Elissa Rashkin en su libro Mujeres cineastas en México nos abre una ventana hacia el mundo de la vida creativa de las directoras de cine
más importantes de este país, así como a las batallas libradas por el hecho de ser
mujeres, dentro de una industria manejada principalmente por hombres.
A pesar de los obstáculos y prejuicios enfrentados, estas mujeres cineastas han contribuido
a cambiar los estereotipos y roles de género que el cine mexicano había proyectado
la mayor parte del siglo XX, y se han atrevido a contar su visión de la otra parte
del cine, o como ellas lo denominan: “el otro cine”, en donde se proyectan historias
de mujeres reales, libres de los estereotipos patriarcales que la Época de Oro del
cine mexicano se había encargado de popularizar dentro de la pantalla grande: la representación
femenina de la madre abnegada y sumisa, papel roto a través de producciones cinematográficas
como “Lola Casanova”, de 1948, cuya directora y guionista fue Matilde Landeta, pionera
en la industria cinematográfica mexicana.

Mujeres cineastas en México es, a la vez, una obra donde se nos relata la parte histórica de la cinematografía
femenina, al irnos situando en hitos importantes establecidos por las mujeres cineastas
en esta industria, como las hermanas Dolores y Adriana Ehlers, pioneras en el dominio
de la técnica fotográfica, y quienes, asimismo, fueron de las primeras mujeres financiadas
como productoras de películas y documentales, y, también, entrenadas en las escuelas
de cine más importantes de Norteamérica. Las hermanas Ehlers son conocidas no solo
por dominar el arte de hacer películas, sino por ser mujeres con mucha influencia
política, por ser emprendedoras y ser mujeres de negocios dentro de la industria fílmica.
Otros hitos importantes en la historia del cine mexicano presentados por Elissa Rashkin
son los de la Época de Oro del cine mexicano, la cual abarca los años de 1936 a 1956;
la época del “Nuevo cine” en los años 60; la decadencia del cine experimentada durante
los años 80, y el resurgimiento del llamado “nuevo cine mexicano”. Dentro de cada
uno de estos periodos históricos del cine mexicano, la autora nos va mostrando los
estereotipos con los cuales se estigmatizaba a las mujeres dentro del cine. Por ejemplo,
en uno de sus capítulos describe cómo la producción fílmica de la Época de Oro del
cine mexicano fue predominantemente producida, dirigida y distribuida por hombres.
Durante esa época -señala Rashkin-, las películas mexicanas fueron exportadas al mundo
con la imagen de la mujer sumisa al hombre, relegada a la figura de cuidadora y fiel
madre, y esposa abnegada en el hogar.
Por otro lado, las “Adelitas”, imagen de las mujeres “revolucionarías”, se presentaban
muy estilizadas y maquilladas, para convertirlas en figuras de exportación del imaginario
del cine mexicano para el mundo. Estas mujeres estereotipadas estaban lejos de representar
a las soldaderas y coronelas reales de la época de la Revolución, como lo fueron,
la coronela Alanís, luchadora del partido del movimiento feminista obrero, y la coronela
Rosa Bobadilla, filántropa y quien atendía a viudas y huérfanos de la revolución. Estas
mujeres fueron invisibilizadas por estos personajes estereotipados de las “Adelitas”,
representando el modelo star system hollywoodense, para convertirlas en las divas de México, tal y como lo fueron María
Félix y Dolores del Río. Así es como lo femenino se personificaba junto al charro
cantor, aquel arquetipo viril y conquistador de mujeres, el macho mexicano, como lo
podemos apreciar en la afamada película Allá en el rancho grande, filmada en 1936 por Fernando de Fuentes.
Dentro de algunos aspectos importantes destacados por Elissa Rashkin se encuentra
también el tipo de géneros cinematográficos producidos tomando en cuenta los factores
sociales, políticos, económicos e incluso psicológicos predominantes en el país. Así
es como el cine de oro mexicano se consolidó, basándose en los ideales de la Revolución,
en donde la nación era el enfoque central para los cineastas, así como la construcción
de una identidad nacional mediante la mexicanidad como una cultura anticolonial. De
hecho, durante esta época se produjeron géneros cinematográficos como los melodramas
familiares y patrióticos, la comedia musical ranchera y de cabareteras. No obstante,
ninguno de estos géneros representaba a la mujer real, ni siquiera su vida cotidiana
se parecía en nada a la mujer romántica y tonta con la cual se la identificó en la
Época de Oro del cine mexicano.
Cada época en la historia del cine ha estado llena de prejuicios y limitaciones para
las mujeres, y se han intensificado con estereotipos como el de “mujer vampiresa”,
confeccionado en la época de los años 60; mientras que en los años 70, la mujer se
cosifica como objeto sexual en las películas de “ficheras”, como Muñecas de media noche, del director Rafael Portillo. Lo anterior se constituyó como un gran desafío para
las mujeres cineastas, quienes buscaban producir cintas desde el punto de vista de
la mujer.
Durante estas décadas, los movimientos estudiantiles y feministas fueron un boom y un medio para sacar al cine mexicano de la decadencia. Así nació el Centro Universitario
de Estudios Cinematográficos de la UNAM, para dar paso al “Nuevo cine mexicano” dirigido
por mujeres, políticamente activas y pertenecientes a colectivos feministas a favor
de los trabajadores y de los homosexuales. La directora de cine Matilde Landeta, expresaría
que hacer “el otro cine” significaba empezar a crear el “otro mundo”, pues “las mujeres
somos la otra mitad de la humanidad y resulta vital que también como mujeres podamos
explicar el mundo que solamente ha sido contado por hombres”. Fue precisamente en
el CUEC donde se formarían mujeres cineastas como Marcela Fernández Violante, guionista
y directora del largometraje De todos modos Juan te llamas, de 1975. Para los años 90, el nuevo cine mexicano dirigido por mujeres ya muestra
la represión y la discriminación cotidiana hacia la mujer en los largometrajes como
Danzón, de María Novaro, Los pasos de Ana de María Sistach y Novia que te vea, de Guita Schyfer.
Nos encontramos con un libro no sobre feminismo, sino sobre las historias de las mujeres
cineastas en México, quienes se enfrentaron a diversos desafíos y obstáculos para
hacerse un espacio en la industria cinematográfica, la cual estaba dominada por hombres,
tanto en la dirección como en otras áreas clave de la producción. Las cineastas tenían
que enfrentar la resistencia de una sociedad que no las veía como creadoras o líderes
en el campo cinematográfico, pues eran subestimadas y se les negaba la autoridad y
el reconocimiento profesional que merecían debido a su género. A pesar de estos desafíos,
algunas mujeres cineastas lograron abrirse camino y hacer contribuciones significativas
al cine mexicano.
Ampliamente recomendado, al hacer este reconocimiento a las mujeres pioneras del cine
mexicano y a cómo fueron desafiando las barreras y dejando un legado importantísimo
para las generaciones futuras de mujeres cineastas. Relata su perseverancia y reconoce
el talento que las hizo allanar el camino para una mayor representación y reconocimiento
de las mujeres en la industria cinematográfica.
En la portada, hecha por la artista plástica Lizzet Luna Gamboa, se identifica una
lata de filme con mariposas posadas sobre la película, a modo de platillo, la cual
se encuentra sobre una mesa con mantel y cubiertos, lista para ser degustada.