De la antropología a los estudios interdisciplinares en el estudio del tiempo
La publicación de Antropología del Tiempo. Construcciones culturales de mapas e imágenes temporales, permite contar, por primera vez en español, con una obra fundacional en el campo
gracias a la iniciativa de Raúl Contreras Román y de Guadalupe Valencia, editores
del libro, y de la impecable traducción realizada por Canek Huerta y María del Socorro
(Coco) Gutiérrez-Magallanes. Se trata de un libro denso en su estructura; complejo
en su temática, en su composición diversa y en su vocación reflexiva y crítica. El
estudio introductorio, a cargo de los editores, resulta muy clarificador al marcar
rutas de entendimiento, claves teóricas y conceptuales, así como al ofrecer un amplio
contexto del autor, del libro y del desarrollo del campo de la antropología del tiempo.

En los tres apartados del libro: Diferencias en la cognición del tiempo atribuidas
a la sociedad y la cultura; Mapas del tiempo y cognición, y, Tiempo y práctica, Gell
elabora un argumento desarrollado a partir de un diálogo incesante con autores de
diversas disciplinas, permiténdole acceder a un sentido profundo del tiempo, fundamentalmente
a partir de la crítica a los autores que aborda, pero sin dejar de rescatar aquello
que le parece útil, cierto o bien fundamentado. Si la primera parte se centra, principalmente,
en estudios antropológicos de impronta durkheimiana, y revisa autores como Evans-Pritchard,
Lévi-Strauss, Leach, Barnes o Lévy-Bruhl, en la segunda se concentra en la filosofía
del tiempo. En este apartado aborda las propuestas, por una parte, de la filosofía
analítica (en tanto fundamento lingüístico de las ciencias físicas o duras), y en
especial de su vertiente metafísica, y, por otra parte, de la fenomenología. La tercera
parte aborda a Heidegger que, desde la tradición alemana, opone el tiempo constitutivo
del ser y el tiem po externo; y, en gran medida, se centra en la obra de Bourdieu,
con el fin de vincular el tiempo con la teoría de la práctica para dar cuenta de la
manera en que se vive y se organiza el tiempo en la vida cotidiana, y para mostrar
cómo hay un estrecho nexo entre tiempo y política, entre tiempo y ejercicio del poder.
Los calendarios, los registros del tiempo, entre otros fenómenos sociales, son, en
muchas ocasiones, expresiones y dispositivos de control por parte de los poderosos.
Gell hace su recorrido y elabora su propuesta desde una perspectiva interdisciplina
ria buscando enriquecer la antropología, dotarla de rigor filosófico, acercarle visiones
y estudios sobre quienes constituyen un “nosotros” frente a los “otros”, es decir,
volver la mirada hacia el mundo occidental, donde también se producen creencias, percepciones
subjetivas e ilusiones. Dicho recorrido se cons truye sobre dos ejes encontrados:
doxa y episteme; cognición e ideología; objetividad y subjetividad; necesidad y contingencia.
De este modo, Alfred Gell opone las creencias contingentes y las posturas metafísicas,
con el fin de demostrar que el mundo en general no es el mundo culturalmente constituido.
En su afán de desexotizar las diversas maneras en que ciertos grupos diferentes a
nosotros conciben el tiempo, y de dar cuenta de ese otro nivel cognitivo, objetivo,
uniforme, constante, que es la dimensión temporal de la realidad, recorre el pensamiento
de antropólogos, filósofos (tanto analíticos como fenomenológicos), sociólogos, geógrafos
sociales, economistas y lingüistas. De este modo, intenta desmitificar el tiempo,
demostrar que este, en otras culturas, sobre todo en los espacios rituales, no solo
no se detiene, se invierte o retrocede, sino que tampoco las personas participantes
de ellos creen que de verdad sucede así.
Gell insiste en que el tiempo es percibido de la misma manera por todos los seres
hu manos y que esos tiempos distintos no son en realidad modos de la existencia, sino
complejos de percepciones, creencias y decisiones estratégicas simbólicas con una
función particular. Incluso, afirma que la idea de tiempos objetivos distintos surge
de la mirada del antropólogo, y no de una vivencia real “otra” en las sociedades que
estudia. No solo es el mundo del Otro sino nuestra relación con ese mundo otro lo
que está en juego en esa construcción de tiempos alternos; de ahí que Gell apele al
descentramiento de los antropólogos. Este objetivo es el punto de partida para una
vasta y a ratos densa construcción, fundamentalmente filosófica, que aborda las posibles
veredas para estudiar el tiempo.
En un segundo momento, entonces, Gell aborda el tema del espacio, del tiempo espacializado;
del presente y cómo, desde él, abarcamos, o no, el futuro y el pasado. Más aún, de
qué modo, el pasado y el futuro son constantemente resignificados. En ese sentido,
pasa de un nivel de reflexión más empírico a uno mucho más abstracto, que tiene una
finalidad abarcativa, al expandir nuestros horizontes de entendimiento sobre el tiempo.
Ya en este nivel, no estaríamos hablando solo de creencias contingentes, sino de explicaciones
científicas con mayor solidez y rigor.
Antropología del Tiempo es un libro muy valioso por diversos motivos. El primero es el esfuerzo sostenido
que hace el autor por mostrar que el tiempo, lejos de ser un estrato misterioso, inasible
y paradójico, es una dimensión constante de la realidad a la cual nos adaptamos constantemente,
de manera dinámica. El segundo motivo es que hace un recorrido puntual, detallado
y comprometido por la filosofía del tiempo, primero, para dar he rramientas filosóficas
a la antropología (herramientas más rigurosas y orientadas a la construcción argumentativa
racional), y para establecer bases fidedignas para la percepción subjetiva del tiempo
y el tiempo social, que distan de las propuestas emergidas de la antropología, las
cuales se establecen, erróneamente, como configuraciones metafísicas que dan cuenta
de tiempos alternos al único tiempo real al cual podemos acceder.
El tercer buen motivo por el cual se trata de un libro muy valioso es el intento de
Gell, asimismo, por generar las bases para un modelo funcional sobre la cognición
del tiempo, a través de un texto sellado por su ánimo esclarecedor, didáctico, pleno
de explicaciones y de ejemplos que, con rigor, guían el eje de su argumento. Otro
buen motivo es que la obra es también un diálogo entre las ciencias sociales y las
ciencias físicas (a través de la filosofía) y entre las ciencias sociales y diversas
corrientes filosóficas. En ese sentido, ofrece un panora ma que, aunque él niega ser
exhaustivo, resul ta ser realmente muy amplio e ilustrativo sobre lo ya escrito y
discutido en torno al tiempo. Se trata, entonces, de una muy buena introducción al
tema, y de un acercamiento a autores, teorías, tratamientos y temas fundamentales
en el estudio del tiempo, desbordando las fronteras disciplinares de la antropología.
La lectura de este libro permite reconocer, por parte del autor, rigor, esfuerzo interdisciplinario,
intención dialógica y constructiva, interés en distinguir entre el tiempo y su percepción/representación/vivencia
subjetiva, sobre la base de que todos los seres humanos tenemos las mismas estructuras
lógicas, aunque di ferentes creencias contingentes sobre cómo funciona el mundo. En
ese sentido, para él, existen estructuras permanentes, las cuales permiten la emergencia
de la experiencia basada en la percepción y las creencias. En ese sentido, insiste
en que vivimos, todos, un tiempo de eventos que se suceden unos tras otros, y susceptibles
de ser fechados (de distintas maneras). Lo subjetivo requiere lo objetivo para poder
desplegarse. Gell hace preguntas relevantes: ¿cómo pensamos el tiempo?, ¿cómo se vuelve
relevante para cada uno de nosotros?, presente, pasado y futuro, ¿son características
del universo o surgen de nuestro punto de vista en ese universo? Y se trata de preguntas
que vale la pena seguir haciéndonos, junto con él, y a lo largo de nuestras reflexiones.
Hoy en día nos enfrentamos con la hegemonía de una temporalidad moderna capitalista,
cada vez más acelerada y vertiginosa, que subsume la vida misma a la lógica de las
mercancías, al empobrecimiento de la vida humanamente factible de ser vivida, a la
necesidad de resistir dotando de otros sentidos, individuales y colectivos, intersubjetivos,
al transcurrir del tiempo. En ese escenario, la mirada de Gell, aparentemente desencantadora,
puede ayudarnos a entender con mayor rigor cómo vivimos, estructuramos y organizamos
la vida en términos temporales, cómo sobrevivimos, nos sometemos o nos liberamos frente
al tiempo. En tanto característica dimensional del mundo, el tiempo es uno solo, ya
lo dijimos; eso nos permite comunicarnos, coexistir, generar acuerdos o desacuerdos,
construir colectivamente. Esa es la base del tiempo social, aquel que, al final, nos
importa, al menos como científicos sociales; es el tiempo que nos interpela. Nosotros
también somos “otros” en la medida en que no nos conocemos ni entendemos cómo nos
organizamos temporalmente; en ese sentido, desexotizar implica comprender, para hacer
el tiempo, como objeto de estudio, más accesible, para maravillarnos de otro modo.
Este libro, sin duda alguna, nos permite pensar desde otro lugar, revisar nuestras
propias creencias, prejuicios e ideas; acercarnos a líneas de pensamiento que suelen
estar alejadas de la antropología (y de muchos espacios dentro de las ciencias sociales)
y que nos obligan al pensamiento serio y riguroso, y a abrir nuestro criterio con
el fin de abordar más frontalmente el asunto del tiempo, en vez de quedarnos únicamente
en intuiciones temporales, y en resolver el asunto a partir de asu mir simplemente
que hay distintas realidades con sus respectivas temporalidades y, con ello, sumar
más confusión a nuestro limitado entendimiento sobre el tiempo.
Es un hecho que el tiempo subjetivo, y los tratamientos que algunos pensadores, como
Bergson, han hecho del mismo, siguen siendo verdaderamente fascinantes y seductores.
No se trata de renunciar necesariamente a ellos, sino de complementarlos, y acostumbrarnos
a poder pasar de un nivel o dimensión del tiempo a otra, sin por ello te mer perdernos
de algo. En fin, asumir que en el rigor científico y filosófico también hay belleza
y numinosidad, y que siempre podremos regresar a nuestra conciencia interna y a nuestras
vivencias más personales del tiempo.
Este libro confiere un mapa, una ubicación más clara del ahora renovado interés por
el tiempo; permite pensar en diferencias, en planos y niveles; ayuda y guía al mostrar
la sutil diferencia entre la vivencia del tiempo y el tiempo mismo. Sin embargo, no
podemos eludir que hay propuestas muy interesantes en la actualidad que irían en contra
de los supuestos de Gell. Es el caso de la cosmopolítica, por ejemplo, que, entre
otras cosas, plantea que las diferencias que encontramos en las visiones del mundo
propias y de los radicalmente otros no son de orden epistemológico sino ontológico.
Habrá que seguir el consejo de Gell, y pensar y debatir. Y en ese camino, habría que
preguntarnos: ¿qué nos dice de nosotros nuestra fascinación por el ritual, por esos
tiempos “otros” que rompen con el tiempo moderno capitalista occidental?, ¿qué dice
de nosotros esa seducción por el tiempo inmóvil, el tiempo que retrocede, o que se
eterniza, el tiempo lento, ligado a los fenómenos de la naturaleza? ¿Qué nos dice
todo ello de nuestra propia vida, de nuestro uso y percepción del tiempo, de lo que
cualitativamente valoramos, añoramos o recordamos? Gell rescata la eventual epifanía
que podemos experimentar al saber de la visión del otro; a la vez, invita a que lo
hagamos en nuestro caso también.