Hace pocos meses se celebró en la Ciudad de México un congreso relativo a psicoanálisis
y homosexualidad. El pretexto fue el centenario del texto freudiano “Sobre algunos
mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad” y la justificación
del congreso lanzaba algunas preguntas como: “¿Será que Freud sospechaba hasta dónde
han llegado esos temas en la actualidad? ¿Habrá sos pechado acerca de lo LGBTT, lo
queer, lo trans? Y tras dar varias vueltas entre que si Fliess era homosexual o que
si Schreber la mujer de dios, o el narcisismo, o la paranoia, o la homosexualidad
y después que Lacan con Aimée, terminan preguntando: “¿Pensamos la paranoia igual
en el 2023? ¿Y [qué sucede con] los reconocimientos de formas eróticas distintas,
diferentes, diversas formas de amar e identificaciones que no caben en ninguna categoría,
por ejemplo lo trans o lo queer?”.
En cuanto vi anunciado el congreso me sentí interpelado. Le escribí a los organizado
res comentándoles que quería participar. Ellos, muy amablemente, me dijeron que el
público también podría comentar y me enviaron el enlace para inscribirme. Y ya ni
fui, pero, lo que yo quería problematizar eran las condiciones políticas de posibilidad
que favorecen la paranoia. En su texto, Freud expone dos casos clínicos de paranoia
ligada a la homosexualidad.1 No obstante, se cuida de establecer relaciones directas entre la afección y la preferencia
sexual evitando universalizarlas. Es decir, no en todos los homosexuales hay paranoia,
ni tampoco en toda paranoia hay homosexualidad. Pero ya que haya dos casos, sirve
para poner el tema en la mesa. Ahora bien, ni mucho ni poco ha cambiado desde los
pacientes de Freud. Ayer no había movimientos organizados pero, de igual modo, se
vivían las experiencias gays; hoy tenemos movimientos organizados y, para entrar en
el tema, como Lozano refiere en cuanto a la problemática gay en el contexto patriarcal:
“la vigilancia, la persecución y el temor, aparecen en forma de tecnología del yo,
promoviendo un doble temor: un temor por lo masculino, pues es lo que castiga, y un
segundo temor por lo femenino, pues el acercamiento a ello es lo que se castiga.”2 Que no es otra cosa que un binarismo sexual que disminuye lo femenino y expulsa lo
no masculino.
Respecto a este temor, quiero recordar el Segundo Tratado de la Genealogía de la Moral de Nietzsche cuando propone la tesis: “Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir,
más bienestar todavía”,3 y entonces preguntar ¿en qué condiciones es que la crueldad se convierte en un ejercicio
de bienestar? Revisando el argumento de Nietzsche, desde el animal que promete hasta
la producción colectiva del hombre medible, calculable y predecible, el placer de
quien ejerce la crueldad es autoafirmativo. Se autorreconoce el verdugo como aquél
que puede infringir el sufrimiento. Es un reconocimiento que se otorga con base en
una moralidad que le autoriza a ser aquél que puede cobrarle al deudor, al pecador,
al moralmente excluido su falta. En otras palabras, quien puede castigar lo hace desde
una ficticia superioridad que recompensa su alieneación moral. Ahí está el placer,
el verdugo lo ha hecho “bien” en la vida. Extrapolando este planteamiento a una cultura
que hipervalora el heteropatriarcado, ahí encontramos la tec nología del yo de la
que habla Lozano ante el doble temor a la exposición, al castigo y, también, ahí se
puede encontrar una posible ruta a la supuesta paranoia que se asociaría con los celos
y la homosexualidad, no ya en tanto que enfermedad sino como supervivencia o cicatriz
o prevención o anticipación o, como quiera que sea, como temor.
En ese sentido, celebro la recuperación que Lozano hace sobre lo problemático pues,
como él menciona, no es que los hombres gays seamos problemáticos por nuestras prácticas
y experiencias sino que no hay condiciones polí ticas para vivir una sexualidad plena
y, aún así, buscamos el modo de vivir dignamente,4 lo que sea que eso signifique incluyendo que nuestra dignidad implique vivir en la
contradic ción entre lo que creeríamos que habríamos de ser, lo que desearíamos ser
y lo que, en realidad, como todo ser humano, llegamos a poder ser… con lo que se pueda
y con lo que uno tenga al alcance.
El objetivo que se planteó Lozano fue contar: “la historia de afectos y de cuerpos,
de la manera en que los cuerpos son organizados a partir de las tensiones entre las
normas sociales y el deseo.”5 Desde luego que el marco referencial es la dicotomía heteropatriarcal de lo masculino
y lo femenino. Una referencia tan estrecha que no permite encontrar alternativas o
variaciones de identificación, provocando lo que Lozano plantea como estar siendo
citado como macho “dentro de un cuerpo”6 que no se identifica como hombre o, al menos no, bajo los estándares de la masculinidad
hegemónica. Dificultad de identificación que puede arrinconar el deseo homoerótico
hacia la experiencia del malestar emocional. Por ello es que no es una casualidad
que en muchos casos se han “suavizado” las primeras identificaciones gay bajo la modalidad
de bisexual,7 como si a caballo de lo hetero y lo homo, por lo menos se conservara un pie en la
zona de masculinidad hegemónica.
La investigación de Lozano inició desde su tesis de doctorado cuando entrevistó a
15 hombres gay clasificados en tres generaciones, no por su edad sino por el momento
en el que salieron del clóset en relación con lo que se vivía en la comunidad gay.
El VIH marcó un hito en la comunidad. Antes de que surgiera, ciertas condiciones políticas
permitían el ejercicio de la gaydad, tras el virus hubo cambios y después iniciaron reconocimientos legales. Lozano,
a través su tesis doctoral, dio seguimiento a los 15 hombres de su estudio con entrevistas
en 2014, 2016 y 2018. Poniendo énfasis en cómo ciertos reconocimientos y derechos
conquistados afectaron a sus hombres problemáticos.
Con base en esto, quiero hacer algunos comentarios sobre lo problemático de los hombres
gays. Es bien evidente que el sistema patriarcal genera narrativas encarnables que
se consumen en la reproducción, después de haber pasado por los episodios de noviazgo
y matrimonio. Episodios que miden y norman los cuerpos en su largo calvario hasta
llegar a la fiesta de revelación de sexo donde, ritualmente, se renueva el sistema
patriarcal en un cuerpo por venir. Frente a esta narrativa ¿cuál es la historia de
la vida gay? Coincido con Lozano y Butler en que el matrimonio gay se encuentra en
una paradoja entre la transformación y la perpetuación de la norma.8 Las transforma en tanto que abre el género de los cónyuges pero la perpetúa en cuestión
de que conservan las instituciones patriarcales pero a modo gay.
Al respecto de esta paradoja, lo problemático de la vida gay se vincula con la ausencia
de referencias a seguir. Es decir, se puede adoptar la misma narrativa pero no será
igual pues está pensada para el par dicotómico hombre y mujer. O bien en el momento
en que se adopta, tiene una alteración y entonces el noviazgo como institución se
alterna, renovando la paradoja de lo mismo pero de manera diferente. Por ejemplo,
a mí me parece que la infidelidad en una pareja gay es un exceso de egoísmo pues siempre
existe la posibilidad de compartir y mejor hacer un trío. Escenario que no fácilmente
es posible en las parejas hetero. Y con esto quiero resaltar la nada fácil oportunidad
de resignificar valores heteros en otras modalidades gay quedándonos arrojados entre
la repetición de lo mismo o la apropiación de la diferencia a costa de la irreconciabilidad
y la exposición a cuantas prácticas se dan en lo abyecto.
Para ir por lo abyecto, Lozano señala que “podemos comprender el deseo homoerótico
como una pérdida de un privilegio patriarcal: el estatus heterosexual que le permite
a los hombres vincularse sexual y afectivamente con mujeres con fines reproductivos.”9 Que desde luego causaría culpa, vergüenza e incluso exposición al castigo. A ello
añadiría la confusión de ir a ciegas en una vida que no se ajusta a las narrativas
hegemónicas y que habita la ambivalencia entre desearlas, consumarlas y vivirlas en
la diferencia. No es cualquier cosa habitar el problema cuando él mismo es la condición
normativa de cuerpos, de vidas. Especialmente cuando una de las estrategias normativas
del patriarcado es el uso de la violencia mediante la fuerza. No se pueden, en este
sentido, olvidar los episodios de autodefensa de Ed cuando lo único que vivía era
un deseo homoerótico en el espacio de lo irreconocible y, consecuentemente, de lo
normable.10 Norma que se cuela en la relación sexual bajo la definición de los roles y su interpretación
de activo como masculino y femenino como pasivo,11 estableciendo de antemano el placer que se espera obtener y no el que se podría descubrir.
Es decir, encuadrando el deseo, rompiendo con su devenir y transformándolo en satisfacción,
pero no placer.
En distintas ocasiones Lozano trae a colación el problema de los espacios políticos.12 Su apropiación y alteración. El emplazamiento, siguiendo a Foucault, delinea las
prácticas y experiencias posibles dentro de un espacio. El parque para pasear, las
tazas de los baños individualizadas, los asientos del transporte para organizar la
capacidad de aforo, etc., sin embargo, el espacio, lo sabe Foucault, no es inalterable.
De hecho es heterotópico y ello significa que se presta a ser tomado y alterado, desde
cuestiones muy tiernas como el niño que transforma la cama parental en un barco que
navega en altamar,13 hasta la toma de las calles en una protesta.
La ocupación del espacio y la legitimación de las demandas del movimiento LGBTTTIQ
no están exentas, desde luego, de polémicas. Coincido con Lozano y Parrini en que
el discurso de igualdad diluye las diferencias y nos reconoce en un sistema heteronormativo
y nuevamente excluyente:14 “No puedo evitar preguntarme si el cambio de la ley de la CDMX, que permite el matrimonio
entre personas del mismo sexo, y la adopción de niñes por parte de estas parejas,
es una forma de “queerar” o torcer las instituciones y las normativas, o si es simplemente
una forma de (hetero)normalizarse.”15 Una nueva va tensión desde donde se dan las condiciones para lo problemático y ante
las que quiero recordar a Butler quien en Vida precaria es contundente cuando sostiene que no se trata de ser incorporados desde marcos de
reconocimiento establecidos sino romper con ellos y abrir el reconocimiento de la
diferencia.16 Una diferencia que se hace en gerundio y frente a la que no podría haber un nuevo
modelo. No queremos ni necesitamos una nueva normativa que nos dé referencias de cómo
vivir la vida gay sino que, en su lugar, hemos de aprender a vivir con el problema,
dando la cara de la misma forma en que lo hemos hecho resistiendo a la ho mofobia
y ganando espacios laborales más en una pedagogía de la diferencia que en una solicitud
de reconocimiento.17 Por ello es que, como muy bien concluye Lozano, “lo gay debe permanecer siempre tenso”18 pues es la crisis lo que nos permite habitar la diferencia, el problema, y resistir
en contra de las normaciones que lejos de reconocernos, nos buscarán someter a los
modos adecuados de ser gay.