Introducción
La idea del arte como una permanecía completamente subordinado a las manifestaciones
políticas, sociales o económicas fue concebida durante mucho tiempo; asumiendo, además,
una relación de servir solo para reflejar las desgracias, anhelos y proyectos, entre
otras cosas, de la comunidad. Es decir, se entendió como un instrumento para el servicio
de otras disciplinas. En este trabajo se busca reconocer la acción política del arte,
específicamente la del teatro, por no limitarse a ser un reflejo determinista, sino
por tener su propia politicidad, la cual influye, junto con otros factores, en los
destinos de la comunidad, tanto en lo individual como en lo colectivo. Esta propuesta
nos induce a concebir, por lo tanto, a la política y al arte (tradicionalmente vistas
como realidades separadas) como entidades relacionadas por coincidir en romper con
las jerarquías que impiden la igualdad de oportunidades de los diferentes sectores
de la sociedad. Dicha concepción está basada principalmente en las propuestas de Jacques
Rancière, consistentes, en términos generales, en la búsqueda de visibilidad -a partir
de una reorganización de lo sensible- de aquellos sectores sociales que han sido desplazados,
en este caso del teatro, porque “sus” funciones laborales, académicas o de clase,
no les permite la participación en campos económicos y culturales de la sociedad y
que no han sido considerados en el lugar que les corresponde dentro de la comunidad.
Expresión que propicia, al mismo tiempo, cuestionar las fronteras disciplinarias creadas
a finales del siglo XIX. Esta revaloración de la sensibilidad, integrada en el arte
como en lo político, recobrada en los tiempos de la posmodernidad, al igual que la
economía o la política, incide en las decisiones que la sociedad elige para su beneficio.
En la actualidad, el arte propone -a partir de la década de los setenta del siglo
pasado- respuestas a la comunidad porque las disciplinas centradas en los estudios
sociales se limitaron a las narrativas tradicionales que no daban solución inmediata
a los problemas de la sociedad. Es entonces que el artista, como el objeto del arte,
plantea soluciones e induce el sentido de los individuos. Se puede decir que las artes,
además, consiguen ver más rápido los sucesos sociales, “se sitúan en un momento previo,
cuando lo real es posible, cuando todavía no se malogró. Tratan los hechos como acontecimientos
que están a punto de ser” (García 2011, 12). El autor diría que el arte “es el lugar
de la inminencia”, pues anuncia alguna situación que puede llegar a ser.
Además de reconocer la politicidad en las nuevas narrativas, insertadas en la literatura,
en las poéticas, en los relatos o en las academias, también se expresan en la actividad
de los artistas y en su obra al marcar el sentido en las luchas sociales. Otro de
los aspectos importantes que se busca señalar en este trabajo, además de las ya referidas,
es que la política en las artes, en lo particular en el teatro, se encuentra en las
exigencias por la apertura de mayores espacios para ejercer las actividades profesionales,
por una mayor oferta laboral, así como de una constante actividad cultural y artística
en la comunidad. Dichas demandas, relacionadas paralelamente por una nueva sensibilidad
y con la búsqueda de espacios, lo están íntimamente con alcanzar sus deseos, así como
con replantearse constantemente su identidad, ya sea tanto individual como grupal
y, consecuentemente, lograr la realización existencial. La endeble seguridad laboral
mantiene en vilo la integridad emocional; esto en gran parte por el poco presupuesto
destinado a las actividades artísticas de las instituciones gubernamentales y empresariales.
Ante las dificultades, los egresados dedicados a las actividades teatrales encuentran
en la conformación de grupos una forma para sobrevivir y alcanzar sus objetivos. Aunque
estas estrategias disminuyen relativamente la deserción a la profesión de muchos de
los egresados, no se deja de señalar que tanto las políticas educativas gubernamentales
como las universitarias son en gran parte responsables de los desequilibrios laborales
ofrecidos a dichos egresados. Entendiéndose que cuando la educación ofrece una profesión
es porque hay un estudio de mercado indicando los requerimientos de la sociedad, lo
cual es un indicativo de la cantidad de egresados requeridos para cubrir los espacios
que se necesitan, permitiendo así la ocupación de los profesionistas. Lo anterior,
permitiría, previo a una planeación, dar soluciones a las esperanzas e ilusiones de
individuos que buscan su realización personal. Al no encontrarla, al reconocer desequilibrios
en la distribución de las partes que le corresponden a cada uno de los grupos o gremios
de una sociedad, encontramos lo siguiente:
Hay política porque quienes no tienen derecho a ser contados como seres parlantes
se hacen contar entre estos e instituyen una comunidad por el hecho de poner en común
la distorsión, que no es otra cosa que el enfrentamiento mismo, la contradicción de
dos mundos alojados en uno solo: el mundo en que son y aquel en que no son, el mundo
donde hay “algo” entre ellos y quienes no los conocen como seres parlantes y contabilizables
y el mundo donde no hay nada. (Rancière 2012, 42)
Finalmente, si se quiere encontrar un planteamiento concreto en este trabajo, podemos
decir que la política y el arte buscan la visibilidad de nuevos sectores de la población
a través de nuevas experiencias dotadas por la sensibilidad que les son negadas por
la configuración del poder.
Las fronteras disciplinarias
Para darle sustento a la politicidad de las artes tenemos necesariamente que acotar
acerca de las fronteras disciplinarias. Cuando hacemos alusión a la sociología, política
y las artes, inmediatamente las ubicamos como disciplinas independientes, las cuales
cumplen con diferentes objetivos en la generación del conocimiento. Si revisáramos
la historia veríamos que las segmentaciones disciplinares son relativamente recientes.
Como sabemos, dichas divisiones fueron impulsadas a finales del siglo XIX con el propósito
de alejarse de la visión del conocimiento integral y dar lugar a la fragmentación
del saber, respondiendo así a los intereses propios de la producción mundial. Lo anterior
es un indicativo de la necesidad imprescindible del desarrollo capitalista que, con
base en el racionalismo, la lógica y las matemáticas, buscó imponer una verdad que
dirigiera el sentido de los individuos. La imposición de plantar una verdad logró
obstaculizar la intromisión de elementos provenientes de la subjetividad, buscando
el conocimiento a través del desarrollo científico y tecnológico; esto alentado por
la modernidad, lo cual nutrió el progreso industrial y el consumo. Para realizar los
objetivos deseados, el conocimiento tuvo que verse dividido por disciplinas que “norman
la enunciación, en particular hacen posibles regímenes de verdad (en última instancia,
de control) mediante reglas de policía discursiva que define el uso de los valores
verdadero/falso” (Bolaños 2010, 17). Son estos valores, entonces, los únicos que pueden dar paso a lo que se considere
realidad o verdad. Las líneas divisorias para los intereses de progreso industrial
y el consumo serán necesarias, pues “estas fronteras inevitablemente han terminado
por convertirse en condicionantes del propio razonamiento frente a la realidad social,
de tal suerte que la realidad no puede observarse más que por medio de la maldición
de estos compartimientos disciplinarios” (Zemelman 2003, 31); limitándose, por lo tanto, a reconocer una realidad inducida sin capacidad de buscar,
de parte del científico, nuevas concepciones ofrecidas por la(s) realidad(es) compleja(s).
Estas nociones epistemológicas lograron el distanciamiento y división de un conocimiento
admitido como integral en sus orígenes. En el caso que nos ocupa, vemos específicamente
la disciplina centrada en el saber de la política. Contrariamente a la separación
advertida con las fronteras disciplinarias, antes de ser concebida como una ciencia
reglamentada de parte de Maquiavelo -autor de la obra El Príncipe, considerado el primer libro de ciencia política por la manera sistemática y autónoma
de abordar los problemas políticos- se planteaban argumentos entrelazados íntimamente
con la convivencia y el bienestar social.
Este deseo de armonizar las partes de la comunidad llevó a los antiguos, y en los
últimos años a los modernos, a la búsqueda de acuerdos para disminuir los constantes
escándalos y así encontrar equilibrios entre los grupos que conforman la sociedad.
Dicha preocupación, a pesar de ser contemplada como una visión integral para la comunidad
en general, se representó exclusivamente como una estrategia por y para el poder de
los gobernantes hacia los gobernados, es decir, desde una concepción que identificara
la autoridad a partir de una reflexión filosófica-jurídica para cobijarse en la soberanía
y la ley y así ejercer el dominio mediante un modelo hegemónico, desde la posición
de dominante contra el dominado. Contra dicha representación, aquí se busca formular
la visión contemporánea, basada en el enfoque analítico de Michel Foucault (1986), identificado con la “multiplicidad de relaciones de fuerza” y expresado en todas
partes; colocándose, por lo tanto, dentro de una perspectiva apegada a las condiciones
actuales de la sociedad, porque la política es irreductible a las instituciones de
gobierno, a la sociedad o a las formas de poder del Estado. Hablar de política tiene
que ver con el equilibrio en el reparto de las partes que le corresponde por derecho
a la sociedad.
En cuanto a la disciplina correspondiente al arte, al igual que la política, se replegó
a un discurso pensado como exclusivo. El arte tiene sus apegos en la filosofía y en
la historia, y ha tenido sus procesos de transformación. Llamado en la antigüedad
tekné o ars se reconocía como una actividad que, a través de la producción de objetos, daba soluciones
a las necesidades de los seres humanos; sin embargo, con el tiempo se dan transformaciones
y aparece “cuando el arte empieza a ser considerado por la estética (Hegel) como objeto
de estudio, autónomo y separado del resto de actividades productivas y representativas”
(Pérez, 2003); al mismo tiempo, en el desarrollo del conocimiento, se distancia de los lazos de
la religión y la magia. El arte encuentra su autonomía cuando se rompe con la tradición,
cuando la representación del mundo da un giro que se distancia de la representación
mimética marcando “el ascenso a un nuevo nivel de conciencia, reflejado en la pintura
como un tipo de discontinuidad, como si acentuar la representación mimética se hubiera
vuelto menos importante que otro tipo de reflexión sobre los sentidos y los métodos
de representación” (Danto 1999, 30).
Politicidad y autonomía del arte
A través de estos dos caminos diferenciados -para justificar la relación que se pudiera
dar entre las dos disciplinas-, se conservó, tanto en el pasado como en el presente,
la idea de subordinar el arte a la política, lo cual convierte al primero en una actividad
supeditada al estatus quo para ser un reflejo únicamente de los reclamos surgidos del contexto social o político.
Cuando se reúnen las dos disciplinas, generalmente se entiende que el arte asume el
papel que estigmatiza la dominación “porque pone en ridículo los íconos reinantes,
o incluso porque sale de los lugares propios para transformarse en práctica social,
etcétera.” (Rancière 2010, 54).
No obstante, la política del arte va más allá del reflejo pues se encuentra en la
politicidad misma del arte, lo cual delimita claramente “la autonomía del mundo artístico”,
siendo un referente ratificante del camino propio para reconocer las “relaciones con
la historia política, económica y social, y también las disputas en el interior de
ese mundo específico” (Rubinich 2007, 10). En este contexto, el arte influye en los destinos de la sociedad “más allá de la
intencionalidad de sus productores, con distintas capacidades y con diferentes resultados
-casi nunca previstos-, en las luchas por la imposición de visiones del mundo” (Rubinich 2007, 10); estas las podemos reconocer en las poéticas, así mencionadas por Bugnone (2014), como son las obras de arte (en los cambios que se dan de la sensación a la preponderancia
del concepto); las nuevas expresiones estéticas (la irrupción de las vanguardias);
el compromiso en las luchas sociales al tener el arte la “capacidad de ejercer presiones,
impulsos y energías política y socialmente formativas o productivas y cuyos efectos
resultan tales porque son dis-conformes, ‘disidentes’ y ‘disensuales’” (Bugnone 2014).
Es decir, además de tener una relación convencional con la política, como la mencionada,
se concibe el mundo del arte desde su autonomía, sus ámbitos y su propia politicidad
en donde se reconocen “los modos en los cuales el arte desestructura las convenciones
y las expectativas sociales del campo a través de sus producciones, acciones y discursos”
(Bugnone 2014), lo cual surge directamente de la obra, del artista y de sus circunstancias. Es
en este ámbito en donde se desarrollan luchas y tensiones orientadas hacia el disenso
(Rancière 2019), el desacomodo (Rubinich 2007), las desestructuras de lo aparentemente estable. Rubinich atina al considerar los
efectos del desacomodo en diferentes campos:
También desacomoda las relaciones sociales concretas que conforman ese mundo prestigiado
y carente de vitalidad: relaciones con zonas del mercado, con la crítica, con los
curadores, etc. Y esas peleas no suponen, aunque existan, guerras de pandillas artísticas
o la de bichos particulares entre sí. Son elementos que se entrecruzan en un fluir
complejo, aportados por cuerpos, por obras, por relaciones sociales concretas. Y en
las disputas reales los triunfadores y derrotados y aun los que han mirado indiferentes,
se llevan sus marcas, sus heridas, o sus gestos de dominio, su frustración, su misma
voluntad de aislamiento, como parte de una herencia a veces levantada como bandera
y otras como cicatrices rebeldes o simplemente ignoradas, pero existentes. (Rubinich 2007, 11)
En dicha posición, el arte encuentra formas de lucha para dar respuesta y, al mismo
tiempo, participar en nuevos enfoques del sentido de las problemáticas sociales. Un
caso concreto lo podemos demostrar cuando, en Latinoamérica, los artistas, a través
de sus obras y sus actitudes, participaron en contra de los regímenes totalitarios
y autoritarios que encabezaron los militares en los años setenta. Los artistas interceden
en las estrategias de lucha social para romper con las limitaciones de los teóricos
de la sociología y de las ciencias políticas, pues la base del racionalismo científico
no les permitía encontrar la reivindicación e interacción con los movimientos sociales
del momento. En el caso de Chile, se dan “desencuentros entre producción artístico-cultural
y teoría sociológica”; se refleja, lo que llama Nelly Richard (1994), una “tensión técnica entre saberes irregulares y saberes regulares, entre lenguajes en exposición y técnicas
de resguardo, entre bordes de experimentación y fuerzas de demostración, entre des-bordes
de géneros y contenciones disciplinarias” (70). Los artistas critican la razón imperante
en las ciencias sociales para anteponer la imaginación y la creación como recurso
estético para inmiscuirse en la participación de las luchas sociales (Richard 1994).
En esta etapa se reconoce la autonomía del mundo artístico, pero también se aprecia
una cadena de transformaciones en lo social y cultural. Fue en un periodo de agotamiento
del modernismo cuando se da pie a la posmodernidad como un movimiento de renovación.
Al revisar la historia de la modernidad, encontramos la manifestación de su decadencia
a partir de los años sesenta. Su declinación se expresa en la disolución de sus grandes
narrativas -desarrolladas como fórmulas enfocadas en iluminar el camino para el progreso
de los seres humanos como son la “libertad, racionalidad, bienestar mediante la técnica,
ilustración, derechos humanos, a los que tiende el progreso” (Liessmann 2006, 200)- para ser sustituida por la posmodernidad, la cual, al “convertirse en señal cultural
de un nuevo estadio de la historia del modo de producción dominante” (Anderson 2016, 61), da paso a la multiplicidad en todas las áreas del conocimiento. En este contexto,
la cultura y las artes se colocan al mismo nivel que la ciencia, la economía y la
política. Su influencia, con el fin de transformar la sociedad, se considerará primordial
para influir en “los comportamientos, las creencias y las instituciones de una sociedad”
(Shiner 2004, 269), originando desplazamientos determinantes para el desarrollo de los pueblos. Así
pues, la politicidad del arte influye en los acontecimientos sociales, en las circunstancias
locales, educativas e individuales.
Teatro y política
Cuando vemos dos actividades diferentes, como es el arte y la política, no se concibe
la posibilidad de encontrar elementos que pudieran entrelazar objetivos comunes. Más
bien, prevalece la idea de que la política en el arte, en especial en el teatro, se
encuentra únicamente cuando vemos estetizada la política, es decir, cuando a través
de la obra se encuentran reflejadas consignas expresando las necesidades de la sociedad.
Esta concepción se alimentó porque el arte fue considerado como un reflejo de otros
componentes sociales, los cuales determinan el camino a tomar por una comunidad. Un
ejemplo claro de concebir lo político en el arte -reducción de las obras a una mera
proyección de los problemas de la sociedad- lo encontramos en la concepción que impulsa
Erwin Piscator (2001), en su libro El teatro político. El autor considera que toda expresión escénica tendría que estar fuertemente relacionada
con la política, al hacer del teatro un medio de expresión de la lucha y la denuncia
de las causas de los trabajadores, del pueblo y de los más necesitados; expresó también:
“en todo momento debía presentarse con claridad la relación política con la actualidad.
La discusión política, que en la época electoral dominaba talleres, fábricas y calles,
debía convertirse en elemento escénico” (Piscator 2001, 106-107). De la misma forma,
Bertolt Brecht, precursor de Piscator, enfatizaría el mismo camino. Así, encontramos
una manera de “estetizar la política” lo cual hace del arte un reflejo de los acontecimientos
sociales, pues solo responde a las expresiones de dominación del poder.
Lo anterior no quiere decir que no sea una manera válida de relacionar la política
con el arte; generalmente, como ya lo mencionamos, esta forma de representación es
la que habitualmente se concibe. Para tales efectos se recurre a los dramas basados
en estructuras aristotélicas predeterminadas, a través de las diversas expresiones
de género, las composiciones del texto dramático y el trabajo de los personajes, entre
otros elementos de una puesta en escena.
Ya en la introducción decíamos que la política y el arte buscan, con base en las propuestas
de Rancière, democratizar y romper con las limitaciones asignadas por el poder a los
ciudadanos en sus funciones sociales; así como “abrir” nuevos caminos para restructurar
la sensibilidad de los individuos, permitiendo con esto, independientemente de su
posición social, el reformular “poéticamente su autopercepción y la de su mundo” (Corcoran 2019, 15). De esta manera, los individuos ubicados en la clase trabajadora, la cual mantuvo
el poder al margen de los asuntos (políticos y artísticos) considerados como propios
de los especialistas o conocedores, lograrán obtener la sensibilidad y así, desde
las emociones, participar en las decisiones y acciones de índole política y artística
para su emancipación.
Para alejarse de las jerarquías, políticas y culturales, interpuestas para la no intervención
de otros sectores considerados no especializados, los artistas buscan ocupar el espacio
o la parte que le corresponde en la sociedad y proyectar lo que hacen, reclamando
el derecho, primeramente, de pertenecer a un lugar dentro de una comunidad y, de esa
manera, hacerse ver y decir. Porque es al artista a quien le pertenece decir y ser
escuchado por las clases sociales excluidas de las decisiones relevantes del poder
político y así tener una nueva percepción del mundo. Dichas particularidades, le dan
al teatro el privilegio de contar con los instrumentos que le permitirán lograr sus
objetivos: primero, el poder de la palabra y del espectáculo, la puesta en escena
(forma), sea cual sea el tema o la obra (lo que se ve).
Es necesario subrayar en el proceso de transformación de la realidad, cuando la palabra
es el mecanismo configurante del entorno, que la construcción de o las verdades surgen
de las imágenes desarrolladas a partir de la narrativa, para construir nuestra propia
realidad.
Una de las grandes virtudes englobadas por el teatro en el cual se hace política es
ser poseedor de la palabra, elemento que hace y distingue al ser humano de los demás
seres vivos, es de ella de donde surgen todas las formas para manifestar los sentimientos,
pero en especial de los reclamos de justicia. Al ser un arte de la palabra el teatro,
entendemos por qué “Platón plantea así dos grandes modelos, dos grandes formas de
existencia y de efectividad sensible de la palabra, el teatro y la escritura -que
serán también formas de estructuración para el régimen de las artes en general.” (Rancière 2009, 3)
Pero no solo se hace política desde la palabra, también lo encontramos en el movimiento,
a través de la corporalidad (el canto y la danza), en el maquillaje y la utilería
que, en conjunto, son la expresión identitaria de una comunidad reforzadora de su
sentido:
La superficie de los signos ‘pintados’, el desdoblamiento del teatro, el ritmo del
coro danzante: ahí tenemos las tres formas de división de lo sensible que estructuran
la manera como las artes pueden ser percibidas y pensadas como artes y como formas
de inscripción del sentido de la política. (Rancière 2009, 4)
En conjunto, de la palabra y del espectáculo se expresa una visión de la realidad
generadora de la sensibilidad para vislumbrar una nueva forma de ver el mundo, abriéndose
así otras vías para confrontar ideas y propuestas de aquellos que estaban “marginados”
en la toma de decisiones.
Aquí también se incluye el teatro con sus diferentes narrativas, ya sea desde una
postura moral, social, pedagógica, así como las otras expresiones artísticas como
la pintura, escultura, danza, etcétera.
En el arte representativo predomina aún la división entre la política y el arte el
cual, como lo acabamos de mencionar, es una de las vertientes del activismo contra
los modos de dominación; constituye una forma de pensar la relación entre el arte
y la política la cual, a nuestro juicio, como ya lo hemos mencionado, queda como un
mecanismo para mostrar los acontecimientos económicos, políticos y sociales.
La actividad política en los profesionistas de la escena
Además de buscar vincular a la mayoría de la población con los asuntos políticos a
través del arte -uno de los aspectos en los cuales nos detendremos en la actividad
de los grupos teatrales por lograr conquistar los espacios que por derecho les corresponde-,
en el teatro podemos reconocer la actividad política gracias a los diferentes actos
que los profesionales realizan para encontrar formas de sobrevivencia tanto en lo
laboral como en lo existencial. Al egresar de la educación superior en arte dramático,
los estudiantes, quienes aún carecen de experiencia laboral, se encuentran con una
realidad mostrando las escasas oportunidades para aplicar la profesión que eligieron.
Una de las carencias más comunes encontradas por dichos artistas es la falta de espacios.
Las limitaciones laborales albergadas en este sector son resultado de la poca atención
por parte de los gobiernos en incrementar la cultura y las artes, pues, en el periodo
neoliberal, se le dejó a la iniciativa privada la conducción de dichas actividades,
situación que provocó una disminución de espacios y calidad estética en las expresiones
artísticas.
Se entendería que el modelo neoliberal propiciaría, en este caso a través de las estrategias
del Banco Mundial de Desarrollo, la competencia, lo cual obligaría a las instituciones
a ser más eficientes en la enseñanza; sin embargo, en el terreno del campo laboral,
los egresados de universidades públicas difícilmente podrían competir con las privadas
y, sobre todo, con los centros de entrenamiento actoral creados por las televisoras,
como cuadros representativos, para su propio beneficio. Es claro que las ventajas
serán siempre de los medios de comunicación y de las escuelas privadas; los egresados
de las instituciones públicas encontrarán pocas o nulas oportunidades de trabajo en
los medios de entretenimiento. Al tener la iniciativa privada el monopolio de la comunicación
masiva por medio de la radio, la televisión y los espacios privados que le corresponden,
la orientación del gusto de la sociedad recae en sus producciones, las cuales son
apoyadas con importantes sumas presupuestales, dejando fuera las creaciones independientes.
Gran parte de los artistas formados en instituciones públicas de educación superior
no tienen las mismas oportunidades de participar en la dinámica de la producción y
de circulación. Se puede observar, eventualmente, el darles oportunidad a los grupos
independientes de presentarse en los pocos espacios escénicos establecidos por las
autoridades municipales o estatales, e incluso universitarias, pero con escasas presentaciones,
pues sus obras no generan las ganancias esperadas. La justificación de las autoridades
reside en que las obras no son redituables por la poca asistencia de público. Lo provechoso
se encuentra en las obras teatrales esmeradas en el simple entretenimiento, dejando
en evidencia la poca importancia estética que se busca en las presentaciones artísticas.
Los espectáculos respaldados por las empresas dedicadas a contenidos propician el
consumo y el gusto homogeneizante; asimismo, tienen como objetivo entretener a la
sociedad de masas. Dicha función empresarial ve a los actores como mercancías enviadas
al mercado para lograr ganancias económicas. Entre los productos más significativos
de la industria del espectáculo, se encuentran las llamadas Estrellas, las cuales son utilizadas como recurso para la explotación de sus imágenes a través
de los medios de comunicación masiva para cubrir las necesidades emocionales del público.
Los profesionistas de las artes escénicas formados en las universidades públicas -sobre
todo ellos, quienes en la decisión de optar por una profesión anhelan la realización
de sus deseos como oportunidades laborales, estabilidad emocional y económica, para
poder así llevar a cabo el ejercicio de la profesión que eligieron-, esperan al egresar
de las aulas insertarse en el sector público o privado, como el de la salud, el cultural
(casas de cultura, talleres artísticos, festivales); integrarse a centros educativos;
contar con patrocinios con los cuales también se puede tener una relación laboral,
entre otras tantas actividades.
La realidad, sin embargo, se presenta totalmente diferente. En primer lugar, a los
artistas en general no se les contempla como parte del proceso productivo; los apoyos
gubernamentales son escasos no obstante el tener, como todos los miembros de la sociedad,
derecho a ser partícipes de los bienes públicos que se logran a través de los impuestos
para la educación y la difusión de las artes. Por lo tanto, muchos de los reclamos
ejercidos por el gremio teatral a las instituciones gubernamentales, las cuales regulan
las actividades de la sociedad, se centran en la solicitud de espacios y en el incremento
de las actividades artísticas ofrecidas a la sociedad. La falta de dichos factores
revela la injusticia en el reparto de bienes, así como la carencia de equilibrios
al dotar de presupuestos y oportunidades a otros sectores profesionales y dejar en
la marginación a un gremio formado en las universidades públicas. Se entendería que,
al regular las artes escénicas a través de la educación superior, se otorga de una
normatividad que, de facto, se inserta en la prácticas sociales y productivas. Esto quiere decir que al dotar
de una formación especializada al estudiante se le estaría convirtiendo en un profesionista,
pero, al no encontrar las oportunidades para el desarrollo profesional, los egresados
de las filas universitarias buscan la justicia como una actitud natural de los individuos
al tratar de incluirse equilibradamente en la comunidad.
Afirmamos que en el momento en el cual un grupo o un individuo reclama, por derecho,
la parte correspondiente del bien común, se expresa una actitud política. El gremio
profesional de actores crece año con año como consecuencia de academizar las artes
escénicas; por ello busca y exige, como un acto de justicia, encontrar el campo propicio
para la realización personal y profesional; persiste, como todo especialista de una
profesión, en desarrollarse y realizarse a través de sus deseos. Cuando se da la participación
política como una forma de resistencia (incluyente de todos los miembros de la sociedad),
se les recuerda a los poderes el no estar establecido un orden natural indicador de
la sumisión u opresión de individuos o de grupos, pues en la sociedad todos tienen
derecho a expresarse:
La justicia como principio de comunidad no existe aun donde la única ocupación es
impedir que los individuos que viven juntos se provoquen daños […] recíprocos y restablecer,
donde se los causen, el equilibrio de las ganancias y los perjuicios. Solo comienza
donde el quid es lo que los ciudadanos poseen en común y donde estos se interesan en la manera en la cual son repartidas las formas del
ejercicio y control del ejercicio de ese poder común. Por una parte, la justicia como
virtud no es el mero equilibrio de los intereses entre los individuos o la reparación
de los perjuicios que unos hacen a otros. Es la elección de la medida misma según
la cual cada parte solo toma lo que le corresponde. (Rancière 2012, 17)
Existe una manifestación real porque el reclamo se enfoca en la exclusión que han
ejercido las acciones de los gobiernos que depositaron sus estrategias en el modelo
neoliberal, pues se relegaron las actividades humanísticas y culturales. Las voces
corresponden a un gremio que busca la misma atención, ni más ni menos, que los demás
sectores de la comunidad. La actividad y la actitud política de los artistas escénicos
“comienza precisamente allí donde dejan de equilibrarse pérdidas y ganancias, donde
la tarea consiste en repartir las partes de lo común, en armonizar según la proporción geométrica las partes de comunidad y los títulos
para obtener esas partes” (Rancière 2012, 18).
No obstante la inclusión de las artes en la formación a nivel superior en los años
noventa -en el caso de México, como consecuencia de la instauración del modelo neoliberal,
el cual tuvo como objetivo imponer en las universidades conceptos de calidad y competitividad
concretándose en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) firmado
entre nuestro país, Estados Unidos y Canadá-, a través de gran parte de las universidades
públicas y privadas, no se les dio el mismo trato respecto a licenciaturas orientadas
hacia las ciencias y las tecnologías.
Dicho aspecto nos lleva a comentar que la resistencia no es solamente ante las actitudes
del poder, sino también va en contra de la lógica que la modernidad impone. Cuando
revisamos la historia, vemos que la propia modernidad deja a las artes fuera del circuito
productivo porque al pensar y “diseñar” la realidad estableció cánones paradigmáticos
que engrandecen al racionalismo, el cual impone una verdad casi absoluta. Ante dicha
imposición, las expresiones subjetivas, venidas de las artes, son consideradas actividades
improductivas sin aportar al progreso económico, científico y de consumo. La opinión
generalizada de las artes -creada en el imaginario de la sociedad-, sobre todo de
aquellas no ubicadas o circunscritas en el mercado para su consumo masivo, es el estar
alimentadas, en primer lugar, por una civilización comercial en donde se maximiza
el anhelo por la acumulación material, la posición social y el prestigio, invistiéndose
consecuentemente en valores que pasan a formar parte de los ideales del individuo
para el logro de su realización personal. Esta apreciación por parte de la sociedad
se apoya en diversos aparatos del campo social conformando estrategias del poder,
las cuales, al mismo tiempo, responden a numerosos intereses políticos, económicos
y culturales. Dentro de los intereses del entramado social se privilegian sobre todo
profesiones científicas, tecnológicas y administrativas enfocadas a desarrollar la
industria y el consumo.
Por lo tanto, las descalificaciones dadas a las profesiones artísticas no se conciben
descontextualizadas ni son resultado de posiciones subjetivas que expresen algunos
grupos académicos o sociales aislados. Las actitudes desvalorizantes hacia las artes
o humanidades están perfectamente definidas a partir de sucesos estratégicos complejos
generados por el desarrollo productivo de la sociedad. Podemos ver cómo el predominio
de la razón, base sobresaliente para sostener una sola verdad, regula el comportamiento
de los individuos e incide en las decisiones y la “selección de las acciones (u omisiones) frente a otras posibilidades” (Luhmann 2005, 14). Es por tanto una consecuencia del diseño del capitalismo propiciar grupos de resistencia.
Los diversos flancos por los cuales atraviesan los artistas los llevan a una posición
política. Se buscan condiciones de equilibrio y de justicia hacia un grupo, el cual,
a lo largo de la historia, ha sido discriminado, aunque pareciera que al insertar
las artes en las universidades se les están dando una merecedora justicia.
De la formación al encuentro del sentido
Existe un reclamo por aumentar los espacios, el presupuesto en las artes y la cultura,
así como también por crear compañías de teatro, pero la dignificación de la profesión
se encuentra en la reafirmación, en que se alcancen los deseos, en la identidad y,
desde luego, en la seguridad laboral. Al término de su formación educativa, el egresado
de la profesión de actuación sabe que para lograr alcanzar lo anterior requiere necesariamente
de vincularse con otros compañeros del medio artístico para asegurar la estabilidad:
pasar de los límites del yo a la apertura del nosotros. La profesión actoral no puede realizarse desde el plano individual, es un trabajo
que necesita de los demás:
Contra la soledad, el desamparo y el miedo, contra los peligros y los ataques del
mundo externo y del mundo interno, el grupo propone un sistema de protección y defensa
a cambio de un contrato de pertenencia permanente a él. Este contrato está fundado
sobre identificaciones mutuas, sobre representaciones e ideales comunes, sobre alianzas
conjuntas y sobre renunciamientos recíprocos a las satisfacciones pulsaciones inmediatas
y a los ideales personales. (Kaës 2000, 12-13)
Encuentran en el grupo similitudes que les permiten cohesionarse en sus objetivos,
porque al asentar la creencia en el grupo se orientan “nuestros deseos y moldean nuestras
acciones” (Peirce 2012, 161). Al agruparse, el sujeto se rencuentra a sí mismo y ve cómo se aleja de las diversas
actividades que no corresponden a su profesión para lograr, entonces, dignificarse
en su actividad artística.
Es en este punto cuando se anteponen los anhelos individuales y colectivos - entendiéndose,
desde la perspectiva de Michel Foucault, como “la multiplicidad de las relaciones
de fuerzas inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas
de una organización” (Foucault 1986, 112)-. Esto quiere decir que el poder se extiende a través de todo el cuerpo social desde
abajo y no necesariamente de la relación entre dominadores y dominados, la cual es
totalmente política. En otros términos, para subrayar, la heteronomía del poder se
manifestará a lo largo de las relaciones que el individuo sostiene en su núcleo social,
es decir, en la familia, la escuela, la religión, las instituciones públicas y privadas,
entre otras (Foucault 1986, 115), las cuales operan como una fuerza externa equiparable a las funciones políticas.
En este entramado se encuentra la coerción, ya no a través de la fuerza física, sino,
al contrario, encubriéndose por medio de la confianza la cual, aparentemente, se distancia
de las estrategias del poder para lograr un mayor acercamiento a las voluntades de
los gobernados. El poder se entreteje en un sistema complejo haciéndose localizable
en todas partes, “no es más que el efecto de conjunto que se dibuja a partir de todas
esas movilidades, el encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata de fijarlas”
(Foucault 1986, 113).
No obstante ser el contexto un elemento adverso y con influencia negativa en el quehacer
de los profesionistas dedicados a las artes, ha “servido” para reafirmar la formación
profesional, la cual “implica una resignificación de la propia experiencia a partir
de un trabajo continuo permitiendo comprender la realidad en sus distintas dimensiones
y/o condicionantes y las construcciones de sentido que de ellas se deriven” (Ramírez 2009, 400); es, finalmente, el empuje del grupo el cual obtiene el reposicionamiento social.
Al profesionalizar las artes escénicas se encuentra la oportunidad de restablecer
el deseo y el replanteamiento del sentido, pues anima al individuo a recobrar sus
objetivos y así recuperar, a través de una actividad profesional, sus ideales. Porque,
además, es la profesión, sea de cualquier disciplina, la que permite otorgarse el
derecho de hacer sus labores propias; se trata, finalmente, de cumplir con las tareas
que le incumben como “único, definitivo y esencial” (González 1994, 26). El ejercicio de la carrera es una necesidad para que el actor, en el caso que nos
ocupa, encuentre la realización y
Se identifique con las pautas ideales de su profesión; se sienta en profunda hermandad
con los demás profesionales de su rama, rompa con la creciente dicotomización entre
tiempo laboral y tiempo de ocio, dedicando a su profesión y al enriquecimiento de
sus conocimientos y técnicas profesionales buena parte de su tiempo libre; y no abandone
jamás su profesión, so pena de enfrentarse con el estigma de traidor o fracasado,
en ciertas profesiones, si lo hace. El convencimiento profundo y la adhesión personal
a la profesión como vocación puede desembocar a veces, sobre todo si se suman o intervienen
otros factores (poder, prestigio), en una cierta sacralización de la profesión. (González 1994, 27)
Al recibir la formación, no solo se institucionaliza la instrucción de la profesión
actoral -la cual se veía como una actividad informal que cubría las inquietudes artísticas
de individuos que se dedicarían a otras prácticas profesionales- sino que, lo más
importante, se activó con entusiasmo la inquietud y los anhelos que se creían inalcanzables
y que se hacen posibles al ser avalados por el consenso social. Al construir la profesión
de las artes escénicas se estimula en el individuo un deseo, muchas veces callado,
de asumir dicha actividad como forma de vida. Es la oportunidad de ser socialmente
aceptado en el circuito de la producción laboral, el cual determina al sujeto como
“alguien” en el inevitable medio de consumo.
Conclusión
Finalmente, la política y el arte encuentran sus coincidencias al buscar detonar la
sensibilidad en trabajadores para incidir, con una mayor autonomía, en las decisiones
que incumben a las necesidades de la comunidad; del mismo modo, estas dos prácticas,
la artística y la política, coinciden en demandar los espacios que permitan hacerse
ver y oír. Al tomar parte la mayoría de los grupos de una comunidad, se hacen visibles
después de que por mucho tiempo se mantuvieron excluidos de la toma de decisiones
políticas, logrando así recobrar sus derechos y espacios, como es el caso de los artistas
escénicos.
Los artistas han logrado alcanzar algunas demandas, las cuales tienen parcialmente
algunos resultados positivos, como la decisión de las instancias educativas por elevar
las artes escénicas a nivel de educación superior. Al darle a los futuros actores
la oportunidad de recibir la formación correspondiente a través de la universidad,
la sociedad se compromete a formar un profesionista a quien también se le brindarán
las posibilidades de ejercer la carrera escogida y, de esta forma, ser productivo.
No obstante, es en este punto en el cual se encuentran los verdaderos conflictos de
las actividades artísticas, en lo referente a las artes escénicas, pues por un lado
se generan condiciones académicas para la formación, pero, en la realidad, se les
limita, como ya mencionamos líneas arriba, en su realización personal: se presenta
la profesionalización como una nueva expectativa de vida, pero se les impone una realidad
contraria a la esperada. Ante la adversidad, los desequilibrios identitarios se imponen
en torno al sujeto, orillándolo a asumir decisiones contrarias a sus expectativas
de vida como es la deserción o la renuncia definitiva a la profesión.
Aunque se puede decir que es un logro parcial, el impulso de llevar las artes escénicas,
como muchas de las actividades artísticas al grado de licenciatura tiene consecuencias
emocionales. Crear licenciaturas como fin último para cumplir con las políticas públicas
inducidas por entes gubernamentales y financieras no satisface las expectativas de
los interesados, es solo uno de los medios para resolver las demandas. Es preciso
crear las condiciones para el desarrollo integral de los egresados, como es la de
instaurar expectativas de crecimiento a largo plazo, las cuales resultan necesarias
para alcanzar la plena realización existencial. Estamos refiriéndonos a la infraestructura,
a condiciones laborales favorables, a la especialización, a cumplir con las perspectivas
que engloba una profesión. No es un asunto menor el que los individuos no logren conseguir
sus deseos y objetivos a través de la profesión en la cual invirtieron cinco años
de su vida, pues está de por medio la realización personal que en buena medida es
sinónimo de felicidad; por ello surge la lucha, la lucha política, por ello la vida
tiene otro matiz: el del sentido.