Introducción
LA CRISIS EN CURSO, sistémica y sistemática, no es simplemente del modelo neoliberal,
ni tampoco del sistema de libre mercado. Ni siquiera se trata de una crisis de la
modernidad, en contraste con una buena parte de la bibliografía sobre la crisis actual.
Antes bien, y mucho más radicalmente, se trata de una crisis civilizatoria. Occidente
se encuentra agonizando. Pero, Occidente no simplemente se restringe a la historia
que nace en la Antigua Grecia y se prolonga hasta la actualidad. Occidente es exactamente
el momento en el cual se inicia el Neolítico alrededor del planeta; se encuentra en
sus cimientos tres hechos: el nacimiento de las grandes urbes (Nínive, Ur, Caldea,
por mencionar algunas), la invención de la agricultura, y la invención de la escritura.
Estos tres hechos se refuerzan recíprocamente. El resultado es el nacimiento de una
visión eminentemente antropocéntrica, y con ella, la creencia en la necesidad de jerarquías
y centralidades. Algunas de las características de la emergencia de una nueva civilización
se encuentran en Maldonado (2023). La visión antropocéntrica debe ser leída literalmente. En blanco y negro, se trata
de la imposición de la visión y estilo de vida patriarcales (anthropos, no gynecos, etimológicamente hablando).
Esa historia está terminando, desde luego en escala histórica, y, sin embargo, a ritmos
acelerados. Este artículo se concentra en el presente y futuro inmediatos. Una nueva
civilización está emergiendo ante nuestros ojos. Al respecto, la mayoría permanece
ciega o indiferente; sin embargo, algunos participan activamente en su nacimiento,
y unos pocos contribuyen, sin saberlo, de manera pasiva o por omisión.
Desde hace un tiempo se habla de diálogo entre civilizaciones o bien de educación
intercultural, incluso de educación transcultural, y de algunas otras expresiones
próximas y semejantes. Esfuerzos como los mencionados, aunque intencionados, yerran
el tiro, si cabe la expresión. La primera condición, en el marco de los pueblos y
culturas latinoamericanas es la de reconocer en primera instancia la diversidad, constituyendo,
manifiestamente, un acervo, para luego aprender de los saberes originarios.
Una mirada general, pero sensible, al panorama del aprendizaje en Nuestra América
es altamente ilustrativo (Yujra Mamani 1996). Diversos centros de saber se vienen creando como espacios organizados, colectivos,
en torno a la recuperación y el aprendizaje de los saberes originarios. De manera
organizada -prefiero siempre omitir la palabra “institucional” (horribile dictu)-, cabe destacar varias fuentes distintas de trabajo, investigación y apropiación
y socialización de los saberes originarios en Abya-Yala (Olmo 2021). Estos son:
Adicionalmente, hay numerosos autores, principalmente bolivianos, peruanos, ecuatorianos,
colombianos y mexicanos, y algunos guatemaltecos, quienes se destacan por una producción
sostenida, por investigaciones y trabajo en la misma dirección. Sería el objeto de
un artículo de revisión presentar un estudio al respecto, lo cual sería tema para
otro trabajo.
La educación es, como concepto y como ejercicio, asimétrica, e implica una cierta
idea de verticalidad. Más exactamente, en la educación, clásicamente, hay alguien
quien enseña y alguien más quien aprende. La educación pertenece al pasado. Ahora
apreciamos los magníficos esfuerzos de aprendizaje de nuestros propios saberes, recuperándolos
de un olvido, resultado de políticas manifiestamente colonialistas siempre impuestas,
y aun haciéndolo mediante currículos ocultos.
Sin la menor duda, la constitución y vida de las universidades indígenas en América
Latina sí constituye un punto necesario de referencia desde diversos puntos de vista.
Así, cabe mencionar la Universidad de Lenguas Indígenas de México (https://www.inpi.gob.mx/ulim/), la Universidad Autónoma Indígena Intercultural (UAIIN) (https://uaiinpebi-cric.edu.co/programas/licenciatura-en-pedagogia-para-la-revitalizacion-de-lenguas-originarias/), la maestría en revitalización de lenguas indígenas de la Universidad del Cauca,
en Colombia (https://www.unicauca.edu.co/posgrados/programas/maestria-en-revitalizacion-y-ensenanza-de-lenguas-indigenas), el Centro de Lenguas Indígenas de la Universidad del Valle, en Colombia (https://centrodelenguasyculturas.univalle.edu.co/semanasbiculturales/lenguas-indigenas), La Universidad de Sabiduría Ancestral (https:// sabiduriaancestral.org/), con sedes en Colombia, Chile, Bolivia y Perú. En Bolivia se crean las Universidades
Indígenas Bolivianas Comunitarias Interculturales Productivas (UNIBOL), en Quechua,
Aymara y Guaraní. La Universidad Amawtay Wasi, en Ecuador (https://uaw.edu.ec/) se sitúa en este mismo abanico. La Universidad Ixil en Guatemala (sin un sitio web
a la fecha), la Universidad Maya Kaq- chikel, en Guatemala (https://www.universidadmayakaqchikel.org.gt/), ocupa un lugar propio en Centroamérica, al lado de la Universidad Uraccan, en Bluefields,
en Nicaragua (https://www.uraccan.edu.ni/), la Universidad Indígena de Agricultura y Ganadería “Carlos Fonseca Amador”. La
Universidad Autónoma Indígena Intercultural, en Colombia https://uaiinpebi-cric.edu.co/).
Al mismo tiempo, actualmente se están creando otras universidades en diversos países,
pero, más significativo aun, existen redes de colaboración entre muchas de las universidades
anteriormente mencionadas. En Colombia, por ejemplo, está siendo creada la Universidad
de los Pueblos Pastos y Quillacingas.
El mapeo anterior: primero, no pretende ser exhaustivo; segundo, es una historia en
proceso; tercero, exige una consideración sobre aproximaciones, fortalezas y debilidades,
apariencias y realidades. Todo ello es el objeto de un trabajo más profundo. Pues
bien, el largo mapeo anterior brinda una idea sólida de un robusto trabajo en marcha
de consolidación, escritura, profundización y socialización de los saberes originarios.
Ninguna otra parte del mundo tiene semejantes fortalezas. Ni siquiera en África, tan
grande como es, o en la India o en Japón, por mencionar algunos otros lugares.
Así, con las anteriores observaciones, el futuro, si no se encuentra en AbyaYala,
sí pasa por lo menos medularmente por Nuestra América (Huamani Ore 2009).
Este artículo se plantea la existencia de un terreno suficiente, amplio y fértil,
el cual puede y debe convertirse en un acervo común para todos: hombres, mujeres,
indígenas, campesinos, raizales, académicos, activistas, científicos y artistas. Es
imposible mirar hacia el futuro del Abya-Yala sin conocer a fondo los saberes originarios
los cuales remiten a prácticas en unos casos, a tradiciones orales en otros, a algunos
textos originarios, comentaristas, estudiosos y sabedores (García Miranda 2015). En Abya-Yala el conocimiento es territorio y es vida. Las raíces de la vida no
se encuentran exactamente en la tierra, sino en los sinfines del universo.
Un conocimiento de los saberes tradicionales debe permitir una fantástica síntesis
con lo mejor del conocimiento de la humanidad. Clásicamente, el conocimiento de la
humanidad se originó, remitió y terminó en el Norte Global. Hoy, adicionalmente, se
trata del conocimiento del Sur Global. El Mahabharata, los Upanishads y los Vedas,
toda la profunda tradición africana, Yemayá y Obatalá, Oshún y Changó, por ejemplo.
Todas las cuales tienen tanto repercusiones y ecos como voz viva y presencia en Abya-Yala,
en el Caribe y en Brasil, en Centroamérica y en varias comunidades de origen africano
en el sur del continente. Y siempre, esa geografía la cual, equívocamente, ha sido
llamada el sureste asiático, un concepto eminentemente occidental cuya finalidad es
demarcar tanto a China como a India del resto del sur de Asia.
Desde mi perspectiva, cuatro ejes y relaciones definen la apropiación de los saberes
originarios (Tabla 1):
Tabla 1
Ejes articuladores del conocimiento, apropiación y desarrollo de los saberes originarios.
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Ejes
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Relaciones
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Estudios postcoloniales
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Epistemologías del Sur
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Saberes originarios
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Ciencias de la complejidad
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Una mirada cuidadosa a la Tabla 1 pone en evidencia no tratarse única o principalmente de filosofía latinoamericana,
de teología de la liberación o de estudios latinoamericanos. Además, y más radicalmente,
se trata de la importancia propedéutica de los estudios sobre decolonialidad, fundados
originariamente por Aníbal Quijano, en Perú, y con un ya largo halo de profundizaciones,
desarrollos y variantes. Estos, por así decirlo, constituyen la criba la cual permite
volver la mirada hacia los saberes originarios. De manera genérica, el mapa se instaura
como epistemologías del sur, con un valor, en realidad, meramente metodológico (precisamente
por aquello de epistemologías). De cara al futuro se despliega como la articulación
con las ciencias de la complejidad bajo una condición precisa y puntual, a saber:
el reconocimiento explícito de que las ciencias de la complejidad son ciencias de
la vida (Maldonado 2021). Aquello de lo cual se trata, ulterior y verdaderamente, es de la vida misma; la
vida en general y no solo y principalmente la vida humana; la vida tal y como la conocemos tanto como la vida tal y como podría ser posible. Esta doble distinción es específica de las ciencias de la complejidad.
Esta larga introducción tiene la finalidad de servir de marco, una especie de breve
estado del arte, sobre los espacios y modos de pensar de los saberes originarios y
cómo estos se integran en algunos de los elementos centrales de una nueva civilización
en emergencia. Con ello, este artículo llama la atención, mucho más que sobre interculturalidad,
con cualquier luz preferida, sobre encuentros de formas de conocimiento tradicionalmente
inconmensurables de cara a hacer posible la vida de otro modo al cual ha sido el considerado
en los últimos cerca de ocho mil años.
Tres argumentos sostienen la tesis y la finalidad de este trabajo. El primero se concentra
en la importancia de elaborar una síntesis de conocimiento; no simplemente encuentros,
diálogos, sumatorias o sinergias, todo lo cual, aunque puede ser bien intencionado
es demasiado débil, cultural, intelectual y espiritualmente hablando. El segundo desplaza
radicalmente el foco de la educación hacia el aprendizaje. Simple y llanamente, una
nueva síntesis comporta un proceso de aprendizaje, perfectamente distinto, por tanto,
al de educación. El tercer argumento afirma que la nueva civilización en emergencia
pivota en torno a la vida en general y no ya alrededor del ser humano. Pero con la
vida, entonces, necesariamente, el tema de base es la naturaleza misma, lato sensu. Debemos y podemos vivir de otro modo a como ha acontecido en los últimos ocho milenios.
Es el resultado mostrado, en verdad, de la Tabla 1, el cual ilustra los ejes y relaciones, aunque de forma muy esquemática.
Una síntesis de conocimientos, más que simplemente un diálogo intercultural
Una analogía se impone, cuando se miran las cosas de manera desprevenida. F. Capra
logró un acierto en un texto que ha marcado a muchos: El Tao de la física (Capra 1991). Es posible ver raíces, letra y espíritu comunes entre conjuntos aparentemente disyuntos.
Capra logró una afortunada síntesis, él la llamó paralelismo, entre la física cuántica
y la tradición espiritual de la India.
En el pasado hubo una profunda ignorancia de los saberes propios de Nuestra América;
ciertamente, cuando se lo mira desde las políticas educativas, las políticas de ciencia
y tecnología, los sistemas educativos y los marcos culturales clásicos y normales
(Romero 2019). Aun hoy, por ejemplo, los autores latinoamericanos rara vez son citados o se citan
unos a otros, y los estados del arte -state-of-the-art, o también los review papers- tan solo ocasionalmente incluyen trabajos nacidos en este continente. Hay quienes
incluso, entre nosotros, marcan toda y la mayor parte de su producción intelectual
en inglés. Como si los estudios sobre decolonialidad y postcolonialidad jamás hubieran
tenido voz. Como si la única luz existente fuera la de los sistemas de conocimiento
del Norte Global.
Pues bien, debe ser posible que Abya-Yala produzca una síntesis análoga a la de Capra,
dicho simplemente como un indicativo, o como un indicador del camino. La conjetura
más explícita apunta a una síntesis entre las ciencias de la complejidad y los saberes
originarios. Este es un auténtico programa de investigación. (Habría que justificar
más ampliamente por cuál razón se podría tratar de una síntesis entre ciencias de
la complejidad y saberes originarios, pero este es el tema de otro trabajo). Así,
mientras Capra lo llevó a cabo individualmente, lo cual es un mérito, las referencias
señaladas en su introducción apuntan a la posibilidad de un trabajo de amplio calado
aunando la pluralidad de saberes del continente. Con nombre propio: los mayas y los
aztecas, los incas y los muiscas, los mapuches y las tradiciones negras y africanas,
prácticamente ubicuas en México, el Caribe, Centroamérica y buena parte de América
del Sur.
Un elemento importante salta inmediatamente ante la mirada sensible. Mientras que
el de Occidente es un pensamiento de la trascendencia, las religiones, la espiritualidad
y las cosmovisiones originarias en Nuestra América son inmanentistas. No se trata
de huir de la naturaleza. Muy por el contrario, ella es hermana y madre. La Tonantzin,
la Pachamama, Ñuke Mapu entre los mapuches, por ejemplo (Marín Benítez 2015; Sperandeo 2001). La naturaleza es frugal y generosa, no exige evasión ni éxodo, sino, por el contrario,
conocerla y vivir como ella. Hablamos de mares, océanos, montañas, selvas, ríos, valles,
playas y árboles, animales y frutos, plantas y vientos, notablemente.
Este ya es un rasgo radical de marcada diferencia con las tres religiones monoteístas
constitutivas de Occidente. Y con ellas, de todo el pensamiento occidental, en la
cultura, o en ciencia o en filosofía.
Desde el punto de vista epistemológico cabe distinguir tres modos como cabe hablar
legítimamente de avances en el conocimiento. El primero es el más normal, se trata
de acumulaciones graduales, en el sistema educativo, es la existencia de requisitos,
prerrequisitos y correquisitos, para decirlo en el lenguaje estándar en boga, una
etapa es necesaria antes de llevar a cabo la siguiente; el segundo refiere a la importancia
de las revoluciones científicas, una idea que tiene dos orígenes, así: en primera
instancia, en la tradición francesa, se trata de los trabajos de Koyré, Bachelard
y Canguilhem, y, de otra parte, en la tradición anglosajona, los trabajos de Kuhn;
el conocimiento humano avanza mediante rupturas, bifurcaciones, discontinuidades,
quiebres; este segundo modo de avance del conocimiento es importante en el plano teórico,
pero todos los sistemas de gestión del conocimiento (knowledge management) le tienen pavor; se habla de innovación, y específicamente de innovación radical,
pero se trata en realidad de puro palabrerío; ni los sistemas educativos, ni los empresariales
o de gestión admiten, y ciertamente no de entrada, una revolución científica, ya Popper
lo dejó suficientemente en claro. La lógica de la investigación científica coincide
con la lógica de derecho: se presume la inocencia, pero es un deber demostrarla. Así
las cosas, se presume innovación, genialidad y radicalidad u originalidad, pero deben
ser demostradas. Perverso, como se aprecia.
Quisiera concentrarme en esta sección en el más desconocido de todos los modos de
avance del conocimiento: las síntesis.
La dificultad es, sin embargo, elemental. Ni lo sistemas educativos, en cualquier
nivel a considerar, ni los sistemas culturales han destacado o acaso permitido jamás
un estudio sobre la forma en cómo se produce la síntesis del conocimiento. La pregunta
siempre emergente es instrumental, esto es, metodológica: ¿cómo llevar a cabo síntesis?
Dado el espacio de este trabajo quisiera responder indirectamente al interrogante
anterior. Es perfectamente posible mostrar cinco momentos y lugares en los cuales
se han producido magníficas síntesis del conocimiento representando jalonazos civilizatorios.
Estos son, cronológicamente: primero, la Grecia Clásica, -entre el año 499 a.e.v.
y hacia el año 330 a.e.v.- donde se efectuó, de manera singular, una magnífica síntesis
entre literatura, poesía, matemáticas, lógica, filosofía, política, astronomía y arquitectura,
principalmente, produciendo el relato estándar del origen de la civilización occidental
acompañado, posterior y casi simultáneamente, por la hibridación entre Jerusalén,
Atenas y Roma (Momigliano 2014). Fue tal la radicalidad del fenómeno cultural, en el más fuerte sentido de la palabra,
que se estableció, justificadamente o no, la división entre Grecia y toda la historia
anterior (Snell 1982). La bibliografía al respecto es abundante y suficientemente conocida.
Un segundo ejemplo, doble en realidad, de efectuación de síntesis se lleva a cabo
tanto en el Quattrocento como en el Cinquecento. Sin la menor duda, algo que ya quedaba claro también con el tránsito, notablemente,
del Antiguo Egipto a la Grecia Antigua, se produce, literalmente, un cambio de mirada
y por tanto del mundo (Panofsky 1983): el Renacimiento, dicho en general, fue un momento en el cual, más que diálogo hubo
una unidad entre arquitectura y pintura, dibujo y anatomía, medicina y filosofía,
cosmología y comercio, entre otros saberes. Un momento singular.
El siguiente ejemplo, algo menos conocido, quizás, tiene que ver con lo nombrado como
la Viena finisecular y de comienzos del siglo XX (Johnston 2009). Dos autores lo llamaron “La Viena de Wittgenstein” (Janik y Toulmin 2021). Otra manera genérica como es conocido este momento y lugar es por pivotar alrededor
del Círculo de Viena (Stadler 2011). En torno a este vórtice social y cultural nacen y se refuerzan entre sí, directa
o indirectamente, el psicoanálisis y el empirismo lógico, la música dodecafónica y
la filosofía de la ciencia, la Bauhaus y el marxismo austríaco, en fin, la pintura
y poemas de Kokoshka y Klimt, y el derecho de Kelsen y la Escuela Austríaca de Economía.
Sin embargo, algunos de los autores influidos también por esa atmósfera fueron Kafka,
de un lado, y K. Gödel, de otro. Existe una amplia pero exquisita bibliografía al
respecto.
Finalmente, el último ejemplo tiene lugar, grosso modo, entre 1905 y 1938; definamos su eje alrededor de la República de Weimar (Forman 1984). Sin embargo, dos formas más puntuales y más conocidas de designarlas es alrededor
de las famosas conferencias Solvay o, lo que es equivalente, como la interpretación
de Copenhague. Se trata del surgimiento de la física y de la química cuánticas, en
las cuales se produce la confluencia entre la teoría de la relatividad, la mecánica
cuántica, los primeros orígenes de la termodinámica del no equilibrio -notablemente
con D’Hondt, primero, y luego también con Onsager-, y las investigaciones de M. Curie;
se incluyen, naturalmente, las figuras centrales como Bohr, Born, Pauli, Heisenberg,
Schrödinger, Jordan y, por supuesto, Planck y Einstein. Se trata de un conspicuo ejemplo
de creatividad como síntesis.
En todos los casos, los cinco momentos mencionados han gatillado importantes avances
en el proceso civilizatorio de la humanidad, entendida y aunada esta profunda creatividad
a una espiritualidad intelectual con impacto en numerosos ámbitos (Clark 2004).
Estos cinco ejemplos brindan una luz, indirecta, ciertamente, acerca de cómo se han
producido, en situaciones epocales, síntesis magníficas. Otra cosa sería poner en
evidencia, en algunos casos individuales, cómo se han efectuado síntesis como formas
de conocimiento, en campos específicos de la ciencia o la filosofía, notablemente.
Ese sería el tema de un trabajo aparte (Maldonado 2015). Aquí, la idea central es que debe poder ser posible una síntesis entre (una parte
de) lo mejor del pensamiento e investigación habidos y los saberes originarios, de
cara a pensar y hacer posibles otros modos, estilos y formas de vida.
En cualquier caso, como se aprecia descriptivamente, existen y son posibles las síntesis.
En el giro civilizatorio podemos aprender lo mejor logrado por el espíritu humano
hasta el momento, aunado a las raíces propias, sin colonialismo alguno, con una mirada,
por primera vez a gran escala, de los saberes del Sur Global; solo que, en nuestro
caso, ello apunta a un aprendizaje de cómo el territorio está vivo, cómo las raíces
de la vida no se encuentran solo en la Tierra sino en la vastedad del cosmos, y que
los seres humanos no son ni externos ni superiores a la naturaleza. Occidente jamás
supo nada al respecto.
Modos del aprendizaje: el horizonte de la sabiduría
Una precisión se impone de entrada. La educación fue siempre distintivamente antropológica.
Se educaba al ser humano para el ser humano. La historia de la educación, con cualesquiera
de sus variantes escolarización versus desescolarización, modelos pedagógicos de tal o cual tipo, didáctica y enseñanza
con tal o cual finalidad, todo ello ya dio lo que podía dar. La importancia por la
educación es la importancia por el modo occidental de pensar y de vivir. En una palabra,
todos los sistemas de educación fueron autorreferenciales: el input y el output fueron siempre el mismo: el ser humano, con todas sus variantes o justificaciones
o métodos o filosofías que se quisiera adoptar.
En el marco de la sociedad de la información, de la sociedad del conocimiento y de
la sociedad de redes -tres modos de significar una sola y misma cosa-, por primera
vez en la historia, ya nadie le enseña nada a nadie. Más exacta y radicalmente, el
conocimiento ha dejado de ser un bien privado y aislado de la sociedad y es hoy, muy
por el contrario, un bien común. Internet ha contribuido ampliamente a esta dinámica.
Las grandes universidades del mundo cuelgan los programas, los sílabos, los contenidos
y la bibliografía en la Web. El mensaje que se envía en realidad es el siguiente: “¿quieren ustedes conocer los
programas, contenidos y bibliografía que manejamos? Aquí están. La diferencia radica
en que nosotros tenemos al profesor o profesora quienes manejan esos programas”, palabras
más, palabras menos.
El aprendizaje es una experiencia personal, colectiva, presencial; sin embargo, en
el mundo de la virtualidad, resultado de la pandemia del Covid-19, en el cual se confunde
educación y aprendizaje con información y se reducen aquellas dos a esta última, se
olvida que hoy, todos aprendemos de todos, así sea con diferencias.1 La educación se centra en los aspectos intelectuales o cognitivos; por ello, se ha
desplegado toda una ingeniería centrada en pruebas, escalafones, destrezas, competencias
y habilidades, sistemas de aseguramiento de la calidad (sic), y otros artilugios. Concomitantemente, los sistemas de publicación se han llenado
de ingenierías, modos y métodos sencillamente absurdos, orientados todos hacia el
lucro.
El aprendizaje es bastante más y muy diferente a una experiencia meramente intelectual
o cognitiva. Es ante todo una experiencia sensitiva. Una precisión se hace necesaria aquí.
En inglés y en alemán existe, en cada caso, una palabra designando al mismo tiempo
sensaciones y sentimientos: feelings y Empfindung, respectivamente. En todos los otros idiomas indoeuropeos ambas cosas están separadas
y son diferentes.
Los sentimientos y sensaciones tienen una base biológica. Se trata del sistema entérico,
el cual es también un cerebro, en efecto, el sistema entérico se compone de cien millones
de neuronas y una muy rica microbiota; específicamente bacterias anaeróbicas. El 95%
de la serotonina se produce y se acumula en el sistema entérico. Sentimos antes de
pensar, o bien, mejor aún, sentimos, y las sensaciones y los sentimientos son ya actos
cognitivos. No todo lo que el cuerpo experimenta pasa por el sistema encefálico, hay
cosas que el cuerpo sabe que el sistema encefálico ignora. O también hay cosas que
el cuerpo sabe antes de que el sistema encefálico se entere (Atlan 2018; Mayer 2018; Damasio 2018; Joly Gómez 2017).
Digamos de pasada, que las emociones son engañosas, y todo lo que las acompaña, incluida
la inteligencia emocional. Al fin y al cabo, las emociones suceden en el sistema encefálico.
Al sistema encefálico es fácil engañarlo.
La forma de aprendizaje entre los pueblos originarios es la minga. Una conversa, literalmente, colectiva, horizontal, sin jerarquías de ningún tipo,
en la cual el conocimiento acaece como una experiencia afectiva.
Occidente supo de ciencia y filosofía, de tecnología y arte, de religión e información,
de investigación e incluso de erudición; en el mejor de los casos, a lo sumo, llegó
a saber de genios. Pero jamás supo de sabiduría, pues siempre asimiló la sabiduría
al paganismo.
Occidente le apuntó a la explicación de los fenómenos. En inglés, es particularmente
clara la distinción, se trata de explanation, de un lado, y una explication, de otra parte. El primero se asimila a un relato. Es el segundo el cual define la
forma más acabada de racionalidad occidental en la racionalidad técnico-científica
y en la prevalencia de los modelos fisicomatemáticos. Lo buscado por la ciencia es
una explicación (explication) del mundo y de la realidad, esto es, entender la razón por la cual algo existe o sucede (what it is for something to exist) (Audi 2015), diferente a por qué algo existe o tiene lugar. Un tema que compete, en toda la línea de la palabra, a
la filosofía de la ciencia.
Con todo, la mejor forma de conocimiento es la comprensión. Solo que no comprendemos
con la cabeza. Comprendemos con el corazón.2 El corazón es un cerebro compuesto por cuarenta mil neuronas (Alsami 2019). Nadie
conoce bien si al cabo no comprende nada. Cualquier otra cosa es memoria, información,
asociacionismo, y otras cosas próximas y semejantes.
La educación jamás supo de sabiduría, ni siquiera metafórica o poéticamente. Al fin
y al cabo, desde siempre, todo el sistema de educación estuvo orientado a la integración
del joven en el mundo de los adultos (Jaeger 1991) o, lo equivalente, al mundo del trabajo.
En otras palabras, la educación nunca ha hecho inteligente a nadie. Antes bien, por
contraintuitivo que parezca, alguien inteligente ha aprovechado en alguna ocasión
la educación obtenida para desplegar sus potencialidades o capacidades. En contraste,
el aprendizaje transforma a los seres humanos, cuando estos son efectivamente capaces
de aprender. Dicho en términos evolutivos, el aprendizaje es condición de posibilidad
para la adaptación.
En otras palabras, solo quien ha comprendido algo ha aprendido y entonces sufre una
transformación. Deja de vivir como lo había hecho hasta ese momento, y su existencia
adquiere, literalmente, una bifurcación, dicho en el lenguaje de la complejidad. La
línea de tiempo que del pasado condujo al presente sufre una solución de continuidad
de cara al futuro.
Sin ambages, por encima de la inteligencia, la erudición y la genialidad se encuentra
la sabiduría. Una dificultad enorme emerge entonces, inmediatamente.
La antropología y la historia ponen en evidencia que la sabiduría fue en el pasado
una experiencia individual. Un chamán o chaman elegía a un (o una) joven, según el
caso, y emprendía un largo proceso de formación al cabo del cual había un rito de
iniciación y el joven era entonces proclamado y reconocido como un nuevo chamán, o
sabedor. Pues bien, la emergencia de la nueva civilización plantea un reto perfectamente
desconocido en toda la historia de la familia humana. Debemos poder formar jóvenes,
grupos, colectividades, pueblos y culturas sabios, no ya simplemente a individuos.
Esta es la columna vertebral de este artículo. Ninguna otra época se enfrentó a un
desafío y posibilidades semejantes. He aquí un motivo de optimismo, pero, al mismo
tiempo, la complejidad de un magnífico proceso al mismo tiempo educativo, cultural,
pedagógico y político.
Lo que se encuentra en juego, no es ya solo o principalmente el destino de la especie
humana. Más aun, se trata del destino de la vida en general: de la vida-tal-y-como-la-conocemos, tanto como de la vida-tal-y-como-podría-ser-posible.
Saber vivir bien: la naturaleza como base de la vida
La verdadera sabiduría solo es posible encontrarla con la naturaleza. Jamás de espaldas
a ella.
Así, el experimento de un largo tiempo con la creencia en una especie clave, superior
a todas; la creencia de que la evolución se habría detenido y alcanzado su ápice en
esta especie; naturalmente, se trata de la especie humana; pues bien, dicho experimento
fue al cabo un experimento fallido. Existen suficientes ejemplos, casos e ilustraciones
los cuales ponen de manifiesto que los seres humanos han sido los peores depredadores
en la historia de la biosfera. Ni siquiera los saurios, los cuales dominaron la faz
de la tierra durante doscientos cincuenta millones de años, ni los cefalópodos, quienes
dominaron los océanos durante quinientos millones de años, alcanzaron los niveles
de depredación de la especie humana. Los seres humanos no solamente depredan organismos
y especies, sino, además, ecosistemas. No hay absolutamente ninguna otra especie la
cual haya depredado ecosistemas enteros.
Con una salvedad. Se trata de los seres humanos formados y aconductados en los modos
de pensar y de vivir, lato sensu, propios de Occidente. Desde el punto de vista económico, Occidente fue una civilización
productivista, consumista y extractivista (Sassen 2015). Toda la historia de gobiernos, imperios, sistemas políticos y regímenes tienen,
a pesar de las diferencias que se quieran o puedan trazar, estos tres rasgos en común.
La naturaleza fue concebida como lo otro de lo humano. Eufemísticamente, hubo quienes
hablaron de una humanización de la naturaleza y una naturalización del ser humano:
flatus vocis.
En otras palabras, la civilización occidental jamás supo vivir, y manifiesta mente
nunca supo vivir bien; si bien, excepcionalmente, esto es, en realidad de manera periférica,
alguna expresión alcanzó a asomarse. La Tabla 2 ilustra, basada en la antropología, diversas expresiones del saber vivir bien:
Tabla 2
Distintas expresiones de saber vivir bien.
|
Eupraxein |
Vitalidad
|
|
Vivere beate |
Vigorosidad
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Sumak kawsay |
Alegría de vivir (la joie de vivre)
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Suma qamaña |
Vivir sin miedos
|
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Utz K’aslemal |
Tener ganas de vivir
|
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Tekove katu |
Vida plena
|
En orden descendente, en la tabla aparece la forma como la Grecia Antigua entendía
el tema de lo que hoy, en rigor, llamamos el buen vivir; consistía, literalmente,
en llevar una praxis buena (eu): en la Grecia Antigua no existía el problema de la vida y los seres vivientes como
lo conocemos hoy, aunque sí existían dos palabras diferentes para designar aquella
dimensión, perfectamente distintas entre sí: bios y zoe. Posteriormente, en el Renacimiento la expresión equivalente es la del vivere beate, cuya mejor traducción es la de llevar una vida feliz, con alegría. Habría que recapitular
todo lo que fue el Renacimiento, el Quattrocento y el Cinquecento, para entender aquello a lo cual se referían (Vasari 2011).
El concepto de saber vivir y llevar una vida buena existe tanto en quechua como en
aymara, y son los dos siguientes en la Tabla 2. Propios de los pueblos andinos (Estermann 2009), fueron descubiertos para el mundo por parte de la London School of Economics a comienzos del siglo XX, en la búsqueda de alternativas a la profunda crisis del
capitalismo. Desde entonces se ha venido convirtiendo en un acervo para el resto del
mundo entero. En la misma línea podría situarse el ubuntu, originario de los pueblos africanos, el cual comporta un sentido de codependencia
y sensibilidad recíproca entre los seres humanos, y entre estos y la naturaleza.
Finalmente, como otras referencias, el utz K’aslemal proviene del quiché, la principal de las cuatro lenguas mayas existentes, y significa
tener una vida plena (Matul Morales 2012 y 2023; Camey Barrios y Quijivix Yax 2013; Cochoy Alva et al. 2006). Sin ser exhaustivos, finalmente aparece, proveniente del guaraní, la tekove katu, cuyo significado sería llevar una vida sana o saludable al mismo tiempo física y
mental en armonía con la naturaleza. Bastante más y perfectamente diferente de la
insulsa traducción como “salud pública”. Un adefesio de traducción.
Debo decir, sin embargo, que, en cualquier caso, las expresiones mencionadas en la
Tabla 2 no pueden estrictamente ser traducidas por una sola palabra o por una única expresión.
Muy por el contrario, comportan auténticas filosofías, cosmovisiones y prácticas de
vida correspondientes a formas de vida con raíz en la unión entre el cielo y la tierra
(García Hurtado y Roca Palacio 2009). Las traducciones en la parte derecha de la Tabla 2 quieren ser simplemente indicativas.
Digámoslo, en otros términos, de manera más explícita: tomando acaso como eje el sumak kawsay pero válido para las otras expresiones mencionadas, estas formas de vida incorporan,
todas, ya, la interculturalidad como uno de sus ejes, conjuntamente con la justicia
y la igualdad, la unidad en la diversidad, y la relación armónica con la naturaleza.
Lo cual en la mirada occidental aparece como disyunto, debiendo ser comprendida sintéticamente
en los términos referidos.
Se ha introducido la palabra “filosofía” en alguna ocasión; notablemente en correspondencia
con el ubuntu, pero puede, como ya ha sido en efecto el caso, mencionársela en relación con cualquiera
otra de las expresiones. También esta se queda corta. Precisemos.
Lo que comportan el suma qamaña, el sumak kawsay, el ubuntu, la utz k’aslemal o la tekove katu, por ejemplo, es bastante más que antropología, filosofía, prácticas, sistemas culturales,
educación o cuestiones semejantes. Occidente jamás podría captar la riqueza de cada
uno de esos términos en un solo término porque lo ignora. Se trata, siempre, en cada
caso, de sabiduría.
La sabiduría desborda la distinción entre hombre y mujer, aunque sabe de las diferencias;
desborda muy ampliamente la distinción entre teoría y práctica o entre seres humanos
y naturaleza: porque no existen dos, sino una unidad: unidad como diversidad. En todos
y cada uno de los casos mencionados en la Tabla 2, y la lista podría ampliarse sin dificultad alguna, se trata de formas de sabiduría.
La dificultad estriba en que la sabiduría no se puede enseñar. Esta es la dificultad
para todos los sistemas educativos habidos en la historia de la civilización occidental.
Pero sí se la puede aprender. Como se aprecia, los argumentos presentados al inicio
se completan en una especie de uróboros el cual, mucho más que circularidad, significa
no haber comienzo ni tampoco fin. La idea de tener las cosas un comienzo, y entonces,
necesariamente un fin, es una creencia propia de Occidente.
La inteligencia es humana. Solo como efectos de la pareidolia cabe hablar de inteligencia
en otras especies. La pareidolia es la base biológica del antropocentrismo, el antropomorfismo
y el antropologismo. Solo que el cerebro es en muy buena parte el resultado de procesos,
fenómenos y estructuras sociales y cultu rales (Castellanos 2022). El cerebro no piensa biológicamente en ninguna acep ción de la palabra. Piensa
siempre en primera instancia gracias a y sobre la base de la cultura, en sentido amplio;
esto es, dicho en otras palabras, a partir de las experiencias corporales o corpóreas.
Literalmente, el organismo esculpe al cerebro. Dicho en la jerga de la filosofía,
la existencia precede y funda la esencia; en otras palabras, siempre, primero existimos,
y luego, ocasionalmente, pensamos. Así las cosas, toda la tradición fundada en el
logos es filosofía de segundo piso (Wittgenstein). En pocas palabras, la pareidolia
es una concepción errónea causada por estímulos ambiguos carentes de sentido como
si tuvieran sentido (Wang et al. 2022).
Con una observación puntual: la pareidolia ha sido observada también en algunos mamíferos
superiores (Tomonaga y Kawakami 2023; Taubert et al. 2017). El cerebro le otorga a todo lo que quiere o necesita. Kahlbaum, el padre del concepto
y del fenómeno de la pareidolia, lo llamó Sinnesdelirien (delirios de los sentidos). Cuando la mente delira.
Como quiera que sea, primero: la sabiduría es posible; y, segundo, efectivamente existe.
Solo que no se anuncia; anda, como decía Nietzsche, en otro contexto, con pasos de
paloma. Saber vivir bien es un asunto de sabiduría. Se trata de reconocer una perspectiva
inmensamente más significativa y compleja que una ética simplemente planetaria. Las
raíces de la vida están en el universo, y el árbol de la vida, casi ubicuo en todas
las culturas, pueblos y civilizaciones, quiere apuntar, de manera sutil, más que a
la unidad de la diversidad a las ramas apuntando hacia el cielo; los frutos y semillas
apuntando allí en donde se originaron.
La sabiduría es imposible sin la naturaleza o de espaldas a ella. Pero la naturaleza
en todos los idiomas es mujer. Yemayá, Maa Durga, la Tonantzin, la Pachamama, Ishtar,
Miliujia, María… La diosa madre.
Conclusiones
Siempre emerge la pregunta: ¿y cómo se llamará la nueva civilización? Es demasiado
prematuro para decirlo. De hecho, Occidente misma solo se nombró a sí misma en la
segunda mitad del siglo XIX. Esto es, los seres humanos del Renacimiento, o del siglo
IX, o de las antiguas Roma o Grecia, por ejemplo, jamás supieron estar formando parte
de una civilización nombrada a sí misma Occidente. Me he ocupado de los orígenes del
nombre y del mito fundacional de Occidente en otro lugar.
Lo que sí es perfectamente posible es definir los rasgos de la nueva civilización.
Este artículo quiere ser una contribución en esta dirección.
J. Goody, en un conspicuo estudio pone en evidencia qué y cómo Occidente se robó la
historia de otros pueblos, culturas y civilizaciones (Goody 2007). Qui zás fueron primero los griegos quienes se robaron casi todo del Antiguo Egipto.
Luego los romanos les robaron todo, hasta los dioses a los griegos. Los cristianos
robaron y arrasaron Alejandría; los musulmanes hicieron lo propio, también a sangre
y fuego, en todo el Mediterráneo y hasta una parte de la India. Los franceses, alemanes,
holandeses, ingleses, portugueses, estadounidenses robaron la historia de pueblos
africanos, de pueblos del sudeste asiático, y de Abya-Yala. Esta historia podría ampliarse
y ejemplificarse a voluntad.
Esta fue la historia de siempre, durante cerca de siete mil años hasta que, en un
magnífico giro, sorprendentemente, diversos pueblos, culturas y sociedades empezaron
a redescubrir sus saberes originarios. La historia de estos procesos comienza en algún
punto a mediados de la segunda mitad del siglo XIX, y avanza, crecientemente, hasta
hoy en día. Habría que narrar estos procesos. En cualquier caso, la historia está
siendo rescrita, actualmente, desde cero (Graeber y Wengrow 2021).
Hay una nueva civilización en emergencia, la cual no pivota más en torno al ser humano,
al descubrir algo de lo cual Occidente jamás tuvo la más mínima idea: la vida. La
vida en general y no solamente la de la especie humana. La vida como la conocemos
y como podrá ser posible.
Occidente, en nombre de algún Dios o Poder quemó libros, y con ellos, gente. No se
trata de eliminar lo mejor que hayamos podido heredar. Pero, además, y fundamentalmente,
se trata de reconocer, en el caso de Abya-Yala, las raíces propias y la voz propia.
Una voz plural dada la riqueza desde el Cono Sur hasta México, pasando por el Caribe.
Una observación final. Mientras que el latín y el griego antiguo son lenguas muertas,
el quechua y el aymara, por ejemplo, son lenguas vivas. Todo lo que se puede decir
y pensar en latín o en griego puede ser dicho y pensado en aymara y en quechua. Y
mucho más.
Los seres humanos no habitamos en la Tierra, tampoco es un planeta -conceptos típicamente físicos o fisicalistas-. Vivimos un planeta vivo, y, por tanto,
no puede ser llamado planeta, y ciertamente no la Tierra. Un planeta vivo se llama
de otras maneras. Dos próximas son biosfera o Gaia. El territorio está vivo, y nos
habla y nos interpela incesantemente.
La vida cotidiana, la cultura y la historia son lo que sucede cuando la naturaleza
lo permite. ID