extremos se utiliza como una herramienta de adoctrinamiento,
para “normalizar a la población” en función de los objetivos de los grupos de poder
en turno.
Si bien existen muchas similitudes y patrones evolutivos identificándonos, en América
Latina y el Caribe vivimos en sociedades multiculturales, multirreligiosas, multiétnicas,
complejas. ¿Cómo transformar el sistema educativo, en un ámbito de igualdad de derechos,
el cual respete la diversidad cultural, dentro de un sistema justo y equitativo para
distintos grupos sociales?
Las sociedades como las latinoamericanas, de complejidad creciente, debemos diseñar
sistemas educativos atendiendo las visiones e intereses de mayorías y minorías; imponer
nuevas verdades desde un extremo no contribuye a lograr un consenso social que atienda
la diversidad, la multiculturalidad y la pluralidad del pensamiento sobre: ¿qué son
las personas, qué es la verdad, qué es la justicia y cómo ejercer el orden social
para convivir en una sociedad incluyente más armónica, que les permita a las comunidades
y personas transformarse y reconstruirse bajo principios mucho más libres?
Será necesario reflexionar sobre el modelo educativo más adecuado para el interés
social, dudar de todos aquellos conceptos que dimos por sentado y repensar; adquirir
conciencia de que el sistema educativo actual no responde a la sociedad que deseamos
para nuestro futuro, puesto que sus raíces tienen origen en sistemas autoritarios
y colonialistas, los cuales sometieron durante cientos de años a las comunidades con
base en la violencia, dogmas, narrativas, artificios, dispositivos de control mediáticos
o de gobierno.
Es fundamental aceptar la imposibilidad de hacer realidad la educación intercultural
en un entorno complejo, en el cual su estructura y componentes corresponden a un régimen
de explotación, racista y discriminatorio, materializándose en la realidad cotidiana
en violencia, pobreza y carencias en las comunidades de: empleo, alimentación, vestido,
servicios básicos salud, luz, agua, comunicaciones, por enumerar algunos ejemplos.
Por tanto, es indispensable cambiar el sistema, desde arriba, desde abajo, desde en
medio, pero sobre todo desde dentro, desde las familias, desde las personas, sus conciencias
y sus actos en la vida cotidiana. Para tal propósito, las escuelas son un factor fundamental
de transformación hacia un sistema social y escolar alternativo, intercultural e incluyente,
con el objetivo de forjar desde la niñez el futuro de las nuevas generaciones, promover
el pensamiento situado y comunitario de bienestar común. Partir de lo utópico, de
los principios fundamentales que deben regir una sociedad ideal, con una configuración
sistémica cuyo resultado sea un régimen de convivencia, de respeto a la diversidad
y reconfigurar el actual sistema de colonialidad, el cual continúa siendo de explotación
y saqueo de las riquezas de los países sometidos.
Edificar en contra de los poderes políticos, oligárquicos y de poderes fácticos, los
cuales protegen intereses de élites nacionales e internacionales; controlando los
medios de comunicación, la delincuencia organizada, como un dispositivo más de sometimiento
de la población a través del miedo y la violencia.
Un esquema del sistema educativo (Figura 5), sencillo pero muy útil, servirá para ejemplificar la configuración del sistema
regente y de necesaria transformación:
Figura 5
Esquema de un sistema educativo.

Fuente: Elaboración propia.
Bajo un esquema mecanicista causal multivariable, para cambiar las salidas o resultados
de un sistema es necesario modificar las entradas, las cuales son los recursos materiales,
humanos, financieros, tecnológicos y de información obtenidos del entorno para el
funcionamiento del sistema.
Sin embargo, una escuela, como organismo, debe sobrevivir en un contexto más complejo:
con escasez de recursos materiales, financieros, didácticos, tecnológicos y malas
remuneraciones al personal docente. Además, las comunidades sufren de problemas de
empleo, inseguridad, violencia, corrupción, carencia de servicios básicos, pobreza,
entre muchos otros, haciendo más difíciles los procesos de enseñanza aprendizaje y,
en consecuencia, haciendo los resultados distintos a los esperados.
En un contexto favorable, sería de esperar que el perfil del personal docente reprodujese
de manera mecánica los contenidos proporcionados por el Estado. Sin embargo, no es
así, en muchas ocasiones los modelos educativos no permean todo el sistema, pues no
son aplicables a todos los segmentos sociales ni a todas las comunidades ni personas,
en virtud de existir una gran cantidad de maestras y maestros, quienes han adquirido
una conciencia de resistencia contrahegemónica, y no están de acuerdo en impartir
de manera acrítica los contenidos oficiales para perpetuar valores y patrones de vida
que dan sostenibilidad al sistema.
Existen muchos ejemplos en América Latina de docentes cuestionando la legitimidad
de la visión del mundo eurocéntrico, quienes se organizan, se oponen y resisten ante
la opresión cultural. En su aula, asumen la responsabilidad de mantener la cosmovisión
de los pueblos originarios y mantener vivas sus lenguas y tradiciones.
Por ese motivo, los maestros y maestras al frente de las aulas, en los hechos, en
la práctica cotidiana, adaptan los procesos y los contenidos para hacerlos asequibles
a las características socioculturales, intereses, necesidades y demandas de su medio.
Ahí estriba la importancia de la interculturalidad crítica convirtiendo la escuela
en un espacio de transformación, el cual cuestiona el sometimiento cultural, la desigualdad,
el racismo y el elitismo del sistema. En ese ámbito, la práctica docente es fundamental
para convocar a los estudiantes a la reflexión, para revalorar los conocimientos de
sus localidades, rurales o urbanas, y proponer modelos de convivencia alternativos
dentro de un sistema materialista el cual antepone los valores del mercado, la utilidad
y el beneficio individual por encima del bienestar colectivo.
Desde ese punto de vista, la educación intercultural debe posibilitar a la población
el cuestionar las condiciones de su propia existencia, fomentar el desarrollo de la
conciencia crítica, a la luz de los derechos sociales e individuales, y promover el
bienestar de su comunidad y de su familia, así como el ejercicio de sus posibilidades
y el desarrollo de sus potencialidades.
Por último, es importante destacar que en el régimen capitalista concebimos el pensamiento
como una totalidad homogénea, en la cual se ha sustentado el desarrollo del conocimiento
occidental, sin embargo, existe y ha existido contrahegemonía.
Étienne de La Boétie (1530-1563) es considerado por muchos como un precursor intelectual
de la desobediencia civil, en virtud de negar la autoridad de los tiranos y afirmar
que los opresores solo pueden ejercer su dominio si los oprimidos así lo desean. En
1548, con tan solo 18 años, escribió el Discours de la servitude volontaire ou le contr’un (Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el contra uno). Estos escritos fueron
desaparecidos, invisibilizados, hasta ser publicados por su amigo Michel de Montaigne
en 1572; no sin antes haber sido incluidos en el índice de Libros prohibidos por la Inquisición al ser considerados heréticos.
Étienne, en sus escritos, se preguntaba cómo era posible que miles o incluso millones
de personas eligiesen servir voluntariamente a una sola persona, a pesar de tener
esta intereses contrapuestos a los suyos. Cuestionó la legitimidad de cualquier autoridad
sobre un pueblo, analizó las razones de la sumisión y explicó que si los hombres sirven,
es porque son criados como siervos:
Y todo este desastre, toda esta desgracia y ruina no proviene de vuestros enemigos,
sino de un solo enemigo, aquel a quien vosotros habéis elevado a la grandeza, por
el cual acudís valientemente a la guerra, y por la gloria del cual no dudáis en poner
en peligro vuestras vidas. Sin embargo, el que tanto os domina no tiene más que dos
ojos, dos manos y un cuerpo, todo lo que tiene hasta el último de los hombres que
habitan el infinito número de nuestras ciudades, además de las ventajas que le proporcionáis
para destruiros. ¿De dónde hubiera sacado tantos ojos para espiaros si no se los hubierais
dado vosotros? ¿De qué modo tendría tantas manos si no os las cogiera a vosotros?
Los pies con los que recorre vuestras ciudades, ¿acaso no son también los vuestros?
¿Cómo llegaría a tener algún poder sobre vosotros si no fuera por vosotros mismos?
¿Cómo osaría atacaros si no contara con vuestro acuerdo? ¿Qué podría haceros si no
encubrierais al ladrón que os roba, ni fuerais cómplices del asesino que os extermina
o traidores a vosotros mismos? (De La Boétie 1572, 53) ID